José Sand revoleó la camiseta y corrió apretando un rollo de su panza, haciendo sonreír a su ombligo, en una coreografía que incluyó juntar sus puños, brazos abajo, el cuello y los hombros hinchados, como si se acabara de convertir en el Hulk de Avellaneda. Era su segundo gol a Independiente y, con él, se sacaba de encima el maleficio. Sand lo festejó más que al primero, envolviéndose en una locura mayor, golpeándose el pecho tan fuerte que parecía escupir los fantasmas.
Sand no sólo pasaba sus últimos días –los primeros en Racing– sin convertir goles, su proteína básica, sino que además había desperdiciado dos penales en un mismo partido, por lo que arrancó en el quinto subsuelo del cariño de los hinchas. Ese drama sólo podía tener remedio con goles en varios partidos y con un partido como el de ayer: un clásico, el estadio lleno, el triunfo de su equipo, y un día de sol después de una semana de lluvias.
La jornada parecía estar destinada a la repetición. En el primer tiempo, Sand tuvo dos ocasiones para convertir. En las dos tardó horrores, perdió la pelota, y despertó la ira de los hinchas. Una imagen muy racinguista, muy en celeste y blanco, un pueblo acostumbrado a que los nueve, los hombres encargados de administrar sus alegrías, pasen más tiempo tomándose la cabeza que levantando los brazos. Dos ocasiones, sin embargo, son pocas para un delantero. Es extendida, pero falsa, la idea acerca de que los goleadores deben aprovechar una única oportunidad. Lo ideal, en realidad, es que los goleadores puedan tener muchas posibilidades para aprovechar una de ellas. Lo otro es la virtud en medio de una deficiencia: el oportunismo. Digamos que Sand no tuvo muchas pero sí las suficientes.
Racing es un equipo de tres toques, los necesarios para armar una jugada. Tiene el cerebro de un francotirador, una mente compleja dedicada a las acciones sencillas, sin movimientos ampulosos. Si el francotirador yerra por un milímetro su plan será un desastre. Lo mismo le ocurre a Racing en las imprecisiones. Nada, entonces, debe salirse de los márgenes previstos. Racing posee un mecanismo que necesita –casi– la perfección, con un funcionamiento lejano a lo exagerado: recuperación, dos o tres pases, desborde. Gol.
El primero fue así: Iván Pillud quitó una pelota en su área, jugó para Centurión, que recorrió unos metros y se la pasó a Gabriel Hauche, que tiró el centro atrás. La definición fue tortuosa. Un defensor de Independiente (Roberto Russo) se cayó, Sand paró la pelota y otra vez entró en el laberinto de la demora. Aunque logró salir: se acomodó, desestabilizó a Cristian Tula, y se la cruzó a Hilario, que se quedó con la impotencia de haberla tocado antes de que entrara a su arco.
"Yo soy un jugador lento, todo el mundo lo sabe", dijo Sand. "No soy rápido como Hauche y uno escucha cada cosa que no vienen al caso. Pero soy medio loco." Así explicó su festejo en el segundo gol, otra vez con Centurión, que empujó la jugada hacia el arco de Independiente y corrigió con un pase al centro del área la pérdida de Hauche. Sand sólo la tocó, porque a veces sólo hace falta tocarla; a veces el destino está a un toque. Sand comenzó, entonces, con el ritual que le quitó el hechizo. Hizo sus dos primeros goles y le dio el clásico a Racing. Ahí mismo alguien se dio cuenta de que el sol de esa mañana ya presagiaba una alegría. Es la sorpresa que suele seguir al temporal. «
los fantasmas
Con el segundo gol de Sand, aparecieron los fantasmas con la letra "B". Los de Racing cargaron así a los de Independiente, cuyo equipo está último en el descenso.