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18 de Junio de 2013

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Las efectividades conducentes

La presidenta les tiró el jueves por la cabeza a los agoreros con las "efectividades conducentes" de las que hablaba Yrigoyen.

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Los desconocidos de siempre esperaban que Cristina Fernández cometiera una estupidez parecida a la del efímero presidente Adolfo Rodríguez Saá, cuando anunció con sonrisa triunfal, que la Argentina entraba en default. La presidenta entendió que tampoco la cancelación de la última cuota de los títulos Boden era para tirar manteca al techo, sino para ofrecerla como el resultado de una política económica. Ambos hechos simbolizan dos momentos culminantes de la historia reciente: uno de postración y otro de reparación. 
La Argentina llegó a la cesación de pagos tras sucesivas recetas que comenzaron con el célebre shock de Celestino Rodrigo y se extendieron hasta el estallido del modelo neoliberal, en diciembre de 2001.
El corralito y el corralón fueron el resultado de la política económica que se instauró bajo terror durante la dictadura, llegó al clímax durante el gobierno de Carlos Menem y estalló en las narices del irresoluto Fernando de la Rúa.
Aquel modelo de desregulación, de apertura a los mercados internacionales a piernas abiertas, de privatizaciones salvajes, de endeudamiento externo suicida para mantener un tipo de cambio ficticio, de desaparición del Estado, estalló finalmente con una crisis financiera. Pero fue en realidad el fin de un paradigma. 
El pago del Boden 2012 representa en cambio la culminación de una etapa de desarrollo y desendeudamiento, solventada con recursos internos, con el trabajo de los argentinos, con niveles récord de producción y de consumo.
No es casual haber pasado de una deuda externa equivalente al 166% del PBI en 2003 a otra del 41% en un marco de crecimiento. En los '90, se destinaba el 6% del PBI a las obligaciones externas y el 2% a la educación. Hoy la relación es inversa. Ahora falta otro apurón en diciembre, cuando se pagarán 3435 millones de dólares por el cupón del PBI y luego se anuncian dos años mucho más plácidos en términos del sector externo. Tampoco es casual que se haya reducido la vulnerabilidad externa mientras bajaba el desempleo del 24 al 7%, se desempolvaban las paritarias archivadas por los que provocaron el desbarajuste, se cubría previsionalmente al 95% de los mayores de 65 años, se subsidiaba a los hijos de desocupados y se apostaba al consumo. "Es causal y no casual", dijo Cristina Fernández. "El capitalismo es consumo", añadió.       
Por supuesto que tener que levantar semejante muerto no es para tirar manteca al techo. En verdad, es para lamentar que semejante fortuna no se pueda invertir en infraestructura. Pero si la decisión es pagar, parece legítimo sentir el alivio que exhibió Cristina, aunque no la alegría del Adolfo.
El diputado del FAP, Claudio Lozano,
dice que este es el gobierno más pagador de la historia. Seguramente ninguno recibió tampoco tal herencia. Quienes siguen sosteniendo que buena parte de la deuda externa es ilegítima y no debe ser pagada, redoblan ahora sus cuestionamientos.
Pero la verdad es que la sociedad argentina nunca asumió ni votó el no pago de la deuda externa heredada de la dictadura. Alfonsín hizo un amague que fracasó junto al intento del Club de Deudores. Carlos Menem multiplicó la hipoteca artificialmente y fue votado dos veces. Tampoco se inclina ahora masivamente por opciones radicales que platean no pagar, sino que opta abrumadoramente por una presidenta que se manifiesta orgullosa de honrar la deuda. En verdad, un país en el que pueden atenderse protestas por limitaciones a importar muñecas Barbie, o pilchas de marca, no parece preparado para soportar los embates externos que se desatarían ante una eventual decisión soberana de no pagar.
Si el consenso social fue entonces pagar, lo mejor fue hacerlo con las quitas récord logradas por Kirchner, sacarse de encima los condicionamientos del FMI y desprenderse de la pesada mochila.
Pese a haber remontado la cuesta, la Argentina sigue sancionada por su firme decisión de no acudir a mercados internacionales, con una calificación de riesgo país que duplica al de España, una economía en crisis que tiene desempleada a la cuarta parte de su mano de obra activa. 
Las visiones sobre políticas económicas no son cuentas exactas, sino que responden a las percepciones y a los intereses de quienes las formulan. Cuando Cristina Fernández dice que el PBI creció en nueve más de un 80%, sus críticos replican que en realidad esa medición se abulta por tomar en cuenta un dólar atrasado respectos del peso. Cuando se enorgullece de que el aumento para los jubilados sea este año de un 31% y totalice un 1264% desde que asumió Kirchner, el coro apela a una sensibilidad social que nunca cultivó demasiado y advierte que la mayoría de los pasivos no puede adquirir la canasta básica. Si el gobierno recuerda que incorporó al sistema previsional a más dos millones de personas, los críticos hacen hincapié en que esas coberturas impactaron negativamente sobre los haberes medios, por lo cual la Corte Suprema de Justicia reclama la actualización de esas jubilaciones. Pero no dicen que esos haberes duplican por ejemplo, el ingreso de algunos hogares.
Los mismos que generaron el caos, no rescatan siquiera que las reservas se mantengan en unos 47 mil millones de dólares desde hace 18 meses, pese a los pagos internacionales, sino que prefieren destacar que son menores a las  existentes en diciembre de 2011.
En un país que no accede al crédito externo, la presidenta advierte que es necesario restringir importaciones para cuidar las divisas necesarias para importar insumos imprescindibles. Y aunque no lo mencionó, también se explica por allí el cepo cambiario. 
El comercio exterior ya generó un saldo favorable de 8000 millones de dólares y apunta a superar la meta oficial para el año de 10 mil millones. Pero los críticos prefieren subrayar los problemas que las restricciones generan y recalcan que el cepo cambiario aumentó la fuga de dólares del sistema bancario, sin reconocer que se evitó una devaluación que hubiese repercutido en la inflación que tanto agitan. 
Según las pitonisas del eterno desencanto,  la Argentina creció hasta el año pasado por el viento de cola, pero no perciben ahora el vendaval en contra que viene del exterior. Destacan además que ya no se crece a tasas chinas y que no se crea empleo, lo cual es comprensible ante la crisis global. Pero no tuvieron la honestidad de reconocer antes el crecimiento inédito, la drástica reducción del desempleo y el sensible aumento del consumo. Dicen que "estamos peor" y comparan la situación actual con el año 2011, pero nunca admitieron antes que estábamos bien.
Al cerrar un capítulo dramático, la presidenta les tiró anteayer por la cabeza a los agoreros, con las "efectividades conducentes" de las que hablaba Hipólito Yrigoyen. Y ellos respondieron con las "patéticas miserabilidades" a las que también aludía el Peludo. Pero al margen de dimes y diretes, la mayoría de los argentinos reconoce, al menos, que este país es muy distinto a aquel de 2001. Y lo expresa cuando llegan las elecciones.  -<dl

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