
Por:
Bernardo Stamateas
No sienten culpa ni angustia: pueden insultar, gritar, sin el más mínimo remordimiento. Cosifican al otro: las personas son elementos utilitarios que se usan y descartan. Humillan, descalifican, tienen conductas parasitarias y viven del esfuerzo de los demás.
No pueden posponer sus deseos: necesitan una gratificación inmediata y, como tienen un enorme vacío interior, aburrimiento y hastío por la vida, pueden recurrir al alcohol o a las drogas. Recurren a la humillación y descalificación: la mentira es un arma, una estrategia maravillosa que van perfeccionando.
Todos al hacer algo equivocado nos sentimos mal, tenemos la capacidad de la introspección… los manipuladores no. Son expertos mentirosos y seductores, especialmente aquellos con rasgos histéricos.
La estadística mundial muestra que el 3% de los varones y el 1% de las mujeres tiene rasgos psicopáticos; el varón seduce –flores, caricias, piropos– para que la mujer no tenga actitud crítica para evaluar. También utilizan la coerción y muestran su fuerza: “no sabés quién soy yo”, “no sabés a quién conozco”.
Los manipuladores buscan relaciones donde puedan crear dependencia emocional. Es decir, detecta las ambiciones ajenas para estimularlas, hacerse amigo y luego terminar lastimando, degradando, mintiendo.
Necesitamos poner límites, recuperar el concepto de lo bueno y lo malo, y enseñarles a nuestros hijos la importancia de la empatía, de calibrar con el otro, y de preguntar ¿cómo me sentiría si me pasara eso o si me dijeran eso? Poder entender que el otro es valioso es un signo de salud emocional.
Fue el brazo ejecutor del régimen de terror cívico-militar que se instaló en la Argentina para instaurar un modelo económico neoliberal que destruyó la estructura social del país. Tenía tres condenas y una docena de procesos en marcha. Nunca aportó datos sobre el destino de los desaparecidos.






