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19 de Mayo de 2013

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Crónica de la última noche de paro

Cómo fue la noche en que los trabajadores del subterráneo esperaron un llamado que nunca llegó. Del enojo por los ataques de Macri a las tareas domésticas: hijos, colegios y horario cambiados. Pianelli y el recuerdo de Mariano Ferreyra.

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Doce, cero, uno." Eso dice Roberto "Beto" Pianelli mientras apaga un cigarrillo Parisiennes y suelta su Blackberry. Luego hamacará su cuerpo sobre la silla de su oficina, apretará su puño, que terminará contra una bandeja con la cara de Marilyn Monroe apoyada sobre su escritorio: hasta las 12 de la noche del domingo Beto Pianelli esperó un llamado que destrabara el conflicto. Buenos Aires, por décimo día consecutivo, amaneció sin subtes. El paro más largo de la historia del subterráneo.
Pianelli es el secretario general de la Asociación Gremial de los Trabajadores del Subterráneo y Premetro (AGTSyP). El líder de los metrodelegados. “Si hago una autocrítica diría que nunca pensamos que enfrente tendríamos a un mono con metralleta: Mauricio Macri redobla la apuesta a cada instante, es impredecible. Lo único que tengo en común con el ingeniero es que somos hinchas de Boca”, dice a Tiempo Argentino mientras come una porción de fugazzeta, se pone la campera y dice:
"Vamos."
En la puerta del sindicato está su auto. Entra con torpeza, tira su bolso en el asiento de atrás, le da play al estéreo y comienza a sonar "Todo se transforma" de Jorge Dexler. En el camino contará que hace once meses recibió un trasplante de hígado, debido a una hepatitis crónica, que desde que comenzó el conflicto dejó de tomar el cuarto de Rivotril porque si lo hace se duerme y eso no puede suceder. “La vida que llevo no es la mejor para un posoperatorio, pero ¿qué voy hacer? Sí. Esta es mi vida”, dice.
Tiene un hijo, Siro, de seis años. El nene desde hace cinco días le reclama lo mismo: que vaya a buscar la netbook que el gobierno de la Ciudad le otorgó por ser alumno de una escuela pública. Pero Pianelli no tiene tiempo. La semana pasada mientras estaba en el Ministerio de Trabajo un compañero la fue a buscar pero no se la dieron porque el trámite era personal. Desde hace 20 años hace terapia y dice conocer su patología: “Soy un neurótico”, cuenta y larga una carcajada. 
Es cinéfilo. Entre las películas que más disfrutó está El Padrino. Se sabe de memoria la escena cuando Marlon Brando le propone un pacto a Tattaglia después del asesinato de los hijos de ambos.
Maneja, atiende el celular, prende otro Parissienes, corta el teléfono, le vuelve a sonar, vuelve a cortar. En 20 minutos llega a la cabecera de la línea E. En Virreyes, lo esperan 25 compañeros que acaban de cenar pollo a la parrilla. Lo abrazan como si fuese un héroe, bromean porque en la conferencia de prensa que dio el domingo en el sindicato se sacaba y se ponía los lentes como si fuese un tic nervioso. Son las 3 de la mañana y Pianelli habla a sus compañeros, sentados en el cuarto de descanso.
Sobre el andén, un gato atigrado come una pata de pollo. Osvaldo Mouche lo mira: “Este se crió acá. Llegó cuando era cachorro, es el gato de la línea.” Osvaldo es conductor de la línea E, como su bisabuelo, su abuelo y su padre. Desde hace diez años trabaja en Metrovías. “De noche nadie duerme porque tenemos que cuidar que no bajen las patotas de la UTA. Bajo tierra perdés la noción del tiempo. No sabes si llueve, si hay sol o si cayó una bomba. Pasamos las horas jugando a los dados, a las cartas, miramos tele. Llega un punto que no sabemos cómo matar las horas”, dice. 
Cada uno cumple una función: están los encargados de limpiar los platos, los baños, los que cocinan. Duermen sobre los andenes. Algunos se tiran en los asientos de los subtes y otros se quedan dormidos sentados. En la línea E, a las 11 de la noche, todos miran la novela Dulce Amor. Se turnan para bañarse: no hay agua para todos. Gisele Serrano tiene 26 años y hace seis que trabaja como guarda. Desde que empezó el paro cambió su rutina: no va al gimnasio, hace una semana que no visita a su abuela, perdió peso y no sabe en qué día vive: “Cuando me duermo sueño con mis compañeros. La gente piensa que somos vagos pero lo que no saben es que estamos peleando por nuestros derechos”, dice.
Marcelo Membrede tiene que ir a controlar los túneles porque sospechan que pierde un caño. Camina mirando al piso porque le teme a los alacranes. Hace 12 años que trabaja en el Premetro. Es padre de dos hijas, de cinco y tres años. Su familia está acostumbrada. Como los demás, él tampoco duerme. Al mediodía va a su casa, busca a sus nenas para llevarlas al colegio, se tira unas horas entre sábanas limpias y se prepara para volver a los túneles.
Son las 4:30 de la mañana y Pianelli saluda a sus compañeros, antes se cambia el buzo y se pone uno con la cara de Mariano Ferreyra. En 30 minutos llegará a Constitución y dirá: “seguimos en la dulce espera”. En el vagón 741 hay un proyector prendido, dos hombres miran una película de acción. En el siguiente, sentados alrededor de una mesa de jardín, cinco trabajadores toman mates y debaten sobre el conflicto. A las 5 de la mañana Pianelli deja los dos celulares, sus anteojos y el atado de Parissienes sobre dos asientos del vagón 742. Dormirá dos horas. Sonará el celular y dará una entrevista entredormido. Un compañero le avisa que en la puerta están los medios esperándolo. Pasa por el baño, se lava la cara y camina 40 metros escoltado por siete hombres. Un chico de unos veintipico que trabaja en el subte filma con su Ipod la improvisada conferencia de prensa: “Es para que la vean mis amigos del barrio. Se me pone la piel de pollo cada vez que este tipo habla”, dice.
Faltan 20 minutos para que su hijo entre al colegio. En el trayecto hasta su auto, siete cronistas de radio le apoyan los celulares contra su cara. Pianelli pasa a buscar a Siro, que entra dormido al coche, deja su mochila de Spiderman sobre el asiento. El nene está enojado porque su padre, el líder de 3200 trabajadores, no pudo ir a buscar la netbook y le dice sollozando: "No la fuiste a buscar. Ahora no la quiero, nunca más."  «

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