Al parecer, el periodismo nuevamente experimenta una caída libre. Y, lamentablemente, casi no nos sorprende. Como en dosis homeopáticas, nos acostumbramos a las faltas,–no ya éticas, quedaron muy lejos, sino de humanidad. La impiedad se apodera página a página, segundo a segundo, palabra a palabra, de los medios. El permiso es cada vez mayor. Sin advertir que vamos minando la confianza, el capital supremo de los trabajadores de prensa, la audacia por la primicia pasó los límites de lo aceptable y entró en terreno fangoso.
La tapa de Caras, con las fotos robadas a un Luis Alberto Spinetta convaleciente, encendió la luz de alarma que generó rechazo. El “Flaco” no estaba en condiciones de aceptar la estocada y menos responder con su habitual solvencia y estilo. Su reciente desaparición, inevitablemente nos recordó ese último disgusto. Un asalto a la intimidad del hogar; donde rodeado de su familia mantenía una esperanza de vida. No lo dejaron morir en paz, antes debieron humillarlo. Y en un escenario que sólo revela cobardía. En otro momento, otra respuesta que una súplica habrían obtenido. Casi 20 años atrás, conciente de la guardia periodística montada por la revista Gente para conseguir una foto que confirmara su romance con Carolina Peleritti, salió al ruedo con un cartel que decía: Leer basura daña la salud. Lea libros. El destinatario no se dio por aludido.
Ahora, son las imágenes obtenidas por Crónica, a cambio de ¿20 mil pesos?, del cuerpo yacente de Jazmín de Grazia. Sin honrar el luto de los familiares, en franco aprovechamiento de quien no puede ya defenderse, difundieron imágenes obscenas en ejemplares que agotan la paciencia. Como fieras encarnizadas se abalanzaron sobre un acontecimiento luctuoso. Desmenuzaron su vida con total desprecio, sin respetar la privacidad sobre las circunstancias que rodearon al hecho y mucho menos el secreto de sumario policial. No fue suficiente con dar la noticia. Crónica ha retomado su antigua línea editorial. Esa que desde 1963 nos acostumbraba día a día al horror, a la brutalidad, al desenfreno. Para saciar oscuros deseos necrofílicos debían mostrar el bonito cuerpo desnudo de una mujer muerta. Porque es obvio que ya no basta con mostrar mujeres golpeadas. Ha de resultar más excitante el cuerpo inerte, sin oponer resistencia a la infamia.
Antes, la escalada había alcanzado a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Las enjundias, en torno a la extirpación de tiroides, obligaron a la primera mandataria a dejar de lado su acostumbrada coquetería y salir a cuello desnudo, sin siquiera una curita que resguardara la huella de la intervención quirúrgica. Para poner coto a las habladurías, debió ir contra su propia voluntad y así satisfacer una curiosidad malsana.
La nueva Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual no es mágica. No terminará per se con los monopolios, la manipulación de la verdad, ni los negociados de los multimedios. Tampoco con los tratamientos inadecuados de las noticias y el irrespeto por las personas y sus vidas. Para cambiar la historia del periodismo necesitamos de nosotros mismos. Las empresas periodísticas tienen objetivos económicos que cumplir y para ello no reparan en las formas. Algunas toman ventaja de las ansias de progreso personal, de las necesidades económicas y de la estabilidad laboral. Nosotros, los trabajadores de prensa, debiéramos interponer nuestra razón de verdad y justicia cuando aceptamos la asignación de un trabajo. Y evaluar el riesgo personal. Tal vez, si José Luis Cabezas hubiera sido menos consecuente con los acostumbrados desafíos mezquinos de Jorge Fontevecchia, aún estaría con vida. <