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16 de Abril de 2014

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Las cacerolas de la distinción

Detrás se esconden, obviamente, varios interesados en desestabilizar al gobierno nacional y a la región.

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Las imágenes del cacerolazo espontáneo organizado por la oposición el jueves pasado se pueden abordar desde diferentes miradas e incluso con distintas actitudes. Más allá de los discursos y las estrategias que puedan llevar adelante en el plazo inmediato para aventar los sobresaltos que generó la concurrencia un poco más nutrida que el cacerolazo de la última vez, es necesario plantear puertas adentro un análisis que permita ver no sólo la foto con los principales invitados a la fiesta –políticos que participaron de gobiernos que empobrecieron a las mayorías como Eduardo Amadeo o Patricia Bullrich (nunca hay que olvidarse del re re republicano recorte salarial del 15% por ciento violatorio de la Constitución Nacional durante su gestión en la Alianza) o la inefable defensora del robo de bebés durante la dictadura Cecilia Pando– sino también analizar la película de los cacerolazos en los últimos meses. Y esa proyección se puede analizar desde el prejuicio o pensar estrategias una vez analizado por qué se producen las manifestaciones opositoras de buen sector de la clase media acomodada.

Primero hay que despejar la variable golpista: detrás de los "inocentes cacerolazos" se esconden, obviamente, varios interesados en desestabilizar al gobierno nacional y a la región. Desde la estrategia golpista de los medios hegemónicos, a los grupos de poder económico concentrado que, si bien nunca han tenido tan altos índices de rentabilidad, les es molesto un poder político capaz de fiscalizar sus ganancias, sin menospreciar, claro, las multiacionales ni las agencias de inteligencia con terminaciones en la CIA o el Pentágono, que ya anduvieron metiendo la cola en los intentos de golpe de Estado en Venezuela y Ecuador, y los cumplidos en Honduras y Paraguay.
Una vez confirmada la presencia de las brujas es necesario hacer una reflexión sobre la relación histórica del peronismo con las clases medias argentinas. Porque más allá de las "no argumentaciones" de muchos de los manifestantes –la utilización de generalidades como "corrupción incomparable", "sensación de inseguridad", "nos están matando a todos"– y de verdaderos disparates discursivos –las acusaciones de "dictadura K", "komunismo K" y de "nazismo K", propias de paranoicos patológicos– se puede encontrar un nudo de reclamos que, lejos de tener legitimidad general, al menos permiten comprender lo que les ocurre a muchos integrantes de ese sector. Entender a la clase media urbana sirve para corregir políticas públicas que no tienen sentido, evitar provocaciones inconvenientes para el propio gobierno y/o por último precisar si es necesario o ya no tiene ningún sentido llevar adelante políticas para convencer a esos mismos grupos.
¿Por qué a los sectores que mejores les ha ido en términos económicos en los últimos  diez años son hoy los más contestarios al modelo? Sencillamente, porque no se trata de una cuestión de clase en términos estrictamente económicos. No están preocupados por la pérdida de su patrimonio económico. De hecho, de eso no está ocurriendo. Por eso es que es inútil que el peronismo intente aplicar las recetas que sirven para otros sectores más rezagados en materia económica y social que sí tienen una mayor necesidad de resolución de sus demandas en términos materiales. Obviamente, los caceroleros no están preocupados generosamente por el cumplimiento, por ejemplo, de la Constitución Nacional o la plena activación de los Derechos Humanos. Ninguno de ellos hace ruido por el "libre tránsito o la libre circulación" como valor supremo. De hecho, utilizan la excusa de la pobreza estructural sólo como un latiguillo porque jamás salieron en defensa del artículo 14 bis o los principios sociales de la Carta Magna de 1949 jamás aplicados. Lo que los enferma es la imposibilidad de salir del país si no se tiene la economía doméstica en regla en términos fiscales. Es decir, como todo sector social o grupo de presión, pelea por sus propios intereses y representaciones. Lo único que cambia es la cantidad de individuos a los que respresentan: ¿son de minoría o de mayorías? 
Pierre Bordieu, en su extenso y monumental libro La distinción, demuestra que el viejo concepto de clase no explica las situaciones actuales. Que la pertenencia a un sector social ligado a la dominación está definida por la distinción, entendida por la capacidad de diferenciación de un individuo respecto de la mayoría de los dominados. Cultura, consumo, representaciones simbólicas son parte de aquellos elementos que definen a un individuo dentro de la escala social, y no el dinero que se tenga. ¿Por qué pelean las clases media y alta argentinas? No por el dinero. Sino por la posibilidad de ser "distintos" en el marco de la sociedad. Y de qué manera cultivan esa distinción las clases medias argentinas: europeizándose, consumiendo productos extranjeros, viajando por el mundo. Esa es la forma en la cual se logran diferenciar de las mayorías que no acceden a esos beneficios. 
