

El venerable ministro de Embajada ya había terminado su tesis sobre el Frente Polisario del Sahara, para aplicar para el título de Master of Arts en Relaciones Internacionales, en la University of Southern California de Londres. El Frente es un movimiento de liberación nacional del pueblo saharaui que luchaba (y lo sigue haciendo) para acabar con la ocupación de Marruecos y conseguir su autodeterminación. Promediaban los años ochenta.
Repantigado en un sillón estilo Luis XVI tapizado con paño barroco, la luz vespertina le daba a su rostro a la Omar Shariff un aire de fatalidad coránica. Confiados en su versación, le preguntamos qué porcentaje de probabilidades había de que la construcción por Marruecos de una serie de ocho muros en el Sahara occidental, con una longitud de más de 2700 km, que cortaban literalmente el territorio en dos, fuera discontinuada.
El ministro se tomó la barbilla, sus ojos se empequeñecieron y, tras algunos minutos de tránsito por su biblioteca temática almacenada en las neuronas de su hipocampo, nos respondió, sucinto: “Un cincuenta y un cincuenta.” Exactamente lo mismo que dijo promediando el año 2012 el Premio Nobel (2010) de Economía, el grecochipriota Cristóbal Antoníu Pissarides, respecto de la posibilidad que tiene Grecia de continuar en la zona euro. El ideal ético aristotélico del “justo medio” también es útil frente a la incertidumbre, la alarma y hasta el olor del infortunio contiguo.
La continuidad helénica en el “Club de los 17” (países que tienen al euro por moneda) está vinculada con las elecciones que se realizarán el domingo 17 de junio, coincidencia numérica que se verá si es fausta o fatídica. El sistema electoral prevé que es técnicamente necesario que un partido alcance el 38% de los sufragios para que, sumado al “bono” de 50 escaños que cosecha el sector triunfante, pueda formar gobierno per se. Es dudoso que tal cosa ocurra.
Sobre la plaza de los comicios caracolean el líder de la coalición de izquierda Syriza, Alexis Tsipras, y el de la conservadora Nueva Democracia, Andonis Samarás. Por los arrabales del centro de la escena hacen escuchar su voz Evangelos Venizelos, cabeza del Pasok (Movimiento Socialista Panhelénico) y otros actores afónicos. Es que tras la implosión del sistema político tradicional –que obliga a la larga e ineludible faena de zurcir y bordar– se añaden poca exhibición de voluntad de acordar, ninguna mayoría tajante y excesivo antagonismo, en un país cuyas arcas pueden quedar vacías en julio.
En Grecia se conoce por la “Troika” (originalmente, gran carruaje ruso montado sobre patines y tirado por tres caballos) al maridaje entre la Unión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional. A comienzos de febrero de 2012, las autoridades helenas acordaron con la Troika, a cambio de recibir un segundo rescate financiero para no entrar en cesación de pagos, un programa de ajuste que combinaba salarios búlgaros, pensiones rumanas y una desocupación de zona de posguerra, combinadas con un costo de vida alemán o francés. Si bien el Bank of America advierte que desde entonces no se ha llevado adelante ninguna reforma de calado, lo cierto es que el acuerdo sobre sacrificios ha dado que hablar. Una renegociación, de conformidad con la Unión Europea, sólo sería eventualmente aceptable si llegara por vía de un procedimiento regular –como recomendación de técnicos internacionales, según ya ocurrió en su día con Portugal– y de ningún modo (¡Dios nos libre!) como respuesta a pretensiones políticas atenienses, en todo caso atendibles 400 años a. C., cuando Sócrates ironizaba con su mayéutica.
Alexis Tsipras, el candidato de Syriza, eligió el Financial Times para enviar su mensaje a los mercados: “Mantendré a Grecia en el euro y restauraré el crecimiento”, afirmó, pero añadió al resbaladizo (para los mercados) “… restauraré el crecimiento”, su convicción de que el memorándum suscrito por la Troika era un emprendimiento “fallido” y propuso remplazarlo por “un plan nacional para la reconstrucción y el crecimiento”, necesario para evitar una crisis humanitaria en Grecia. A pesar del mcluhiano “el medio es el mensaje”, el Financial no parece haber traído consigo sosiego.
La salida del euro, según el Wall Street Journal, ocasionaría un costo de entre los 500 mil millones y un billón de euros por su impacto en los mercados, contagios transfronterizos y daño directo a la economía de la Eurozona y de fuera de ella. La inflación podría dispararse entre el 30% y el 50 por ciento. Las consecuencias económicas serían “catastróficas”, y las implicaciones políticas y sociales negativas serían profundas y duraderas. De allí las nunca confirmadas pero persistentes –como las lloviznas parisinas– versiones de que Bruselas prepara un cordón sanitario para evitar el contagio si se produjese el retorno a la dracma.
El conservador Andonis Samarás riza el rizo de respetar el memorándum, seguido por Evangelos Venizelos (Pasok). El programa de Nueva Democracia se conforma con menos recortes e impuestos, más ayudas sociales y una renegociación con Bruselas para obtener un plazo extra de dos años antes de aplicar los últimos recortes exigidos por la Troika, pero insiste en la política de privatizaciones.
Mientras tanto, el presidente francés Hollande (eurofílico) fue taxativo: “No estoy informado de ninguna simulación de ningún grupo o subgrupo sobre lo que podría ocurrir si Grecia sale del euro. Y no queremos que Francia haga ese tipo de hipótesis porque queremos que siga en el euro.” David Cameron (eurofóbico) manifestó en la Cámara de los Comunes que los miembros de la Unión que comparten divisa deberían prepararse para la salida de Grecia, “con el refuerzo de los bancos, la protección de los sistemas fiscales y la adopción de medidas para evitar el contagio”. Siempre con la autoridad innegable con que habla quien preside el gobierno de un país que está fuera del euro y aterrorizado con el “contagio”.
Paul Krugman, refiriéndose a la economía occidental, ha manifestado que por profundas que sean las raíces de la actual parálisis, queda cada vez más claro que hará falta la peor de las catástrofes para que se ponga realmente en práctica alguna medida diferente de salir al rescate únicamente de los bancos. Euro o dracma. Los habituales victimarios (habitantes del sistema financiero) y las víctimas de siempre (los pueblos). Cincuenta y cincuenta. El problema del justo medio es que con la más ligera vibración el equilibrio se quiebra, y lo que era medio justo se vuelve profundamente injusto. Las señales están a la vuelta de la esquina.
El pope supremo Martin Wolf, desde su silla del Financial Times, abjura de la política y se desgarra en lamentos por la ausencia de liderazgo, lamento al que se une Frau Merkel, inesperadamente nerviosa con los “mediocres” que hablan de “crecimiento” sin ton ni son (derecha a la quijada de Hollande).
El tinglado para el G-20 en México, y la subsiguiente cumbre europea del 28-29 de este mes está montado. Lo que no sabemos es si ocurrirá para una operación de búsqueda y rescate, o si será otro ejercicio de sumisión al “mercado”.
Coincidentemente, en la reunión Rio+20, más de 80 jefes de Estado deberán demostrar liderazgo y visión para asegurar la sobrevida de la especie humana en el planeta, por un plazo de más de tres o cuatro generaciones. <
Tras cuatro horas de debate, el PRO consiguió aprobar el decreto que el jefe de gobierno porteño firmó para sostener legalmente al grupo Clarín. Uno de los puntos que mayor rechazo despierta es el que limita el derecho de huelga. Será tratado el 30 de mayo en el recinto.






