El 20 de enero, la BBC emitió un curioso informe sobre Malvinas. Presentó un ex combatiente inglés con la cara quemada por las heridas de la guerra, sentado al lado de un estudiante argentino de 20 años. El joven sostenía que la Argentina nació peleando contra el colonialismo. Y que no se debía usar la palabra “colonialismo” para referirse a la Argentina. Que las Malvinas eran argentinas. Que en 1833, la Argentina era independiente y que Inglaterra invadió. Pero los ingleses no lo escuchaban. Ni lo dejaban hablar. El joven parecía, absurdamente, el colonizador. Y no el colonizado.
Según la versión inglesa, la guerra fue hecha para liberar la islas de la invasión argentina. La Argentina no quería recuperar un terreno propio y soberano invadido por los ingleses. Sino invadir uno ajeno.
Jeremy Paxman, uno de los periodistas más renombrados de Inglaterra, acaba de presentar en un programa de TV un debate sobre Malvinas, diciendo que la guerra había sido probablemente The Last imperial war.
Lo interesante es que nadie en ningún informe de la televisión inglesa (de los miles que pasan estos días sobre Malvinas) van más atrás de 1982. Todo comienza y termina allí. Inglaterra no invadió nunca. Parece que más atrás del ’82 no pasaba nada. Lo anterior queda borrado. Por eso, Cameron acusa a la Argentina de “colonizador”. Y cuando Jimena Blanco, periodista argentina, quiso imponer el tema en la BBC, un miembro del debate le dijo “no podemos discutir toda la noche nimiedades históricas”. Está claro: lo que contradiga la visión inglesa pasa, automáticamente, a ser una “nimiedad histórica”. No un hecho.
“We should not have been surprised given the succession of bizarre and unpredictable twists and turns in policy that seems to characterise the present government’s way of running the country.” La frase no es de un diario de izquierda o de un ámbito minoritario de la sociedad inglesa. Es de un diario popular de la Universidad de Oxford que describe las acciones del gobierno de Cameron como irracionales. El descontento de los jóvenes con Cameron es ostensible y se siente en la universidad donde el recorte presupuestario amenaza con alterar una de las estructuras académicas más importantes del mundo. Allí acusan a Cameron de atacar lo que las universidades inglesas (que reciben y financian alumnos de todo el mundo) simbolizan: integración. Universalidad. Apertura. Progreso. Tolerancia e intercambio político.
Inglaterra para los ingleses. Es en ese marco (de crisis asociada a un burdo auge de nacionalismo) que debe pensarse la cuestión de Malvinas. A ello se suma otro aspecto no mencionado por los medios argentinos: la independencia de Escocia, donde ganó el partido independentista que promueve la separación. Eso incomoda y preocupa a Cameron. Alex Salmond, primer ministro escocés, (partido que obtuvo en 2011, por primera vez en la historia, el 45,7% de los votos) propuso un referéndum para que la gente decida si quiere ser independiente o no. Escocia se quiere separar de Inglaterra. Propuso un referendo que Inglaterra no acepta. ¿eso no es self-determination? Para Cameron no. Por eso, lo que le pide la ONU es lo último que necesita y pretende Inglaterra: diálogo.
Cristina Kirchner dijo algo muy inteligente: ningún acto de la dictadura puede ser reivindicado como un acto del pueblo argentino. (Por más que haya tenido un alto respaldo popular, no era un acto de un gobierno legítimo. Era el acto falaz de una dictadura. No importa cuánto apoyo social haya tenido. Era un acto ilegítimo y desesperado –como Inglaterra reconoce– porque era sólo un acto de la dictadura para perpetrarse en el poder ilegítimo. Por eso Lanata o Van der Kooy se equivocan cuando dicen “perdimos una guerra”. No la perdimos. La perdió la dictadura. Decir que “perdimos una guerra” es una forma de decir que los militares actuaban en nombre del Estado y no es así. No lo hacían. Los ingleses eran enemigos de la legalidad y el derecho. Por eso, Inglaterra no puede reivindicar ni “rememorar” la guerra.
Al reconocer como legítimo el resultado de la guerra, también reconoce como “legítima” la guerra, cuando no lo era. Era fruto de un golpe de Estado. Inglaterra no puede reconocer el “resultado” de una guerra espuria, hecha de espaldas a la sociedad (por más que esa misma sociedad la apoyaba, era ella misma engañada, en más de un sentido, desde el “ya ganamos” hasta los cadáveres de adentro, los desaparecidos que se querían tapar con los nuevos cadáveres) sin reconocer la legitimidad de la dictadura para hacerla. Al reivindicar el resultado se reivindica la guerra, y al reivindicar la guerra se reivindica el proceso. Eso es lo que hace Inglaterra. Eso es lo que se celebra hoy, a 30 años: no la democracia, sino el triunfo sobre una dictadura que nunca debió haber estado habilitada para luchar en nombre del pueblo argentino.
