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25 de Mayo de 2013

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La amargura de recibir un poco de la propia medicina

Los tres ancianos estaban allí para ser careados sobre el destino de los restos del jefe del ERP, Mario Santucho

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Una gran escena de la Historia: los ex generales Santiago Omar Riveros, Carlos Alberto Martínez y Jorge Rafael Videla, hoy achacosos y vacilantes, acusándose entre sí ante la silenciosa mirada de Ana y Julio Santucho, una de las hijas y el hermano menor de quien fue la máxima obsesión de sus carreras: el jefe del ERP, Mario Roberto Santucho. Los tres ancianos estaban allí, en un juzgado de San Martín, precisamente para ser careados sobre el destino de sus restos, un enigma que aún hoy insisten en eternizar. Pero los tres ancianos no daban crédito a la situación que los envolvía. Una situación que 37 años antes ellos jamás hubieran imaginado.
Corría el 20 de octubre de 1975. El presidente provisional Ítalo Luder ya había firmado los decretos que extendían a todo el territorio nacional las facultades represivas del Ejército en Tucumán. Y, ahora, en una oscura oficina del Edificio Libertador, Martínez, quien encabezaba la todopoderosa Jefatura II de Inteligencia del Estado Mayor, trataba con Videla un asunto de suma importancia: la creación de un grupo operativo abocado con exclusividad a la captura de Santucho. Según Videla, semejante trofeo consolidaría de manera tajante el liderazgo del Ejército en el seno de las Fuerzas Armadas. De hecho, el plan fue concebido a espaldas de los otros comandantes.  Pelusa –tal como le decían a Martínez por su vellosidad en la nuca– cabeceó con entusiasmo. Al mando de la unidad fue puesto el capitán Juan Carlos Leonetti.
Tal vez, en el careo, a Videla se le haya cruzado el recuerdo de ese hombre joven, de rostro levemente perruno. Es que ambos eran oriundos de Mercedes. Allí, el padre de Videla había sido jefe del Regimiento 6 de Infantería. Y el de Leonetti, uno de sus oficiales. Las dos familias vivían a metros de distancia, frecuentaban el mismo círculo social y los domingos coincidían en las misas de la basílica Nuestra Señora de las Mercedes. El futuro dictador incluso solía sentar al capitán sobre su falda, cuando este –claro– era sólo un niño. Ahora, Videla había colocado a Leonetti bajo su ala. Y tenía expectativas puestas en su persona.
El 19 de julio de 1976, Santucho estaba en el cuarto piso del edificio de la calle Venezuela 3149, en Villa Martelli. Tenía previsto partir en unas horas hacia La Habana junto a su mujer, Liliana Delfino. Allí estaban Benito Urteaga, también integrante del Buró Político del PRT, su hijo de dos años, y Ana María Lanzillotto, esposa de Domingo Menna, quien había salido poco antes de allí. Los últimos tiempos fueron calamitosos para el ERP. Tres meses atrás, el Robi –como se le decía a Santucho– estuvo a punto de caer, cuando un grupo del Ejército asaltó a sangre y fuego una quinta de Moreno durante un cónclave del PRT. El saldo: 12 muertos. Es posible que en medio de la batalla él haya reparado en el rostro perruno de quien conducía la emboscada. 
Exactamente a las 14:30, ese mismo sujeto, junto con otros cuatro, bajó de un vehículo sin patente que se detuvo frente al edificio de la calle Venezuela. Menna había sido detenido al mediodía. Una versión sostiene que en su poder habría sido hallada una factura de farmacia con la dirección del departamento. Es posible que la patota no sospechara que allí se encontraba el guerrillero más buscado de la Argentina.
Los acontecimientos se precipitaron.
Primero, un timbrazo; luego, la voz del portero. Al entreabriese la puerta, se asoman los ojos azulados de Liliana. El portero corre hacia las escaleras. Ella grita: “¡Es el Ejército!” Al mismo tiempo, intenta trabar la puerta. Se oye un vozarrón: “¡Ríndanse, hijos de puta!” Santucho corre hacia una ventana; en el trayecto, manotea una pistola. Uno de los intrusos irrumpe apuntando a su cabeza. Pero, al reconocer el perfil aguileño del hombre que está a punto de matar, vacila. Ello le cuesta la vida. Sus acompañantes acribillan a Santucho y a Urteaga. Este cae junto al cadáver de Leonetti.
Las mujeres fueron llevadas a Campo de Mayo. Ana estaba embarazada de ocho meses. Ambas continúan desaparecidas, al igual que Menna.
Allí, a partir de entonces, comenzó a dibujarse una segunda trama.
A siete lustros, en el careo entre los tres ancianos, Rivero intentó deslucir su rol en el hecho investigado con el siguiente argumento: "Me sorprendió mucho la decisión del comandante (Videla). ¿Cómo puede ser que a un cadáver que apareció por derecha en un enfrentamiento lo hicieran desaparecer por izquierda?"
Riveros, en su calidad de jefe del Comando de Institutos Militares, detentaba la máxima potestad del sitio en el cual esto último fue llevado a cabo.
Fue allí en donde instrumentó una iniciativa personal, muy elogiada por sus pares, que le daría a ese inframundo un toque aún más espectral: el Museo de la Subversión Juan Carlos Leonetti. Su existencia era pública; recibía a grupos escolares para ver afiches, armas y panfletos de organizaciones guerrilleras. Incluso, se podía visitar una réplica de la "cárcel del pueblo" en la que murió el coronel Argentino del Valle Larrabure. La revista Gente le dedicó al museo un simpático artículo con fotos, en su edición del 26 de octubre de 1978.
Allí, en ese lugar, durante un ágape celebrado en el mayor de los secretos, fue exhibido el cuerpo baleado de Santucho. Allí también fueron exhibidos otros trofeos humanos. 
¿Qué extraña pulsión de la mente puede urdir una escenografía así? ¿De qué modo las leyes deberían valorar esas cosas de la condición humana?
Son misterios que tal vez nunca tengan respuesta. 
Pero sí final: tres ancianos acusándose entre sí, en un juzgado.  «

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