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23 de Abril de 2014

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"Es una obra que está más allá de las críticas"

El actor cuenta con orgullo que estrena una versión del Final de partida de Beckett, con dirección de
Alfredo Alcón y en el Teatro San Martín.

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A veces, lo que motiva estar en una obra es el texto, su capacidad de interpelar un determinado momento, su resonancia. Otras, en cambio, su desafío actoral: el nivel de exigencia que puede llegar a implicar para el actor. Para Joaquín Furriel, en el caso de Final de partida, la emblemática obra de Samuel Beckett que esta semana estrena en el Teatro San Martín, no se trata de una cosa ni de la otra. O mejor dicho: se trata de ambas cosas, pero supeditadas a una tercera: la figura de Alfredo Alcón.
"No hay dudas de que Final de partida es una de las obras más importantes del teatro contemporáneo, por lo que significa a nivel dramático y por lo que le dice a la sociedad. Pero antes de todo está el vínculo con Alfredo Alcón, una relación que nació cuando hicimos juntos Rey Lear y nos llevamos muy bien", remarca Furriel. Y cuenta que, desde entonces, tenían ganas de repetir la experiencia, aunque no encontraban el momento. "Por suerte, con Final de partida, pudimos reencontrarnos sobre el escenario y encima con Alfredo también en la dirección."

–¿Entonces todos los caminos conducen a Alcón?
–Sí. Todos los caminos conducen a Alfredo. O mejor: empiezan con Alfredo. Porque es un faro. Por eso, para mí, primero está haber podido compartir escena con él, ser dirigido por él, y recién después todo lo demás: que el texto sea de Beckett, que la obra se lleve adelante en la sala Casa Cubierta, y que Final de partida es un clásico contemporáneo.
Con reminiscencias de El Rey Lear de Shakespeare y el Libro de Job de la Biblia, Final de partida propone la convivencia obligada de cuatro personajes (Ham, un viejo amo que está ciego; Clov, su sirviente; y Nagg y Nell, los padres de Ham, sin piernas) en un "espacio cerrado, gris y asfixiante, en un mundo deshabitado". Según describe Furriel: "Para mí, la obra nos permite imaginar un mundo donde no existe la moralidad ni la religión ni ningún tipo de convención social que te contenga. Una texto donde los personajes está arrojados a la intemperie de un búnker y todo lo que lo rodea es gris: las olas son de plomo, el tiempo se detuvo, no hay sol ni hay vida."

–¿En qué aspectos la obra le habla a este tiempo que vivimos?
–Dice muchas cosas. Beckett la escribió por la posguerra, pero hoy podría aplicarse para el poscapitalismo, donde todo se ve muy desmadrado. Creo que Final de partida aporta una luz muy oscura a estos días que vivimos, pero porque la vida también tiene esa oscuridad. Beckett indaga sobre la finitud de la especie, los vínculos y los temas universales. Pero su literatura es muy desgarrada y al mismo tiempo no hay nada subrayado, no levanta el dedo en ningún momento. Es muy sutil su manera de escribir, al punto de que te genera angustia al leerla, aunque nunca hable de la angustia.

Para Furriel, si se observa el inicio de la especie humana, se encuentra que "se ha avanzado muchísimo, pero que, también, hemos creado muchas cosas muy vergonzantes". Y se explaya: "El mundo que vivimos hoy está claramente lejos de un lugar donde se valora la persona, lo humano. Sigue importando más el tener. El mundo del cual Beckett habla es un mundo lleno de violencia y de amor al mismo tiempo, y las contradicciones que tenemos por nuestro propio miedo a la muerte."
Pero la gran jugada del autor irlandés sería haber sustraído de la ecuación a Dios: "En el drama de Beckett no hay Dios, y eso hay que bancárselo porque implica saber que todo se termina acá. Y también algunas preguntas incómodas, como ser: '¿Qué fue lo mejor que hicimos por estar acá?' Porque en alguna religión uno podría decir no importa lo que hiciste hasta ahora porque lo que importa es lo que viene después. Pero Beckett es una biblia al revés, un texto sagrado opuesto; termina armando una especie de testamento de lo real donde la vida es tan fugaz y todo lo que ocurre es tan cíclico que lleva a preguntarse para qué armamos toda esta parafernalia, en su momento la Segunda Guerra Mundial y ahora la gran crisis global. ¿Todo para morirnos igual; algunos con más, otros con menos; algunos que destruyeron el mundo, otros que trataron de salvarlo? A mí, Final de partida, me hace acordar a Ensayos sobre la ceguera de Saramago y a La carretera de Cormac McCarthy, autores que llevan la humanidad a un extremo donde tienen que aparecer nuevos valores. Y Beckett juega a eso, a arrojar los personajes al peor contexto para ver cómo se comportan.

