ANDRÉS NEUMAN

Crónicas urgentes de un viajero absoluto

Cómo viajar sin ver es un experimento literario: contar el vertiginoso recorrido por 20 países en seis meses. Reflexiones de un escritor que hizo de los aeropuertos un hogar.

Previsiblemente, Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) admira a Lionel Messi. Resulta incierto saber si el futbolista conoce a Neuman, pero no es descabellada la hipótesis de que así suceda y la admiración se haga recíproca. Ocurre que a pesar de la década que los diferencia, hay similitudes biográficas evidentes entre ambos. Los dos llegaron a España de la mano de sus padres con 14 años, y allí se formaron, hicieron su "educación sentimental" y asentaron sus carreras profesionales, ambas sumamente exitosas. En el caso de Neuman, su primera novela, Bariloche, fue finalista del Premio Anagrama en 1999 (con apenas 22 años) y en 2009 se llevó el Alfaguara, uno de los más prestigiosos y sustanciosos en lo que hace a recompensa económica. No obstante la identificación más que natural de Messi con Barcelona y de Neuman con Granada, sus ciudades de adopción, los dos sienten con igual intensidad la tierra natal, lo que Neuman expresó con claridad en su novela Una vez Argentina, pero también en relatos, aforismos y poemas.
El premio Alfaguara por El viajero del siglo trajo aparejada una gira promocional de seis meses por 20 países de América Latina. Pero Neuman, en vez de posar de escritor durante ese tiempo, resolvió algo poco frecuente en la profesión: escribir a partir de la observación por ese campo que le es propio y ajeno.
La velocidad a la que se vio obligado a viajar propició un experimento literario muy interesante, porque necesariamente debía echar mano a todas las formas breves que ofrece la literatura: el aforismo, el microrrelato, el poema, el dietario... El resultado es Cómo viajar sin ver, obra que tiene tres líneas fundamentales. Una es la comparación entre países de Latinoamérica, una visión política, literaria y cultural. Otra, la reflexión sobre cómo viajamos hoy, cómo viajamos sin ver. Y la tercera sería una suerte de pequeños replanteamientos sobre lo que implica la globalización, y hasta qué punto no resulta tan uniformadora como se la suele vender.
   
-En buena medida, Cómo viajar sin ver es una consecuencia de El viajero del siglo. ¿Deben verse como libros opuestos o complementarios?
-Pienso que complementarios, más allá de que un libro sea de ficción y el otro no. Traté de que los dos abarcaran todos los espectros de la posibilidad del viaje. En realidad esos registros están en la propia novela, en el sentido de que la mayor tensión respecto del viaje está siempre en el lugar al que llega el personaje. Mi personaje, Hans, es el viajero del siglo, porque se supone que estuvo en todas partes y habla o finge hablar todas las lenguas. Es una suerte de Google Map hecho carne, y por eso transporta un arcón donde están todos los libros, todos los viajes. Este tipo se ve sometido a una suerte de inquietud desesperante, una especie de Castillo kafkiano invertido del cual no puede salir. ¿Qué le pasa al hombre más nómade del mundo en el lugar más sedentario de la Tierra? Y a la vez es un viaje en sí mismo, dado que ese lugar del que no se puede salir, se mueve, sus calles mutan, como si fuera una de las ciudades invisibles de Calvino. Es un laberinto hecho ciudad y por lo tanto no se puede abandonar. Por eso pienso en El viajero del siglo como una meditación sobre lo que es viajar, hasta qué punto nos movemos, si los movimientos físicos y los imaginarios no se complementan, e incluso a veces no se contradicen.
-¿Resultó difícil ese viaje sedentario que significó la novela?
-Sí, el proceso de escritura fue dificilísimo. Yo tenía alguna curiosidad por pasar por una experiencia de escritura decimonónica en el lenguaje. El proyecto no pasaba por escribir en clave posmoderna todos los gestos de una historia de amor a lo Stendhal o a lo Flaubert, sino recuperar el sentido decimonónico en cuanto a la metodología. Nunca había hecho una novela con tanta preparación, que me llevara años tomar nota sobre los personajes, de convivir con ellos antes de escribir una palabra. Ser posmoderno no es ni bueno ni malo, soy tan posmoderno como cualquiera, pero me cansa un poco el ejercicio de escritura posmoderna: ese gesto donde aparentemente lo único que importa es cierta idea de frescura, minimalista, cool. Eso me agota. Yo tenía ganas de "sufrir" un poco más, y a partir de allí me dediqué a toda la investigación histórica, lo cual me aterrorizaba. El proceso de escritura demandó casi seis años y fue doloroso, no sólo por lo que implicó el hecho en sí, sino también porque durante ese período mi madre enfermó y murió. Al concluir la novela sentí una doble orfandad, que me costó superar. No pensaba enviarla al premio, porque no la veía capaz de participar en un certamen de esta naturaleza, y quizá por ello el primer sorprendido fui yo.