Es al revés de lo que dicen los ingleses, con una cuota de cinismo: los ingleses no nos trajeron, en modo alguno, la democracia. Al “recordar” la victoria en Malvinas reivindican el poder de una dictadura (y su oscuro derecho) de embarcar a un pueblo (o a dos pueblos) en una tragedia irracional donde hubo solo vencidos.
No se puede reconocer ni alegar el resultado de una guerra falsa, hecha sólo para perpetrarse en el poder. Una “aventura” militar que a Inglaterra le sirvió para tergiversar la historia. La ONU lo comprende y promueve el diálogo entre ambos países. Malvinas es una cuestión pendiente (del Comité de descolonización). No una cuestión resuelta.
Cómo reconocer a partir de allí, un derecho. Ese es el drama de los ingleses. Reivindicando el resultado de la guerra, Inglaterra reivindica la dictadura. No la democracia. Si reivindicara la democracia se sentaría a dialogar. Y no lo hace.
Si como dice Inglaterra era un gobierno (dictadura) que usó la guerra para perpetuarse en el poder no se debe reconocer (ni alegar) el resultado de una guerra falsa hecha por ese motivo: de espaldas a la sociedad, haciéndole creer a la sociedad argentina que batallaba por algo. Cuando en rigor, no lo hacía. Lo único que buscaba era tapar el proceso. Tapar cadáveres con más cadáveres. Mandar a los jóvenes a morir. Pero al “reconocer” como legítimo el resultado de la guerra, también reconoce como legítima la guerra. Y de allí a legitimar el proceso hay un solo paso.
Entonces (y eso es lo verdaderamente notable de lo que dijo la presidenta) no importa cuánto “apoyo” haya tenido la dictadura: porque era precisamente una dictadura y no un gobierno democrático. Una dictadura no puede, por definición, ser apoyada. La paradoja de Inglaterra es que si reconoce que le ganó la guerra a una dictadura (y lo reconoce), entonces el resultado de esa guerra no cuenta. No puede contar. Al contrario: reafirmar la victoria (como derecho) es legitimar a la dictadura en el poder y en nombre del pueblo argentino. Como si hubiera tenido la autoridad de embarcar a un pueblo en una guerra. Inglaterra le ganó las Malvinas a la dictadura. No a la democracia. A los que usurparon el poder. No al pueblo soberano argentino. La dictadura no estaba habilitada para poner en juego ese derecho. Por eso es un error reivindicar la guerra o “recordarla”. Lo que hay que pensar y recordar es la Argentina (y la Inglaterra) de ese momento, que mando a decenas de jóvenes valerosos a morir en vano.
Cristina muestra que la guerra va más allá del “respaldo” o apoyo popular que haya tenido: la guerra era criminal y buscaba no “ganar” Malvinas sino “usar” Malvinas para tapar lo que pasaba en la Argentina. Por eso Inglaterra fue cómplice (del proceso). Ningún acto de la dictadura se puede revindicar como un acto del pueblo argentino. (Inglaterra pretende revindicar la dictadura como un “acto” del pueblo argentino). Y eso vale para la Argentina pero también para los ingleses. Es su paradoja: ganaron una guerra que no podía ganarse. Luchaban solos y en vano. Tal vez por eso Inglaterra no se sienta a dialogar: el diálogo no le sirve.
La Argentina no invadió. Fue invadida en 1833. Pero con esa particular habilidad inglesa (todo colonizador borra el pasado, ya lo decía Joseph Conrad, o Defoe, con su Crusoe que habita una “isla deshabitada” de América), sólo siente o entiende que hay invasión cuando lo invaden a él. No cuando él invade a otros. Eso no es invasión. Los ingleses lo llama derecho. Progreso. Civilización. Cultura. Libertad. Y democracia.
Es un error (y una provocación) hablar de autodeterminación cuando los kelpers ya son ciudadanos británicos. Son parte y juez. ¿Qué puede significar la autodeterminación a más de 13 mil kilómetros de su país, su cultura y su lengua?
Desmontado ese argumento (sostenido por Inglaterra y también por algunos periodistas argentinos) a Inglaterra le queda un solo camino: el diálogo. Y no la guerra. Por alguna razón Inglaterra no dialoga, e interpreta el diálogo como una concesión. Y no como un derecho. Inglaterra no quiere el diálogo porque no tiene nada para alegar: sólo una guerra espuria ganada. Y la guerra no puede ser argumento válido para un país que presume de ser civilizado y democrático. No dialoga porque sabe que a la Argentina le asiste la historia, la razón y el derecho.