–A nivel actoral, ¿qué desafíos te planteó?
–Es extraño porque ya estamos por estrenar y no siento un desafío como otras veces. No es convencional la obra, no es convencional el proyecto, no es convencional cómo la concibió Alfredo Alcón, y tampoco es convencional cómo surgió, porque nació de tomar cafés con Alfredo. Siento que es una obra que está más allá de las críticas, de si viene más o menos gente. Entonces desafío no es un palabra que se aplique. Yo sentí un desafío cuando hice Segismundo, La vida es sueño o cuando hicimos Lluvia constante con De la Serna. Pero acá lo que siento es que no es un desafío sino una experiencia de aprendizaje, un posgrado. Muchas veces uno dice: 'Voy a hacer esta obra porque el personaje tiene tal desafío y acá Beckett te invita a todo lo contrario: a una expresión muy íntima, muy austera, muy precisa y si él arroja los personajes a esa zona despojo, y como actor tenés que bancarte estar en ese lugar. Lo bueno es que ese aparente vacío que delimita Beckett permite que el espectador ponga su propio contenido también.
–¿Cómo describirías este momento de tu carrera?
–Es difícil poder verlo en este momento. Estoy por estrenar Final de partida, y estoy filmando Un paraíso para los malditos, de Alejandro Montiel. Esa es la realidad que me toca hoy. Pero sí siento que quizás, mirando a la distancia, siento que hasta los 23 años fue una etapa de formación: estuve en el conservatorio, egresé y tuve hermosas experiencias en esos años; de los 23 a los 30 fue una etapa de inserción laboral donde hubo momentos donde no sabía cómo era el sistema de trabajo y me perdí. Hice de todo y necesité que mi prioridad fuera no vivir de otra cosa que no fuera la actuación y el dinero ocupó un espacio preponderante. Entonces, después de Lluvia constante, que fue una obra comercialmente exitosa, no quise seguir con esa racha. Me dieron ganas de aprovechar que me había ido bien y poder hacer lo que quisiera. Y lo que quise fue esto: Final de partida. Tal vez esta sensación de libertad e independencia que siento hoy y que fue lo que siempre deseé cuando me tomaba el tren eléctrico para poder venir al conservatorio: yo no quería adaptarme al medio y a lo que aparentemente uno tiene que hacer. Yo quería, dentro de eso, encontrar mi propia personalidad. Y hoy, cuando veo el recorrido que hice hasta ahora, siento que de algún modo lo pude hacer. «

 

 

 

conflicto en la sala alberdi del centro cultural gral. san martín

Política y cultura. La toma de la Sala Alberdi y su posterior represión por parte de la policía metropolitana agravó el conflicto por el espacio cultural amenazado que mantuvo durante 80 días a cuatro personas ocupando el lugar.
"No estoy informado para opinar con profundidad. Pero por los mails que me mandan los chicos de la Sala Alberdi parece que hay un grupo que tiene muy claro lo que pide y después hay gente que se suma y confunde lo que piden estos chicos. Eso da el pie para que la policía reprima de manera exacerbada y se desmadre el asunto", dice Furriel.
"Viéndolo de afuera –agrega el actor– lo primero que puedo decir es que la primera responsable es la directora del Centro Cultural San Martín. Porque para llegar a que te tomen la sala y que tuviese que reprimir la policía es porque previamente no supiste resolverlo políticamente. Llegado a este punto, claramente tiene que haber otro director con otra visión y que resuelva el conflicto. Porque en definitiva, acá, lo que falló, fue la política, de las dos partes".
Un conflicto que también abarca al Teatro: "El Centro Cultural no visibiliza tanto como el San Martín, pero en el mismo Teatro las cosas no están bien. Mi primera obra la hice hace 12 años. Y desde ahí hasta ahora, todo ha empeorado. No hubo una sola gestión que haya estado a la altura del teatro. Cada vez se terceriza más y los presupuestos son más bajos y el responsable no es sólo Hernán Lombardi (actual ministro de Cultura de la Ciudad) porque ninguno de los que estuvieron antes hizo las cosas mejor que él".
El actor extiende sus críticas más allá: "Ni Nación, ni Ciudad ni Provincia están tomando cartas en el asunto. En el Cervantes hace seis años que están los andamios en la puerta y nunca veo que estén haciendo un carajo con esos andamios. Y en la provincia tampoco, porque el Teatro Argentino en La Plata también está muy mal. Interesa más un concierto multitudinario en la Nación o grandes espectáculos en la calle, el Festival de Tango, que lo que tiene que ver con la gestión cultural o qué lugar tiene el teatro en la sociedad".
 

 

 

primera experiencia en el cine

Al mismo tiempo que los ensayos por Final de partida, Joaquín Furriel se encuentra en pleno proceso de grabación de Un paraíso para los malditos, una película de Alejandro Montiel que también cuenta con Alejandro Urdipalleta y Maricel Álvarez.
"Se va a estrenar en septiembre. Y estoy muy entusiasmado. Me encantó el guión que escribió Montiel y la producción es excelente. Es mi primera experiencia en cine, la vivo así, y tengo un personaje muy atractivo para hacer: silencioso y con muchos misterios e incógnitas. Tengo una gran expectativa."

 

 

 

El boxeo y el Turco

Un personaje exitoso. Sos mi hombre, la telenovela que desde el año pasado protagonizan Luciano Castro y Celeste Cid, tuvo a Joaquín Furriel en un papel provisorio que terminó impactando más fuerte de lo previsto. "Fue a partir de un pedido de Adrián Suar, que acepté porque me daba la posibilidad de componer lo que quisiera, porque era entrar y salir; no tenía un mayor compromiso que ése. Armé dupla con Esteban Lamothe, un actor que siempre respeté y admiré, y la pasamos muy bien. Por otro lado, me pareció divertido hacer algo que no había hecho nunca, como aprender boxeo. Y me puse a trabajar seriamente para componer al Turco Nasif. Un personaje que pegó mucho en la gente: le gustaba a los chicos, a los tipos, a las mujeres. Me divertí mucho haciéndolo. Fue un trabajo para muy creativo para mí.

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