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24 de Julio de 2014

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Minería, Malvinas y el collar del perro

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 Sin ánimo de hacer historicismo –que le compete a otros– cualquier lector puede rápidamente dar cuenta de la dudosa legitimidad de la nueva antinomia, instalada en redes sociales y medios de comunicación. Minería o Malvinas, proponen los nuevos editores de la realidad argentina. Y, un tanto confunden a quienes no alcanzan a ver que la planta se alimenta de lo que tiene sepultado. 

Es menester dilucidar la pretendida controversia para evitar innumerables análisis apresurados que llevan a la saturación, y terminan archivando el conflicto sin resolver, o remplazado por un nuevo dilema. Al fin de cuentas, no lograrán tapar el sol con el dedo índice que señala… pero sí distraer la atención.
La respuesta es clara y sencilla. Es tan legítima una como la otra, a cuál más apremiante, e intrínsecamente ligadas. No se puede hablar de la recuperación de las Islas Malvinas o de la defensa de los Recursos Naturales sin analizar las raíces que relacionan ambas causas. En conjunto, conforman un solo bloque de discusión, una única problemática a resolver: cuán soberanos queremos ser. Esa es la cuestión.
 No es casual que la ocupación británica de Malvinas, desde el 2 de enero de 1833, fuera el corolario de un incidente por la defensa de los recursos naturales. Todo había comenzado por un ballenero de la naciente Unión de Estados Americanos, que depredaba la fauna oceánica de manera artera. Ahora, a través de la difusión conservacionista, conocemos la importancia que la zona tiene para la reproducción y cría de los grandes cetáceos. Seguramente, los valientes cazadores contaron con esa información y aprovecharon la migración anual de la Ballena Franca Austral  para darle caza sin más que esperarla llegar. O, seguir la corriente del Brasil y terminar con una emboscada a la altura del Mar Argentino. Tan fácil como pescar en el Jardín Japonés, y sin permiso. 
Eran tiempos revueltos. Para 1811, España desalojó las islas. Y, recién en 1820 Buenos Aires tomó posesión del archipiélago y reafirmó su soberanía. Las vicisitudes políticas en el continente fueron aprovechadas también por otros cazadores furtivos. Buques franceses y holandeses se lanzaron a la faena. Pero, descubiertos por la gobernación de las Islas Malvinas, se retiraban sin protesto. Distinto comportamiento tuvieron los porfiados navegantes de habla inglesa. En consecuencia, Luis María Vernet –quién además de representar los intereses del flamante gobierno patrio, contaba con una autorización de explotación de recursos de las islas desde 1823– apresó a la tripulación y dio traslado a Buenos Aires. En respuesta, la diplomacia estadounidense ordenó a la corbeta de guerra Lexington destruir las instalaciones de Puerto Soledad y dejar campo arrasado para la usurpación británica. 
Two for tango, fue la misma fórmula que se repitió casi un siglo y medio después. Un estadista se habría percatado del antecedente. Pero, Leopoldo Fortunato Galtieri no lo era y el 2 de abril de 1982 contaba tener  a los Estados Unidos como aliado para la recuperación de Malvinas. Incurrió en otro error de cálculo, creyó que podría obtener el apoyo popular a través del engaño. Y, si bien algunos compatriotas se mostraron confundidos; más temprano que tarde quisieron olvidar su desatino. 
En las antípodas, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner cuenta con el reconocimiento de las naciones sudamericanas y el beneplácito de gran parte de la ciudadanía para reclamar al primer ministro británico, James Cameron, por la militarización de Malvinas. Nuestra mandataria resaltó la importancia histórica del hecho. Se distanció del método elegido por la dictadura militar y la absoluta carencia de representatividad. En democracia, se resuelve por vía pacífica y validado a través de la soberanía popular, recientemente expresada en las urnas.