-¿Y cómo surgió la idea de este libro /viaje complementario?
-Cuando la editorial me pautó lo que iría a ser la gira promocional, me asusté. No por los viajes, ni por los aviones, ni por los hoteles, que adoro, sino porque en seis meses me vería impedido de lo que más me gusta hacer y resulta consustancial con mi oficio de escritor: precisamente, escribir. Me preparé para realizar una radiografía del presente del continente, una teoría del viaje contemporáneo, y una antología accidentada de la literatura y el cine de Latinoamérica para dar claves sobre cada país. Traté de dar cuenta del aquí y ahora y no llevar cámara de fotos para contar rápidamente en palabras lo que iba viendo, escuchando o leyendo. Sabía de antemano que me encontraría con los tan mentados no lugares, y también allí me pareció que tenía una oportunidad para realizar una mirada que intentase dar una respuesta política: no es lo mismo un shopping de Santiago de Chile que otro de El Salvador, por no hablar de los aeropuertos.
-A los que parece asignarles el lugar de un espacio ritual.
-Creo que subestimamos a los aeropuertos. Si pudiéramos transportarnos inmediatamente de un lugar a otro, chasqueando los dedos, lo haríamos, pero sería un error, porque precisamente la función de los lugares de espera es iniciar el ritual del tránsito. Cambiamos de estado antes de cambiar de lugar y eso es una experiencia espiritual. Los aeropuertos están  llenos de liturgias. Ahí se da otra admirable paradoja: son lugares diseñados para acortar los tiempos (el de los viajes, fundamentalmente), pero a la vez resultan propicios para perderlo. En ningún otro sitio se pierde más el tiempo que en los aeropuertos, y ahí te vas dando cuenta de las diferencias humanas, culturales y políticas que existen en cada uno de ellos. Un aeropuerto es el escenario de todos los pánicos y alarmismos de nuestra sociedad y además son lugares muy políticos. El aeropuerto está lleno de metáforas, es una especie de aleph del mundo.
-A pesar de las diferencias entre las aparentes simetrías de los "no lugares", hubo tres coyunturas que le acompañaron todo el viaje.
-En efecto, fueron tres constantes narrativas que me siguieron a lo largo de todo el periplo: las alertas sanitarias por la Gripe A, los festejos de los Bicentenarios por la independencia y el golpe de Estado en Honduras, que según en qué país, se contaba de una manera u otra. En realidad, los tres hechos adquirían dimensiones diferentes de acuerdo al lugar, aunque combinados los elementos ("festejos patrios más epidemia que deriva en golpe de Estado") dan como resultado una metáfora inquietante.
-Y de acuerdo a los caprichos biográficos que le son propios, ¿cómo fue el proceso de observación de Buenos Aires?
-Muy particular y bizarro, como me suele suceder. Y en verdad ya comenzó en Madrid: cuando una funcionaria me preguntó: "¿Es usted español o extranjero?", lo que más inmediatamente se me ocurrió responder fue: "No lo sé." Ella se alejó ofendida, pero hubiese querido explicarle que estaba siendo completamente honesto. Al llegar a Ezeiza, saqué mi pasaporte español -no tengo el argentino- y estuve algunos minutos pensando en qué fila ubicarme para hacer los trámites migratorios: ¿argentino o extranjero? Y aun cuando me resolví por la decisión que creí correcta, sentía cierta incomodidad; no importaba donde estuviera, había algo de impostura. Lo mismo me ocurre con los adverbios: me paso confundiendo el aquí y allí. Esa percepción de doble nacionalidad, de doble extranjería me ha acompañado siempre. No puedo evitar regresar a Latinoamérica con cierta visión española, pero tampoco he podido vivir en España sin una cierta visión latina.
-¿Y cuál fue el país que lo recibió?