No estoy haciendo un juicio maniqueo. No está ni bien ni mal el proceso de distinción que eligen los sectores medios y altos para constituirse como tal. No utilizo la palabra "gorila" ni "tilingo" ni "cipayo". La situación es más compleja que el brulote desautorizador. Se trata del mecanismo con el cual fueron socializados desde su más tierna infancia. No son "culpables" de ese proceso en términos individuales; experimentan la vida de esa forma: para ellos el goce social está en la posibilidad de ser "distinguidos" escuchando discos de jazz importados, leyendo libros de arte moderno en francés, viajando a NYC para ir al MOMA y comiendo trufas traídas de contrabando de algún viajecito europeo. 
Para poder distinguirse, los sectores medios y altos necesitan de un aliado especial: el dólar barato. Así se entiende también el festival clientelista –¿populismo para pocos?– de la "plata dulce" durante la dictadura militar o de la "convertibilidad" que subyugó a esos sectores y obtuvo su complicidad en los momentos de mayor transferencia de ingresos de los sectores populares a los dominantes en la historia argentina. En aquellos momentos no sentían amenazada la República, no denunciaban a Videla de nazi, no se preocupaban por el tendal de pobres ni por el aumento de los índices de delincuencia durante el menemismo. Pero es lógico: los sectores sociales se movilizan en defensa de sus propios intereses. 
Hay que reflexionar seriamente sobre la demagogia utilizada por el liberalismo conservador para obtener el apoyo de los sectores medios. Porque mucho se habla de las políticas de gasto social cuando se trata de subsidios para muchos, pero nadie considera demagogia o clientelismo o populismo para pocos las medidas de abaratamiento del dólar a costa de destrozar la economía y sumir al país en deudas impagables.
Creo en mi opinión personal que las medidas para adquirir dólares en forma minoritaria son, al menos, incordiosas, sobre todo por los vaivenes y la poca claridad de las leyes de juego. También opino que en materia de salud no se puede jugar con la importación de medicamentos por los cuales se juega la vida de una persona. No es justificable por ningún tipo de déficit comercial que una persona aquejada por un cáncer no pueda ser atendida con drogas importadas. No es justificable ni es justo. Y obviamente, espero que se vayan corrigiendo con el tiempo.
El peronismo y el kirchnerismo significan un intento plebeyo –sucio, desordenado, a veces injusto– de igualación social. Tiene en el centro de su accionar una fuerte tracción homogeneizadora en términos políticos, económicos y culturales. Por eso no comprende a los sectores medios y sus deseos de "distinción". Ahora bien, el actual gobierno nacional puede hacer tres cosas: atender a esas demandas de diferenciación social directamente; hacer oídos sordos en términos públicos de esos reclamos pero redirigir incentivos sectoriales e individuales hacia las clases medias; o directamente no atender a esos reclamos y constituir un enemigo claro con el cual confrontar como lo viene haciendo desde la crisis de la 125. Cualquiera de las tres decisiones podrán tener sus saldos positivos: las primeras dos aplacarían un poco el malestar y el malhumor de esos sectores, pero obviamente no logrará reconciliarse con ellos. La tercera opción es inocua, por ahora, mientras esos sectores no logren "nacionalizar" sus reclamos, convertirlos en hegemónicos. ¿Por qué sería inocua? Sencillo, el kirchnerismo obtuvo en las últimas elecciones el 54 por ciento de los votos, una mayoría abrumadora que dejó boquiabierta a la oposición, y en esos guarismos no estaban contenidos los caceroleros. Bien podría el gobierno nacional prescindir de ellos (es cierto que una democracia nunca deja de atender los intereses de las minorías, pero no menos cierto es, también, que en el seno de esa misma minoría hay tendencias autoritarias muy difíciles de controlar, con un odio y un desprecio imposible de justificar). Pero quiero hacer una advertencia: las mayorías populares tienden a identificarse como clases medias y eso puede producir extrañas solidaridades policlasistas.
Una última cosa más: insistir en la mecánica de los caceroleros pareciera ser destituyente. El camino verdaderamente democrático es presentarse en las elecciones y superar el 15 por ciento de los votos con algún candidato que realmente no le dé pavura a las mayorías. Ser mayoría no es hacer ruido en las calles, es llenar las urnas con votos propios.
Ceterum censeo Carthaginem esse delendam (Por último, opino que Cartago debe ser destruida).  -<dl
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