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18 de Mayo de 2013

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Un equilibrio utópico entre realidad y deseo

El nuevo espectáculo de Walter Jakob y Agustín Mendilaharzu ofrece una parábola compleja sobre las relaciones intergeneracionales, el coleccionismo de vinilos y el mítico líder de la banda Van der Graaf Generator, Peter Hammill.  

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Desde hace aproximadamente una década, un conjunto de teatristas (en su mayoría dramaturgos-directores) que hoy tienen entre 30 y 40 años, nacidos hacia mediados de los años setenta, viene renovando el campo teatral de Buenos Aires con espectáculos valiosos. Sin afán de ser exhaustivos en el inventario de sus nombres, y mezclando sus orígenes (porque si bien coinciden en Buenos Aires, varios de ellos provienen de distintos contextos y no sólo trabajan en la capital argentina), sobresalen entre otros artistas de esta “generación” (en realidad, un término inadecuado para agruparlos, pero usémoslo provisoriamente): Romina Paula, Matías Feldman, Manuel Santos Iñurrieta, Mariano Pensotti, Lola Arias, Silvio Lang, Mariana Chaud, Julieta De Simone, Claudio Tolcachir, Santiago Loza, Juan Pablo Gómez, Gastón Cerana, Fernando Rubio, Marcelo Minnino, Laura Fernández, Santiago Gobernori, Lautaro Vilo, Diego Casado Rubio, Andrés Binetti, Agustín Mendilaharzu, Walter Jakob. Por su edad, a este mismo grupo pueden relacionarse José María Muscari y Federico León, aunque hayan comenzado sus producciones precozmente unos años antes. Estos creadores ya han producido una masa considerable de espectáculos, que manifiestan en su conjunto ciertas líneas constantes en sus poéticas y en sus preocupaciones sociales y políticas.   

Entre los aportes de esta renovación hay que valorar especialmente el espectáculo La Edad de Oro, de Walter Jakob y Agustín Mendilaharzu, que se presenta los viernes en El Extranjero (Valentín Gómez 3378), y constituye sin duda uno de los grandes acontecimientos del año en el circuito independiente. Jakob y Mendilaharzu son también los creadores del exitoso Los Talentos, que cuenta ya en su trayectoria con más de 160 funciones en ElKafka. 
Convocados por el Proyecto Manual del Centro Cultural Ricardo Rojas en 2011, Jakob y Mendilaharzu decidieron que La Edad de Oro tendría como punto de partida el folleto de instrucciones para armar un mueble, que terminó siendo el (ficcional) "exhibidor para comercio Mueblemar". Pero la dramaturgia finalmente tomó el "manual" como mero pretexto y colocó el centro de su universo simbólico en otro plano, una auténtica vuelta de tuerca existencialista sobre el mito clásico de la aurea aetas, período ideal de justicia, felicidad, síntesis del anhelo utópico. 
La historia de La Edad de Oro transcurre en Mar del Plata y plantea el encuentro de dos generaciones en torno de la pasión por la música (en particular, Peter Hammill) y el coleccionismo de viejos vinilos: una generación de jóvenes de alrededor de 20 años, y otra de jóvenes que ya están dejando de serlo (de entre 30 y 40, la edad en que, como dice Mariano Pensotti al referirse a su obra El pasado es un animal grotesco, "uno deja de ser quien cree que va a ser para convertirse en quien es"). Estos últimos, llamémoslos "los veteranos", comienzan a despojarse con evidente dolor y resistencia de los discos que fueron (y siguen siendo) su tesoro, estimulados además por las buenas perspectivas que abre un negocio de remeras para los turistas. Un dato no desdeñable es la reelaboración de un componente autobiográfico: parece que Jakob y Mendilaharzu son fanáticos del coleccionismo de vinilos, y especialmente de Hammill (parece también que los seguidores argentinos de Hammill se están organizando para que el músico venga a ver la obra).  
La Edad de Oro asume el punto de vista de los "veteranos", que se observan y reconocen a sí mismos, su propia pasión y su propia juventud, reflejados en los más jóvenes, como si estos fueran un retrato de su propio pasado. Hasta podría jugarse con la idea de que los chicos de 20 no existen en realidad, que son proyecciones expresionistas de los contenidos de la conciencia de los "veteranos", que corporizan imaginariamente el conflicto consigo mismos y se reencuentran felizmente en un saludable equilibrio.
Con dramaturgia, dirección y actuaciones notables, el espectáculo se pregunta: ¿cuándo termina la Edad de Oro en la vida de una persona? ¿Qué hace "de Oro" una época en la vida o toda una vida? ¿Hay una "esencia", una unidad existencial en las personas que las acompaña a través de los años? ¿La pasión es acaso la mejor cifra de una identidad, la verdadera Edad de Oro? ¿Cuánto dura una pasión? ¿Qué se hace si la pasión se ausenta? ¿Cómo mantenerla viva, cómo no traicionarla con nuevos pactos y proyectos?   
La Edad de Oro, como buena parte de los espectáculos de esta nueva “generación”, no propone la demostración de una tesis ni la exposición de un conjunto de ideas o afirmaciones sobre la realidad, sino más bien inscribe oblicuamente en la máquina teatral, y especialmente en la parábola de la historia que se cuenta, un conjunto de campos asociativos, de los que queremos destacar dos.
Por un lado, se manifiesta la preocupación por las relaciones entre la realidad y el deseo, entre la pasión y el negocio, entre el ser y el tiempo en un momento de pasaje de una etapa a otra. La generación de los que van hacia los 40 empieza a hacer su balance, mira hacia atrás como una forma de leer una tendencia que ha llevado hasta el presente y que permite intuir el futuro y orientarse con prudencia en los próximos pasos a dar. ¿Qué relación hay entre el que fui, el que soy y el que seré? En varios espectáculos de estos nuevos teatristas aparece la preocupación por el tiempo existencial (Mi vida después, Yo en el futuro, El pasado es un animal grotesco, El tiempo todo entero, Tercer cuerpo, entre varios).
Por otro, está presente el tema del vínculo con los más jóvenes, con los que vienen "detrás". ¿Preocupación por asumir el lugar del padre, o se trata del lugar del hermano mayor? Resulta conmovedor el desenlace (que no detallaremos) como utopía, no sólo de un acuerdo intergeneracional (el poder trabajar todos juntos), sino también de poder seguir siendo quien se fue a través de los años. La afirmación vale para la existencia en general, pero en particular para la relación con el arte y el teatro en un mundo incierto y con perspectivas poco alentadoras. La Edad de Oro afirma la micropolítica como un lugar, ya no de resistencia, sino de pertenencia, integración y fluidez existencial.        
Los excelentes actores son Denise Groesman, Ezequiel Rodríguez, Pablo Sigal y Walter Jakob (en remplazo de Alberto Ajaka). Un espectáculo con lo mejor del teatro independiente: investigación, riesgo, relevancia simbólica y una poética innovadora y teatralmente muy efectiva.  «
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