Paralelamente, en la misma semana, Cristina Fernández se refirió a los piquetes llevados a cabo en las provincias andinas, a causa de la explotación minera y la preocupación de la población por el impacto ambiental. 
Sin entrar en polémica, propuso darnos un debate serio. Y el guante es recogido desde la historia misma. Fue meses antes de la primera Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente Humano, que se realizó en Estocolmo en junio de 1972. El 21 de febrero se cumplen 40 años del Mensaje Ambiental a los Pueblos y Gobiernos del Mundo, escrito en Madrid por Juan Domingo Perón. Allí, el ex presidente argentino expresa: “…La concientización debe originarse en los hombres de ciencia, pero sólo puede transformarse en la acción a través de los dirigentes políticos… Las mal llamadas ‘Sociedades de Consumo’, son, en realidad sistemas sociales de despilfarro masivo… Se gastan millones en inversiones para cambiar el aspecto de los artículos, pero no para remplazar los bienes dañinos para la salud humana, y hasta se apela a nuevos procedimientos tóxicos para satisfacer la vanidad… Como ejemplo bastan los autos actuales, que debieran haber sido remplazados por otros con motores eléctricos, o el tóxico plomo que se agrega a las naftas simplemente para aumentar el pique de los mismos… El ser humano, cegado por el espejismo de la tecnología… mata el oxígeno que respira, el agua que bebe, y el suelo que le da de comer y eleva la temperatura permanente del medio ambiente sin medir sus consecuencias biológicas.”
Finaliza con cuatro consideraciones especiales para los países del Tercer Mundo, en una de ellas advierte “debemos cuidar nuestros recursos naturales con uñas y dientes de la voracidad de los monopolios internacionales que los buscan para alimentar un tipo absurdo de industrialización y desarrollo en los centros de alta tecnología adonde rige la economía de mercado. Ya no puede producirse un aumento en gran escala de la producción alimenticia del Tercer Mundo sin un desarrollo paralelo de las industrias correspondientes. Por eso cada gramo de materia prima que se dejan arrebatar hoy los países del Tercer Mundo equivale a kilos de alimentos que dejarán de producir mañana.”
Perón entendió que la palabra soberanía  incluye la defensa indisoluble tanto de los recursos naturales como de los territorios nacionales. Probablemente, leyó o tomó conocimiento por mentas de lo sucedido a otro general durante el gobierno de HipólitoYrigoyen. Enrique Mosconi, creador de YPF, no pudo cargar combustible en una estación de servicio sureña. A su reclamo, el propietario interpuso: “La nafta es mía y no se la vendo a usted porque hay una empresa que me encarga nafta, y lo poco que tengo es para esa empresa.” Entonces, los recursos subterráneos eran argentinos. Pero, el manejo del producto extraído y refinado lo tenían las empresas explotadoras; quienes decidían su destino final. Algo similar podría estar sucediendo actualmente, con la manipulación de la provisión de combustible y los sobreprecios en las bocas de expendio. 
Además del petróleo que explota en Mar Argentino y los permisos de pesca que reparte el Reino Unido en forma ilegal, existiría un objetivo ulterior de los británicos en Malvinas. De esto también se percató Perón en 1952, cuando recibió al embajador británico por la agresión inflingida a una base antártica. Inglaterra envió una fragata y destruyó refugios de una base argentina. La guarnición era más bien pequeña, pero lograron que los ingleses desistieran en cinco minutos. En aquella ocasión, pretendieron dejar izada su bandera y un cabo la arrancó y se la arrojó al bote que empleaban para huir. Durante su exilio en Puerta de Hierro, lo recordó así: “Vino a verme el embajador británico y tuve con él una pequeña conversación más bien amistosa, en el curso de la cual me preguntó: ‘¿Cómo van a arreglar ustedes ese asunto de la Antártida?’ Le contesté: ‘¿Qué derecho tienen ustedes a la Antártida?’ y me replicó: ‘La Antártida es una prolongación de las Islas Malvinas.’ Y fue entonces cuando yo le dije: ‘Sí. Eso me recuerda a un tipo que me robó un perro y al día siguiente vino a buscar el collar’.”
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