| Ciudad de Buenos Aires |
![]() |
T: 25 °C
H: 79 % Despejado |
Viento: N, 7.4 km/h |
| Ciudad de Buenos Aires |
![]() |
T: 25 °C
H: 79 % Despejado |
Viento: N, 7.4 km/h |
Desde temprano, un sábado soleado de agosto, la plaza del barrio es habitada por defensores de la memoria. Se “baja” la corriente para enchufar los equipos, se conectan los parlantes y una música cumbiera bajita da inicio a la jornada. Se habla de un caso testigo que revela hacia dónde se dirige la violencia policial. Es que se cumple un año y medio de la desaparición de Luciano Arruga, adolescente de 16 años de quien nada se sabe desde el 31 de enero de 2009, cuando fue interceptado por la Policía Bonaerense en Lomas del Mirador. Cerca, amenazante, la Comisaría 8ª que fue uno de centros clandestinos de detención y torturas de la Policía, al que llamaban Sheraton, dirigido por Leopoldo Baume, responsable de la desaparición, entre otros, de Héctor Oesterheld, autor de El Eternauta.
Los que están en la plaza usan la radio como medio de interpelación. Vanesa Orieta es la hermana de Luciano. Toma el micrófono y cuenta: “Hay pruebas bastante contundentes contra ocho de los policías, pero ninguno está preso ni procesado, siguen trabajando como si no hubiera pasado nada.” Y pregunta a todos en la plaza: “Si los policías siguen en funciones, ¿puedo pretender que mi hermano aparezca?.” La radio abierta amplifica su voz. El reclamo sobrevuela el asentamiento 12 de octubre, frente a la plaza República Argentina. Todos lo llaman “La 12 de octubre”, porque es una pequeña villa, con pasillos angostos y casas que desafían el equilibrio. Al fondo, la calle divide clases sociales. Enfrente: chalets y casas, con jardines, enrejadas, alguna que otra 4x4.
En una esquina del asentamiento está la casa de Mónica Alegre, la mamá de Luciano Arruga. La casa es chiquita pero entran todos. Allí, varias veces por semana, se brinda apoyo escolar para los pibes del barrio. Mónica vive con sus dos hijos, Mauro y Mario, que participan desde hace unos meses en el taller de Radio coordinado por el Colectivo de Comunicación DocSur que integra un espacio donde diversas organizaciones trabajan por y con el barrio generando espacios de educación, formación y actividades.
Ezequiel, integrante de DocSur, pasó apurado los últimos días grabando spots y micros para la radio abierta en la plaza: “Todo se activa cuando hay una jornada, un lugar a donde ir y otros que escuchan. Sino, por ahora, es difícil sistematizar los encuentros”, confiesa. “Llegamos aquí por Luciano. Él, sin saberlo, nos juntó.”
Como sus hermanos, con fama de buen chico, tranquilo, sin antecedente alguno, Luciano era candidato en cualquier cásting del rubro delictivo. Para los contratantes, a los 16 años los chicos son fáciles de sacar de la cárcel y, por inexperiencia, más controlables. Los empleadores han sido y son la policía de Lomas del Mirador y de otros barrios de La Matanza. “Pero vos sos un gil, podrías vestirte bien, andar con ropa de primera, con las mejores zapatillas.” Contaron los amigos que le dijo el policía a Luciano. Y todo se grabó, para que todos escuchen.
Mariano tiene 23 años y coordina también el taller que da vida a la radio. Pertenece al Colectivo de Comunicación DocSur, esta cerca de culminar la carrera de Comunicación Social en la Universidad Nacional de La Matanza, pero aclara que para lo puesto en práctica en este proyecto poco le sirvió: “La tendencia es a formar comunicadores acríticos, listos para encajar en la lógica de la empresa mediática”, lanza. Acerca de la radio en La 12 explica que “la idea es que los mismos chicos del barrio, los mismos vecinos, tomen la palabra. Romper con la idea de que el periodista es el que tiene el conocimiento, y que viene a preguntar y develar una trama. Que ellos sean los protagonistas de esta historia y poder denunciar algo que esta muy latente, que es la represión policial. Desde los 13 o 14 años, los chicos lo cuentan. La presencia policial constante, amenazadora. Esto no es ajeno a ninguno de los vecinos. A nivel técnico –continúa– tratamos de compartir conocimientos para que puedan editar audios, cortar, unir, hacer síntesis de testimonios. También a instalar un micrófono, a trabajar con un equipo de audio. Lo mínimo como para que ellos mismos puedan trabajar su expresión a través de la radio. La idea y el norte es tener con el tiempo un estudio propio, un espacio físico donde puedan estar cómodos, con equipo y que los jóvenes también se apropien de ese espacio. Lo tomen como algo propio. No algo que desde afuera viene a dárseles, con una idea clientelista.”
Un futuro, un sueño… Maurito Arruga apenas recibe entre sus manos el grabador comienza a hablar como Víctor Hugo Morales, sin pausa: “¿Qué es la radio? ¿Para que queremos la radio? ¿Qué pensás de la radio?”, pregunta. “¿Cómo puede pasar tantas veces el patrullero por lo de Mónica si estamos haciendo cuentas de multiplicar nomás?”, dice uno de los maestros que ayuda con el apoyo escolar. “Me gusta aprender a dividir, a multiplicar, siento que me cuidan y me tratan bien”, le contesta Ludmila para una encuesta que pasarán por la radio. Cada palabra que sale por los parlantes tiene su historia.
La radio sueña con un espacio físico, equipos, una antena, transmisor. Por ahora es palabras y música amplificada, en la plaza República Argentina. Unos cd con grabaciones se pasan de mano en mano. Es la forma de difundir por ahora. Todo sale “al aire” en esta tarde de agosto y, como antídoto, cobra vida una experiencia de comunicación para las cosas puedan ser dichas en voz alta y escuchadas por muchos. <