
Por:
Nacho Levy
No había techo, ni tierra, ni oscuridad, sólo un hombre corriendo a la luz de la velocidad. Todas eran flores en la primavera de su juventud, sobre los brotes del auspicioso porvenir, irradiado por los cobres del fútbol y los cálidos destellos que fotografiaban las horas más soleadas de su vida. Si regaba de sudor un potrero, perfumaba un viejo gasómetro. Si coqueteaba en un vagón de ilusiones, enamoraba al viejo del Ferrocarril Oeste. Si soñaba volar, humillaba a Superman. Pero un día, Roberto se retiró del fútbol. Y apagado el arco iris de la fama, se despidió para siempre de los rayos del sol. Nublado el presente, el futuro empezó a gotear. No entendía nada. Venía rápido, muy rápido y se le soltó un botín. A él que era rey de esta jungla, se le soltó un botín.
Y se lo tragó la tierra.
"Muchos me recuerdan por el gol que le metí a Superman Vargas en el '94, jugando para Atacama, cuando él atajaba en la U, pero antes de venir a Chile, yo había jugado en San Lorenzo, en el año '79. Ahí me vio Griguol, que luego me quiso llevar a Ferro, pero al final el pase no se concretó", resume Roberto Corró, una historia futbolera, minera y latinoamericana, que por alguna cuestión no ha salido a la luz.
Desterrado del fútbol, no quedó libre, sino cautivo. Ya no recuerda la última entrevista que concedió. "Me quedé en Chile, porque acá formé mi familia, y traté de seguir ligado al fútbol, como comentarista o en una escuelita, pero la plata no alcanzaba." Y Roberto tomó una decisión, "la misma que toman un montón de futbolistas aquí". Juntó a Claudia, Rodrigo y Nico, para decirles que trabajaría a siete cuadras, siete cuadras bajo tierra. "Aprendí de electricidad y cómo arreglar cañerías, unos 700 metros adentro de la mina, pero aun así, mi labor no es tan peligrosa como la de Franklin."
Franklin es Lobos, un viejo compañero suyo, que soñó el oro de los Juegos Olímpicos de 1984, para Chile. Tiempo después, debió conformarse con soñar el cobre de la mina San José, para la minera San Esteban. Y de pronto, la desgracia le devolvió la fortuna. Desde el 5 de agosto, es uno de los 33 mineros que, curiosamente, le preocupan a las multinacionales de la comunicación. "Recién ahora le están dando el reconocimiento que se merece por todo lo que hizo como jugador", dice Eduardo Peralta, aliado de Franklin arriba, en Atacama, y abajo, en la mina Carola.
No se trata de un solo caso. Ni dos. Ni tres. "Son muchísimos los ex futbolistas chilenos que hoy se dedican a esto, porque las mineras los convocan para hacer más atractivos los torneos internos que organizan", explica Corró. Y Gilberto Torres, que jugó un Mundial Sub 20 antes de ser perforista, afirma que "cuando un jugador decide meterse en la minería, todos le dicen que está loco, pero además de cobrar 800 o 900 mil pesos mensuales, los mineros tenemos paga la universidad de nuestros hijos. Y no tenemos otras opciones laborales." Por si alguien lo entendiera justo, añade que "igual, deberíamos ganar más, porque arriesgamos nuestra vida todos los días".
Ni goles, ni dinamita. Hoy, el estallido es mediático, entre fotos, cartas y videos de Lobos y sus compañeros. Se conmovió el mundo, que pobló de corresponsales el desierto de Atacama. Y el fútbol, que se expresó con banderas en todos los estadios. Y Marcelo Bielsa, que envió una camiseta firmada al campamento donde Carolina atiende el teléfono, mientras espera que la tierra le devuelva a su padre. "No podría recibir un regalo mejor, porque su ocupación es ser minero, pero el fútbol es su vida. Nació futbolista y se va a morir futbolista."
El gesto del Loco, apuntalando el aliento de Iván Zamorano, que jugó con Lobos en la delantera de Cobresal, en 1987, alimentó el rumor de un posible futuro para Franklin como ayudante de campo en la selección. "Esperamos que, al salir, pueda encontrar un trabajo relacionado al fútbol", dice Carolina. Pero Felipe Hurtado, periodista de La Tercera, para la pelota: "Tal vez le ofrezcan trabajo en alguna escuelita del sindicato, pero difícilmente se lo integre a la selección, porque Bielsa no es populista. Quizá sí lo inviten al predio."
Al volar por los aires del éxito en la industria futbolera, cuesta mantener los pies sobre la tierra. Y al caer, también. "Todos estos mineros ahora son noticia, pero cuando pase la novedad mediática, posiblemente nada cambie para ellos", pronostica Claudio Herrera, del diario El Mercurio, que solía ver a Corró conduciendo los avances de Unión Española, en los años '90. Ahora, conduce "un camión, con dos brazos, que mientras avanza, perfora las paredes".
Sepultados en el olvido, más de 150 ex futbolistas chilenos engordan las listas de mineros que todos los días pelean por el cobre, apostando la vida. Roberto Corró lo sabe bien, bien, bien. Tres veces bien. Una vez, "cedió el piso, unos 100 metros abajo, porque no aguantó el peso de un equipo muy pesado y mi compañero murió". Otra vez, "se cayó el techo, cuando un cargador frontal fue a sacar material de un rajo, y murieron dos amigos, aplastados por 40 toneladas". Y otra vez, "se incendió un camión en la mina y fallecieron los tres que iban adentro". Ya descreído de sus santos goles, hoy siente más que nunca el peso de San Lorenzo: "Acá, le decimos Lolito y es el patrono de los mineros, porque el rey lo mandó a quemar, por cuidar la riqueza del pueblo."
No hay torpeza de la empresa, la pelota y el metal, la pobreza queda presa, cuando explota el capital. Nada nuevo, en la lectura de Gilberto. "Así es la historia de los mineros, amigos. Primero la tragedia, y después los cambios... Todas nuestras leyes están escritas con sangre."
Desde un tajo de América Latina, Franklin espera que vuelva la luz, mientras Roberto, como miles de hombres y cientos de futbolistas condenados al descenso, vuelve a zambullirse en el imperio de la oscuridad, por las venas reventadas de la pachamama prostituida que, aun hastiada de muerte, cobija en sus entrañas la furia del otoño futbolero y la luz incandescente de 33 mineros. No hubo caricias para sus cielos de oro. Y ahora miran crecer las flores desde abajo.<