Inglaterra no dialoga porque sabe que con o sin diálogo la discusión está sellada y las Malvinas son argentinas, a 600 kilómetros del continente, a 14 mil de Inglaterra. Por eso se aferra a la guerra. Y no a la paz. Por eso revindica el resultado de una guerra absurda y pasada que ordenó una dictadura genocida para justificarse puertas adentro. Eso convierte a Inglaterra en cómplice secreto e impensado de la dictadura que dice que combatió. Se necesitaban. Por eso se encontraron. Por eso no se puede “rememorar” la guerra ganada. Al rememorar la guerra, Inglaterra no rememora la democracia, rememora y reivindica el proceso.
“¿Por qué esa asimetría? Si algún país de América Latina desobedeciera una resolución de la ONU, ¿cuántas sanciones ya no hubiera recibido?”, dijo Correa, presidente de Ecuador. Su pregunta es la más importante que el derecho internacional público (y el derecho en general) aún no ha sabido responder. ¿Por qué calla el derecho? ¿Por qué el derecho no es igual para todas las personas y para todos los países?
Inglaterra tergiversa las palabras y espera que nada cambie. Que la invasión inglesa de donde emergió ese “vestigio colonial” no se discuta y que sólo se trate del “derecho de los pobladores” que nacieron casualmente allí y no del delito que significa o que encarna su mera presencia. Ellos encarnan la invasión que no cometieron pero de la cual, inevitablemente, provienen. Su idioma es un testimonio vivo: es como el inglés de Defoe en la isla “deshabitada” y sola, (Defoe fue el primer novelista inglés y su novela es el libro más leído en todo el mundo, después de la Biblia: una historia para niños sobre colonización) son la colonia en la colonia a miles de kilómetros de su país. Inglaterra nunca los trajo. Cameron no bastardea la historia cuando dice que la Argentina es colonialista. Argentina nació luchando contra el colonialismo. Bastardea al lenguaje del mismo modo que los alemanes durante el nazismo culpando a los judíos del genocidio que ellos mismos estaban cometiendo. La culpa de la invasión inglesa no es de Argentina. En consecuencia, reclamar la soberanía de las islas es un sano ejercicio de independización. Y de pensamiento. Más allá de que Inglaterra recorte la historia y juegue con las palabras para disimular que carece de argumentos, pero carece también de derechos y carece, sobre todo, de palabras que alegar en ese debate: carece también de palabra. Porque su derecho es la guerra. Y la guerra es el argumento silencioso del colonizador. Pero la guerra no da derechos. O no debiera darlos. Cuando Cristina Kirchner dice con enorme acierto que ningún acto de la dictadura puede ser “reivindicado” como acto del pueblo argentino, está diciendo a los ingleses, a 30 años de la guerra, que la dictadura, por más “respaldo” y apoyo popular que haya tenido, era eso: una dictadura. El respaldo no podía (ni puede) tapar que la guerra la hacía una dictadura. Que Inglaterra no podía ganar.
¿Cómo puede una isla aislarse de un continente, hablar otro idioma y reconocer al mismo tiempo que como isla que es, en el sentido más cabal de la palabra, no es un enclave colonial del siglo pasado? En esa contradicción irresoluble están y estarán los kelpers: autodeterminación sí ¿pero no colonialismo? ¿Autodeterminación de qué? ¿Desde cuándo?
Cristina Kirchner dijo que ningún acto de la dictadura puede ser reivindicado como un acto del pueblo argentino. Reivindicar la Guerra de Malvinas puede ser una forma de “generalizar” el genocidio para no reconocer responsables. Para lavar la culpa (“para tapar oscuridades” como dice livianamente Van der Kooy, como si la desaparición y muerte de las personas no fueran más que una mera “oscuridad” de la historia). Malvinas es parte de la gran masacre que significó la dictadura. De su lógica asesina. Alejada del derecho. Inglaterra, que siempre se congratuló de devolver “la democracia” a la Argentina con la derrota en Malvinas, reivindica la “derrota” como un derecho conquistado que sólo un gobierno legítimo y democrático hubiera podido darle. Ganando esa guerra, Londres no ganó nada. Esa es la paradoja de la posición inglesa. Reivindicando los derechos “conquistados” sobre la guerra, hablando de “autodeterminación”, Inglaterra reivindica una guerra ordenada por un gobierno de facto.Niega la democracia. Le dice a los militares que tenían razón. Y le dice al pueblo argentino que debe callar. La misión del derecho sigue siendo, aún hoy, la misma de antes: romper el silencio. <
(*) Asesor de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación. Abogado (UBA)