-Esa sensación de extrañeza se vio potenciada por otros hechos. Llegué en plenas elecciones legislativas, terminaba el campeonato de fútbol que disputaron Vélez y Huracán, y por supuesto, la paranoia por la Gripe A, que estaba en su apogeo. Todo eso daba como resultado un clima de tensiones permanentes increíble, extraño, incierto. El tema de la pandemia, si bien me acompañó por toda América Latina y luego también a mi regreso a España, en ningún otro sitio lo he visto reflejado con el grado de locura que me tocó atestiguar en la Argentina. Como nos es propio, en seguida salió a relucir la teoría conspirativa apocalíptica: cualquier cosa que sucede en este país parece estar diseñada por una mente macabra capaz de elaborar el plan más siniestro; incluso una persona cercana a quien tenía por seria llegó a decirme que la epidemia se trataba de un calculado plan del gobierno para eliminar gente. Una verdadera insensatez...
-Lo curioso es que su viaje no sólo se manifestó en el espacio, sino también en el tiempo. Muchas de estas cosas, y otras de las que da cuenta en el libro, no sólo ya no son así sino que parecen muy lejanas. Y todo lo que narra sucedió en 2009. Es como si estuviéramos obligados a vivir una suerte de presente continuo...
-No sé si tiene que ver estrictamente con el presente... El presente es hoy, y está muy bien vivirlo de la mejor manera. Es muy importante, porque vivir bien el presente implica una reflexión profunda sobre el pasado y prever adecuadamente el futuro. En la Argentina lo que se da más es una sensación de... actualidad. Todo parece estar signado por una actualidad imperiosa e inmediata. Durante el menemismo se aceptaba con la mayor naturalidad el absurdo de que formábamos parte del Primer Mundo o que la convertibilidad nos daba otro estatus, porque se suponía que eso formaba parte de "lo actual". Y en esta percepción mucho tienen que ver los medios de comunicación, aunque su responsabilidad no es exclusiva. Las noticias se preocupan de la actualidad y la ficción del presente. La actualidad es una máquina de fabricar y eliminar pasado -que no permanece en el análisis-, mientras el presente es el punto intermedio entre pasado y futuro, teniendo en cuenta los dos. Lo que he podido comprobar con claridad en este viaje es que los medios son la mejor manera de desconocer un país, ya que por intereses que les son propios o por falta de libertad, las noticias son una fábrica de espejismos, mientras la ficción crea personajes que reflejan y profundizan el dilema del país. Por otra parte, hay países que refuerzan hasta límites insólitos su propia caricatura y en otras ocasiones la caricatura se cae al suelo en cuanto aterrizás. Hay de todo, pero cada país es una mezcla de refutación y elogio de sus propios tópicos. Y la Argentina no es una excepción.
-Kavafis no estaba tan errado cuando decía que "Ítaca es ir a Ítaca". El tema no es tanto llegar, sino el retorno. ¿Qué imagen final pudo figurar ese retorno?
-En efecto, la vida es un viaje hacia la muerte. Si lo importante fuera la llegada sería mejor pegarse un tiro; vivir es esperar la muerte y si la vida es espera y no queremos llegar al destino, todavía me pregunto por qué viajamos con la desesperación de llegar. Durante un tiempo, los medios de comunicación y transporte contemporáneos nos llevaron a creer equivocadamente que lo de menos era ir, que lo importante era llegar. Hubo un momento en el siglo XX en el que la humanidad asimiló el espejismo de que ya se podía ir casi de inmediato a cualquier parte, los coches, el avión, el AVE (tren de alta velocidad español) nos hicieron pensar equivocadamente que el tránsito es lo de menos... Lo más interesante nos sucede mientras vamos. El libro es la extensión permanente de este mientras.
-Y en ese "mientras", ¿qué lectura pudo hacer de América Latina?
-Un continente en constante transformación, que no para de mutar. Esta modalidad cambiante de ir viajando se parecía mucho a la historia totalmente acelerada de la propia Latinoamérica. Por otra parte, para bien y para mal -aunque creo que más para bien-, la Argentina ya no puede explicarse por fuera del contexto latinoamericano: nadie puede seguir creyendo seriamente que somos esa cuña francesa incrustada en el fin del mundo. Hay una identidad que parece estar viva con toda plenitud. Eso no quita que haya diferencias: los taxistas de Buenos Aires siempre están listos para lanzar su propia teoría política, en tanto que para los de La Paz, de rasgos aindiados, la conversación siempre fluirá por otros cauces, sobre todo si son los días del Bicentenario. Ahora, superado ese ejercicio delirante de escribir un libro en 20 países distintos, lo que me gustaría es inventar un país desde la mesa de trabajo en mi casa. <