
Por:
Alberto Dearriba
Pese al contenido variopinto del conglomerado cacerolero es fácil percibir la defensa a ultranza de las libertades individuales, por encima de cualquier consideración social, como también la reivindicación de los intereses de clase, a despecho de lo que ocurra en los estratos sociales más bajos.
La defensa de intereses individuales por encima de cualquier criterio solidario, aparece claramente en el rechazo a las restricciones cambiarias, que constituye el reclamo que engordó el último cacerolazo, ya que cuestiones como la inseguridad o la inflación, eran preexistentes a este reclamo y nunca se juntó tanta gente.
Adquirir dólares, no es precisamente una posibilidad para los sectores más desguarnecidos, ya que el problema central es allí alimentarse. Son los sectores medios y altos los que desde hace medio siglo se dedican a atesorar en moneda extranjera para protegerse de la inflación endémica que corroe al peso.
Las trabas cambiarias le ponen los pelos de punta a la clase media, pese a que el dólar no fue un buen negocio durante la era kirchenrista. Obviamente, los irrita también el encarecimiento de las compras en el exterior con tarjeta de crédito, o con dólares negros, ya que no pocos deben acudir para viajar a las cuevas cambiarias, porque eluden o evaden obligaciones impositivas y no pueden justificar sus ingresos.
En una economía de mercado, sin problemas de sector externo, poco tiene de "malo" atesorar o gastar divisas en el exterior. Pero cuando existe un cuello de botella generado centralmente por las restricciones que imponen la feroz crisis internacional y los pesados vencimientos de la deuda externa, ambas conductas de los individuos de clase media entran en contradicción con el interés general.
Para el gobierno, restringir la venta de dólares, los gastos en viajes y las importaciones, constituye un régimen de excepción para defender la producción nacional y el nivel de empleo. En cambio, los caceroleros perciben esas restricciones como un cercenamiento de sus libertades individuales.
Las pancartas y coros de los caceroleros en favor de la "libertad" resultan incongruentes en un país en el cual la expresión no tiene límites y la prensa se maneja dentro de los límites de las libertades burguesas. Si miles de personas pueden acompañar libremente manifestaciones en las que se tilda de "yegua" a la presidenta de la Nación, o se puede publicar un dibujo que representa a la jefa de Estado en un orgasmo, se hace difícil entender el reclamo con la palabra sagrada.
En realidad, la única libertad restringida en la Argentina es la de apostar contra el peso e importar productos que podrían ser producidos en el país, o que resultan superfluos en medio de la crisis. Son restricciones a la libertad de mercado y en favor del bien común, pero no un cercenamiento de libertades individuales. Se trata de decisiones políticas que se adoptan cuando las libertades de algunos atentan contra los intereses de muchos. En primer año de instrucción cívica básica, se enseña que el derecho de uno termina cuando empieza el del otro.
El desencuentro de la sociedad argentina acerca de lo que significa la "libertad", no es nuevo: este domingo se cumplen 57 años del golpe contra Juan Domingo Perón en 1955. La palabra convocante para usurpar las libertades y la justicia fue precisamente "libertad" y se llegó al extremo de calificar como dictadura a un gobierno democrático, en tanto se llamaba "Revolución Libertadora" a una dictadura militar.
La otra nueva demanda de los caceroleros es el rechazo a la re-reelección presidencial, que impulsan sectores oficialistas, sin que la presidenta haya abierto la boca en su favor. Más bien habló de un relevo inevitable.
Los caceroleros se aferran con fervor fetichista al inmovilismo constitucional, del mismo modo que radicales y conservadores defendieron históricamente el texto liberal de 1853. Pero apoyaron en cambio que la "Revolución Libertadora" derogara la Constitución de 1949, con los derechos sociales incorporados por el peronismo. Más recientemente, la derecha también fue reformista cuando se habilitó para un nuevo mandato a un presidente que garantizaba la libertad de mercado, es decir los negocios de la clase dominante, pese a que esas libertades implicaban cerrar industrias y generar desempleo. ¿Qué libertad era más importante? ¿La del mercado o la del trabajo?
En la porfía, se agita una vez más la cuestión de la libertad a ultranza como la entienden los sectores más acomodados, los liberales y los conservadores, frente al concepto de justicia social que impulsan los populismos y sectores de izquierda. En un extremo, se ubican quienes no aceptan limitación alguna a las libertades individuales, aun cuando impliquen un perjuicio para el bien común. En el otro, quienes prefieren ampliar y defender los derechos sociales de las grandes mayorías populares. Sobre todo, el de comer, trabajar, curarse y educar a sus hijos.
El Frente Gremial que nuclea a los principales sindicatos bonaerenses ratificó que la propuesta que recibieron fue insuficiente. "Hoy estamos más cerca del paro que del arreglo", afirmó Baradel. La ministra de Educación Nora de Lucía criticó la posición docente.







Argentina
El vínculo de los fondos buitre con los organizadores del 18-A
Argentina
Debido a su apuesta política, Moyano pierde cada vez más poder sindical
Cultura
"Hemos vuelto a formas del capitalismo salvaje del siglo XIX”
Argentina
Causa lavado: más revelaciones sobre las operaciones del denunciado JP Morgan
Sociedad
Sorpresa: el Metrobus tendrá dos túneles que no estaban en el plano original