Tiempo Argentino

Edición: 17 de Mayo de 2012 | Ediciones Anteriores

17 de Mayo de 2012

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Clásico con otro dueño

muy luchado. San Lorenzo se puso el overol y maniató a un Racing más vistoso. Arrancó ganando, se bancó el empate de Lugüercio y sobre el final desniveló con un testazo del lungo Balsas. La Academia había estado más cerca.

Por:
Nicolás Zuberman

Guille Pereyra se levantaba el pelo, raro festejo nuevo. Volvía de convertir su gol y le hizo una seña a Ramón Díaz. Habían pasado apenas 21 minutos, con el Ciclón centralizando su trabajo en el eje Chaco Torres y en aquel pibe que el Pelado llevó a la Primera de River y ahora fue a buscar para que le trabajara un medio juego, para que ordenara y le diera limpieza. Placente debía hacer surcos por izquierda y Luna arar el terreno por derecha. Pressing en la línea media. Menseguez clavando diagonales y el uruguayo Balsas poniendo su altura a servicio Nada extraño. Un Falcon.
Racing venía puntero. El arranque arriba le había dado ínfulas a Russo. La victoria en la Boca le ratificó  la aspiración. Nada extraño tampoco. Pero sí una osadía que se nota en cómo se para el equipo en la cancha y un respeto por la pelota que pasa por el aroma a fútbol café de Giovanni. No había pasado un cuarto de hora cuando el colombiano Moreno, en tres cuartos, a metros de la media luna inventó un caño delicioso, en medio de muslos tensos y las raspaduras sin pudor con que hostigaba todo el Ciclón, al rival que manejara la pelota. Lugüercio trató de evitar ese berenjenal y se plantó unos pasos más atrás, casi como un volante, y uno de sus objetivos era frenar los lances de Placente. Lo perdió una vez y fue gol adversario. Pero el Payaso no tiene más culpa que eso. Por lo demás sumó en un sentido de toqueteo con vértigo que intentó la Academia. Un toqueteo que acababa en los pies rivales, o en algún remate desde lejos. De situaciones comprometidas para Albil, ni hablar.
Entonces, a partir del 1-0, todo se le fue simplificando a Ramón Díaz. Ya no necesitaba mandar a sus volantes a sacrificarse tan adelante. Esos 20 metros que ganaba les daba resto de aires y les cerraba caminos a la gente de Russo. Caminos y espacios. Moreno intentaba encontrarlos, pero para eso debía escapar del embudo que le proponía el Ciclón. Ese proyecto defensivo sencillo, ordenado, fibroso, que cada vez estaba más asentado, más sólido. Era una señal para Russo, que gesticulaba y no le encontraba la vuelta. Incluso unos minutos antes de cerrar el primer tiempo, habló con sus colaboradores: parecía que se vendrían cambios. No los hubo.
 
CHISTE. El que cambió fue Ramón. Pero el que se equivocó fue uno de los suyos. Luna quiso amasar la pelota. Eso esa para los rivales.  La perdió. Se la dieron a Lugüercio que, como nadie le salía le dio desde la puerta de su casa. La pelota heredada del Mundial, la luz, la dirección del remate, una chambonada del arquero... El tiro no parecía llevar peligro, pero acabó en el fondo de la red. El festejo del Payaso no fue tan raro.
Como no fue raro lo que siguió. Más duro, más cerrado, jugado siempre más cerca del arco de san Lorenzo. Sin gran peligro. Pero siempre con Racing empujando. Con el Payado o con Castromán que ingresó faltando un cuarto de hora para sumar polenta fresca a un ataque que el cansancio le daba imagen de gastado.
San Lorenzo ya se había decidio sin pudor a jugar sus últimos lances de contragolpe. Siempre bien refugiado atrás, ingresó el Burrito Rivero para erigirse en el eje de ese destino final. Pegada, arranque rápido. Lo de siempre en los equipos con espacios, que tratan de aprovecharlos. Pero sin precisión, el fútbol no es fútbol, sino un mamarracho. Como la definición de Alfaro, sólo ante el arquero adversario. Faltaban un puñado de minutos. Racing había empezado a perder la pelota, y consecuentemente sus aspiraciones de triunfo y de seguir siendo puntero. El empate no le venía mal. Pero apareció Balsas. Ramón lo trajo por su altura. Y el uruguayo empezó a pagar. La camiseta de Racing tiene la leyenda de un banco y dice "sin dueño". Su fútbol tampoco lo tuvo. Como el clásico. El dueño fue San Lorenzo.  <