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23 de Abril de 2014

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Mauricio Macri y la cuna de Antonia

Ahora, para darle visos de realidad al fantástico relato apocalíptico del PRO, el incompetente alcalde que vive de franco y de Franco, nos cuenta una melosa historia de melancolías y preocupaciones.

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Si no sintiéramos que el personaje pretende tomarnos el pelo, apenas lo recordaríamos como un mal paso de comedia. Si no supiéramos que se trata precisamente del jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, olvidaríamos la supina estulticia, apenas terminada la patética declaración. Pero sabemos que es Mauricio Macri en sus mal memorizados libretos del titiritero Duran Barba, que se quedó en el tiempo de los primeros radioteatros de la década del ’40. No olvidamos la historia inventada e increíble de la última campaña electoral, cuando Macri, como un mal actor de película tartamuda o mal doblada, contaba repetidamente su encuentro con María que le relataba sus cuitas sobre la inseguridad y las de Cacho, su marido. El reino de la obviedad en el principado macrista. Los pobres se llaman Cacho y María certifica la simpleza y un nombre que se corresponde –según sus clichés– con una persona mayor.

Ahora, para darle visos de realidad al fantástico relato apocalíptico del PRO –que cada vez se parece más al de la desaforada Elisa Carrió–, el incompetente alcalde que vive de franco y de Franco, nos cuenta una melosa historia de melancolías y preocupaciones. Resulta que se desvela a las 5 de la mañana, recorre entre penumbras los vastos espacios de su residencia y se acerca a la cuna de su pequeña hija Antonia. Y piensa. He ahí el primer dato increíble: piensa. Y sintetiza y corporiza en su niña rica, el fatal destino de una niñez que por efectos de las políticas perversas y erróneas del gobierno nacional, está condenada al dolor, al no futuro. Algo que no sucedería si se aplicaran sus recetas neoliberales. Qué raro que su ecuatoriano asesor no le agregó música de violines de las que pasaban hace 30 años en los albergues transitorios, según me cuentan. Tal vez el sueño, o algo de acidez, o la mala memoria o la peor hipocresía, le impidieron conmoverse con los resultados de su gestión en educación, cerrando cursos, quitando viandas a pibes en situación de calle, dificultando la implementación de la educación sexual y beneficiando a la escuela privada para que los niños ricos no lloren de tristeza, en detrimento de la escuela pública. O del estado de los hospitales públicos bajo su égida. O de su no política de viviendas para poder arrasar la ciudad con negocios inmobiliarios privados, faraónicos y excluyentes. ¿Quién puede creer esta escena de Corín Tellado mal relatada por alguien que no parece tener más sensibilidad que una piedra? ¿Cómo creerle a quien dice y se desdice, que se encapricha con los subterráneos y luego se los quiere sacar de encima, mientras usa la tragedia ferroviaria de Once para buscar réditos electorales? ¿Cómo no indignarse luego de escucharlo profetizar un océano de desdichas para los argentinos luego de la histórica nacionalización de la gestión de YPF, apareciendo su verdadera cara de defensor de intereses antipopulares, y observarlo luego decir –cuando ve las encuestas de adhesión a la medida– que si él fuera gobierno no volvería a privatizar la petrolera. No, Macri, no. No nos tome por estúpidos, no juegue con nuestra paciencia. Dedíquese a trabajar, a hacerse cargo y cambie el libretista. O vaya a seguir asesorándose con sus amigos Aznar y Rajoy, que tanto hacen por los niños, por los estudiantes y los trabajadores.
Y en esta impronta macrista, caen sus funcionarios, legisladores y adulones. El ministro de Cultura de la ciudad, el empresario hotelero Hernán Lombardi le sirve como anillo al dedo. Dueño de un lenguaje superior al niño Mauricio –lo que es algo muy sencillo de conseguir– aprovecha el escenario de la inauguración de la Feria del Libro para pintar un paisaje de nuestra realidad, propio de Torquemada y la Inquisición. Según sus falsas diatribas, la Argentina se está encerrando a sí misma y sólo se podrá leer un solo discurso. Sin ningún dato que lo corrobore busca el aplauso fácil de los que odian cualquier defensa o promoción de lo argentino y arteramente concluye que es en detrimento de lo universal. Y lo expone quien entiende a la cultura como un bien de cambio, como un gancho o anzuelo para que vengan turistas, que promueve solamente lo que puede ser negocio o redituar imagen electoral. La pésima gestión de Lombardi es la versión cruda de lo que en tiempos de De la Rúa intentó Darío Lopérfido, el eventero. Maquillaje, megaeventos, glamour, figurones, todo lo necesario como para salir en Caras, Hola o Gente. Así como se niegan a los subterráneos, desdeñan e ignora lo que proviene del subsuelo de la Patria.
Pero le salió mal. Estaba también en esa mesa inaugural un gran ministro de Educación de la Nación. Alberto Sileoni, con precisión, coraje, templanza y paciencia, lo retrucó de manera contundente, con datos, con cifras, con lo irrefutable de la labor educativa y cultural de los gobiernos iniciados en mayo de 2003.
Alguien bien nacido y, como en mi caso, pronto a ser abuelo por primera vez, les desea sinceramente a todos los pibes inocentes el mejor futuro, una vida apacible y las mayores venturas. Todos y todas se lo merecen. Y va también para la pequeña Antonia Macri Awada. Pero usted, Mauricio Macri, cuando la vea dormir, correr, sonreír o jugar, tiene la obligación, por su cargo, de pensar en los que menos tienen, en los que necesitan techo digno, los que tienen frío en invierno y en aquellos que no tienen una cuna y tienen que dormir apiñados junto a sus hermanitos.
Pero esa es una tarea para un hombre de Estado y de alma sensible. Y usted, Macri, no es ninguna de esas dos cosas. <
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