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24 de Abril de 2014

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Los continentes donde germina una Gran Ilusión

Las plazas de los ‘indignados’ de 2011 han reverberado en las urnas de 2012, demostrando la fuerza de la expresión democrática, su funcionalidad para encauzar la protesta. 

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El flamante presidente electo de Francia, François Hollande, cuando todavía era candidato, pidió ser recibido por el presidente Obama, por la señora Merkel, el primer ministro Cameron, el jefe de gobierno español Rajoy y por su colega italiano Monti. Ninguno aceptó atenderlo. Un comportamiento condimentado por  simultáneos arrullos y guiños prodigados al presidente-candidato Sarkozy.

Quien, para no ser menos que sus colegas, designaba a su competidor –con supremo desdén– como: “eso”.
El domingo 6 hubo elecciones en Francia, en Italia, en Grecia y en un estado de Alemania (Schleswig -Holstein). Sobre el escrutinio en 941 distritos de su país, Pierluigi Bersani, secretario del PD italiano (izquierda) dijo: “hay indignación en el aire”, resumiendo un clima que abarca mucho más que a Italia.
Las plazas de los “indignados” de 2011 han reverberado en las urnas de 2012, demostrando la fuerza de la expresión democrática, su funcionalidad para encauzar la protesta. Pero los resultados que salen de las urnas demuestran asimismo dos cosas no tan halagüeñas: la gente va perdiendo entusiasmo por votar, y la exasperación y la angustia de los electorados abrió oportunidades para el avance de rótulos (¿cómo llamarlos “idearios”?) de variopintos grupos de extrema derecha, caracterizados por su xenofobia e intolerancia, a fuer de un aislacionismo que presentan como defensa de “lo nacional”. 
Dos ejemplos: en Italia, país en el que el voto no es obligatorio y cuyas cifras de asistencia siempre han sido de alrededor del 80%, la concurrencia no superó el 66 por ciento. En Francia, la candidata de la extrema derecha alcanzó en la primera vuelta un 18% de los votos. Y en Grecia, un grupo abiertamente neonazi ganó 21 escaños en el Parlamento y reunió el 7% de los votos.
Corren días cuajados de acontecimientos, señales y presagios. Las elecciones presidenciales en Francia, las parlamentarias en Grecia, las municipales en Italia y en Gran Bretaña, la parcial en Alemania, indican que la aplomada y omnímoda preeminencia de políticas neoliberales en gobiernos, instituciones y medios europeos ha comenzado a ser matizada, edulcorada, objetada, cuando no rechazada, por ciertos dirigentes políticos.
 Como en nuestra Zamba de Vargas: “Por derecha e izquierda, rompan el fuego, rompan el fuego”, lo primero que se puede apuntar es que los partidos de la habitual alternancia en el Viejo Mundo están siendo puestos “en capilla” por un electorado que va incorporando la protesta de las plazas, la opinión de los jóvenes, la realidad del desempleo y, sobre todo, su insatisfacción ante una disminución importante–en temas y acciones concretas– del papel del Estado. 
Y una nueva dirigencia que se sabe poner al frente de la nueva agenda.
El profesor de Ciencia Política y rector de la Universidad Panteion de Atenas, Georges Contogeorgis, dijo: “hay que profundizar la Europa política”; “el enfermo es el Estado, no la economía y la sociedad …”
Ejemplar y refrescante, el mensaje más exuberante de los aires de renovación política en Europa viene de Grecia, Allí, el apoyo a los dos partidos que formaron todos los gobiernos en los últimos 40 años cayó del 80% al 30 por ciento. Fueron ellos quienes aceptaron el plan de ajuste y recortes impuesto por la “troika” conformada por el BCE, el FMI y la UE.
El partido de izquierda Syriza, de Alexis Tsipras, o el Pasok de Venizelos tienen que armar gobierno antes del domingo 13, ya que de no lograrlo, habrá que ir –en menos de un mes– a una nueva elección definitoria. 
Lo que importa es que el joven Tsipras (38 años) ha obtenido 16,8% de los votos y el segundo puesto, con un programa de rechazo al acuerdo con la troika y su propuesta de renegociar la deuda griega. La salida de Grecia del euro no sería, en este escenario, algo 
inesperado. El comportamiento de las bolsas y las declaraciones alarmadas y admonitorias que suenan en Berlín, Londres y Bruselas no son de buen agüero. 
En Francia la izquierda llega al gobierno bajo el manto tradicional del Partido Socialista (junto con el muy respetable aporte en votos de la izquierda dura del señor Mélenchon); en el Reino Unido, esta semana, el laborismo rebanó más de 400 cargos municipales a los conservadores. Si se suma el desempeño del Partido Social Demócrata en Schleswig-Holstein, se puede empezar a describir un panorama europeo bien diferente del de finales de abril.
En primer lugar, Francia, quinta economía del mundo, será conducida por un dirigente que plantea el regreso de su país a la solidaridad social, a la primacía del empleo y de los jóvenes. Lo cual, solamente por ser enunciado, es un giro enérgico hacia otro modo de concebir la responsabilidad política del Estado. A su vez, en las filas de los “zares austeritarios” se perciben fisuras: la señora Lagarde, poderosa gerente del Fondo Monetario Internacional, por ejemplo, descubre que “la austeridad fiscal frena el crecimiento y sus efectos son negativos”
El presidente del BCE, señor Draghi, habla de generar crecimiento… sin abandonar la disciplina del ajuste. Las ciudadelas de la ortodoxia fiscal: Frankfurt, Londres, Bruselas, perciben el crecimiento de los extremos junto con una lenta mutación de la opinión. Y comprueban que Sarkozy es el undécimo dirigente europeo, desde 2008, que paga el precio de no saber encontrar políticas alternativas al ajuste, los recortes y el rescate de los bancos. 
Constatarán también que una nítida mayoría de ciudadanos no se suma al miedo y el odio de los ultraderechistas, a su marcha regresiva y triste hacia tenebrosos pasados.
Lo que despunta en el horizonte después de estos episodios electorales es la incipiente prevalencia de la democracia sobre el mercado, el rechazo a lo que ya se llama eurosadismo, y un debilitamiento de la fuerza del neoliberalismo a ultranza.
Rajoy, Monti y Draghi, sin poder concebir una alternativa por temor a incurrir en una herejía, se obstinan en proponer un catecismo cada vez menos convincente para los feligreses.
Mientras tanto, por la ultraderecha, pequeños neo superhombres exhortan a caminar hacia adelante mientras orientan sus pasos y su mirada hacia atrás.
La ultraderecha fóbica es un extremo, que no el único. El neoliberalismo, al transformarse en un método de dominio, comparte con ella el error de pensar que hay una sola verdad y una sola fórmula; que el uso y aplicación del poder, la voluntad y la fuerza son los únicos garantes de futuros luminosos. La Europa que se levantó heroica y dolorosamente a partir del 8 de mayo de 1945, ciertamente no dejó lugar a esos delirios primarios.
La izquierda democrática, mientras tanto, recupera del desván de su historia las páginas del mejor humanismo para volver a proponer un sentido digno de la vida. 
Hoy, a 65 años de la capitulación del Tercer Reich, es necesaria más Europa. Más unión, más avances hacia una confederación, más apertura hacia el mundo no europeo. Más Europa, no menos.
La Europa que esperamos, como la Sudamérica que deseamos, son continentes en los que germina, y anhelamos crezca, una Gran Ilusión. <
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