Los últimos momentos del líder guerrillero

La muerte del Che y las fotos perdidas

 Fueron tomadas y guardadas en secreto durante 40 años por el Servicio de Inteligencia Militar del Estado Mayor boliviano.

La muerte del Che y las fotos perdidas

 El 8 de octubre de 1967 Ernesto "Che" Guevara es herido y apresado por los rangers bolivianos entrenados por los "boinas verdes" estadounidenses. El capitán Gary Prado, el jefe del batallón, lo conduce hasta el pequeño poblado de La Higuera, donde es encerrado en su escuelita, junto con Willy Cuba, un valiente guerrillero boliviano que prefirió permanecer junto al Che en vez de intentar el escape. No tardará en llegar la orden de La Paz: el Che debe ser asesinado. Quien se encargará de dicha tarea es el sargento Mario Terán, elegido al azar por el coronel Zenteno entre los siete suboficiales presentes.

Federico Arana Serrudo era, en aquel octubre de 1967, jefe de la G2, Inteligencia Militar del Estado Mayor boliviano. Casi 40 años después, se conocieron en Colombia, en un círculo reducido, estas fotografías que estuvieron en su poder a lo largo de los años transcurridos desde la tragedia de La Higuera. Son documentos de inmenso valor historiográfico. 
Dos de ellas muestran al Che vivo, dentro de la escuelita. En una de ellas se lo ve casi de perfil sentado con las manos atadas. La otra nos da un impresionantemente nítido primer plano de su rostro que conmueve por la expresión de serena intensidad en quien ya se sabía condenado en los minutos siguientes. Otras tres fotos, lamentablemente oscuras, lo muestran desangrándose sobre el piso, pocos segundos después de su muerte, junto a uniformados con fusiles en sus manos. Una de ellas parecería reflejar el momento del tiro de gracia, quizás a cargo de Terán, su verdugo. Otra de las fotos, en un dramático primer plano, refleja la expresión de Guevara luego de ser ametrallado, que nos interroga acerca de su milagrosa conversión en el maravilloso rostro del "Cristo yacente" en la lavandería de Vallegrande. Es muy interesante también aquella en la que aparece sobre una camilla con los ojos cerrados, confirmando que fue el viento del trecho aéreo entre La Higuera y Vallegrande quien se los abrió y fijó esa mirada que inmortalizó el fotógrafo Freddy Alborta. Por fin está también documentado el cadáver de Guevara atado al patín del helicóptero.
¿Cómo llegaron dichas fotos a poder de Arana? En el helicóptero que llevó de Vallegrande a La Higuera al coronel Joaquín Zenteno Anaya, comandante de la 8ª División, cabían sólo tres personas. Zenteno decidió dejar en tierra al jefe de Inteligencia de su división, el coronel Arnaldo Saucedo Parada, y en su lugar embarcó al agente de la CIA, Félix Rodríguez, escudado en la falsa identidad de capitán del ejército boliviano "Félix Ramos", quien tendría una activa participación en la muerte del revolucionario argentino. Saucedo encarga entonces al piloto, mayor Niño de Guzmán, que tome fotos del Che vivo y para eso le entrega su cámara. 
En su libro Shadow Warrior (Guerrero de la sombra) Rodríguez contará que abrió al máximo el objetivo de dicha cámara para velar sus fotos y para  que fueran sólo las suyas, es decir las de la CIA, las que dieran cuenta de lo que allí sucedía. Pero el piloto llevaba consigo una cámara personal con la que tomó algunas fotografías, que son las que hoy reproducimos. 
Advertido, Félix Rodríguez exige al coronel Zenteno que decomise dicho material. Siguiendo la línea jerárquica el rollo sin revelar va a parar al general Ovando, comandante en jefe del Ejército boliviano, quien luego lo depositará en las oficinas de Arana Serrudo en La Paz. Allí yacerán a la sombra de alguna caja fuerte durante casi 40 años. «
 
"nace argentino y muere argentino"
 
 A 45 años del asesinato de Ernesto "Che" Guevara en la localidad boliviana de La Higuera, se reeditó la biografía que escribió el historiador Mario Pacho O'Donell sobre la vida, la obra y la figura del revolucionario rosarino. Publicado originalmente en el 2003, Che: el argentino que quiso cambiar el mundo, vuelve a aparecer en todas las librerías del país con la misma originalidad que lo caracterizó en su momento y que lo vuelve una crónica histórica imprescindible sobre Guevara. Es que el libro se adentra, sobre todo, en el vínculo esencial del guerrillero con la Argentina mientras retrata aquellos tormentosos días finales en la selva boliviana.
 Fruto de una larga e intensa labor de su autor, el escrito cuenta con diversos testimonios y entrevistas obtenidas alrededor del mundo durante los casi dos años que duró el proceso de investigación y escritura. Si bien la vida de Guevara fue narrada en otras biografías insoslayables como la que realizó John Lee Anderson (Una vida revolucionaria), justamente esta obra comparte con muchas otras el desinterés por reparar en los años argentinos del Che y la conexión que ese primer tramo de su derrotero pudo tener con su última aventura en el trópico boliviano.
 Según lo explicó recientemente el propio O'Donell: "Considero a Anderson un excelente escritor, pero lo cierto es que se pasó casi cuatro años en La Habana para investigar el libro, y apenas un mes en Argentina y Bolivia." De rescatar el ser y el sentir argentino del Che, de eso se trata según O'Donell, quien, contundente, recuerda: "El Che nace argentino y muere argentino, y esto no es patoterismo nacional. Cuando él le deja la carta de despedida a Fidel, renuncia a los cargos, renuncia a los honores, y renuncia a la nacionalidad cubana."