
Por:
Laura Lifschitz
En 1975, cuando la Compañía de Jesús confió la conducción de la Universidad del Salvador a un grupo de laicos, el por entonces sacerdote jesuita Jorge Mario Bergoglio redactaba una Carta de Principios de la institución, en la que todavía ejerce el papel de conductor espiritual. Ese texto, sigue rigiendo los principios de la casa de altos estudios, y se basa en tres pilares tan férreos como para erigir el mausoleo de la educación superior: la "lucha contra el ateísmo" fomentado por el capitalismo y marxismo, el "avance mediante el retorno a las fuentes" a fin de retrotraer al estudiantado a las épocas de esplendor del catolicismo y el "universalismo a través de las diferencias", las que, pasadas por alto, deben conducir al contenido universalista de la prédica de Jesús. Así las cosas, 35 años después, el cardenal Bergoglio se encuentra enfrascado en la salvación de una comunidad enceguecida por el impulso internacionalista que da crédito a la promulgación de la ley de matrimonio igualitario o el proyecto para legalizar el aborto.
A fines de la década de 1960, el treintañero Bergoglio impartía clases de Literatura en el Colegio del Salvador. Su fe y gusto por las letras lo llevaron a la tarea encomendada en 1975. Y su prédica perdura en el tiempo. La Escuela de Letras dependiente de la Facultad de Historia y Letras de la Universidad del Salvador edita hace más de tres lustros Gramma, una publicación de circulación interna de los estudiantes y docentes de la carrera de Letras. En ella se encuentran por lo general editoriales con las palabras del cardenal en conmemoración de eventos de la grey o la institución educativa, en las que dirime su batalla contra lo que él llama "ambigüedad y relativización del posmodernismo", cuyos efectos sobre la familia son, a criterio del prelado, espantosos. Junto a ello, se observa una profusión de textos narrativos y líricos de los miembros universitarios, como si se tratara de una revista salida de las mentes de una estudiantina. Aun así, hay cierto espacio para los textos analíticos, cuya visión acerca de la literatura es, cuando menos, curiosa. En estos escritos se llega a decir que Roberto Arlt se constituye en una de las peores lacras del conservadurismo por su misoginia, y que sus textos "aúnan una nefasta combinación: conciencia y silencio, situación que sólo puede ubicarlos como reaccionarios y construyen un enemigo de la libertad individual". En otro caso, se destaca la figura de Manuel Gálvez como el ejemplo de escritor, porque en su condición de católico "tiene una mayor facilidad para manifestar la intensidad de los personajes, por estar acostumbrado al examen de conciencia y la confesión". Y hay más: el amor que Sor Juana Inés de la Cruz profesó por las mujeres, dicho más claramente, su presunta condición lésbica es producto "de una trampa que nos tiende nuestra propia debilidad". Para la Escuela de Letras, las categorías modernas pueden ser deformadas hasta el absurdo. Un análisis del cuadro La vuelta del malón de Ángel Della Valle se constituye en la muestra palmaria que justificaría el plan de exterminio del indio llevado a cabo por el general Julio A. Roca, dado que en él la desnudez de la mujer raptada simboliza "la profanación sexual, la deshonra y la prostitución", porque "la posesión del indio de una mujer blanca es el usufructo de la propiedad del otro, el blanco".
El horizonte interpretativo de estos escritos es, al menos, consonante con los principios rectores de la institución. Ello se debe a que, tanto el estatuto de la universidad como el reglamento docente, es claro respecto de los contenidos: "Conservar el espíritu de disciplina, no difundir ni adherir a concepciones que se opongan a la doctrina católica" como así tampoco "entrar en el terreno de la política partidista desde la Universidad". Sin embargo, al entrar estas disposiciones en contradicción con las normas vigentes de la Constitución Argentina -el año pasado expulsaron a una docente por haberse manifestado dubitativa acerca de su fe-, se crea un manto de sospechas acerca de la legitimidad del estatuto docente de la Universidad del Salvador. Que aún hoy perviva el ideario redactado por monseñor Bergoglio en la universidad es producto de una ardua tarea, gracias a la cual la educación superior es considerada el bastión de una comunidad educativa que se siente profundamente alejada de la sociedad. Que monseñor entonces pretenda tomar cartas en los asuntos públicos parece, cuando menos, inquietante. Lo cierto es que la Universidad del Salvador tuvo sus momentos álgidos. En 1947, con el gobierno de Perón, ya había comenzado la disputa por las universidades laicas o libres, y no fue hasta derrocado el presidente que se decretó, en palabras de un renombrado docente del claustro, Arturo Berenguer Carisomo, la creación "de las universidades privadas, las universidades libres, las universidades independientes". A partir del golpe cívico-militar de 1976, la Universidad afianzó su presencia en el Estado. En noviembre de 1977, el almirante Emilio Massera brindó una charla en la Universidad del Salvador en la que se refería, ante un solícito público, respecto de los efectos nocivos del rock en los jóvenes, y una vez más, las cuestiones referentes al sexo: "Algunos de ellos trocarán su neutralidad, su pacifismo abúlico, por el estremecimiento de la fe terrorista, que comienza con una concepción tan arbitrariamente sacralizadora del amor, que para ellos casi deja de ser una ceremonia privada." Al año siguiente, Massera recibió un doctorado honoris causa expedido por esta misma institución, la que también tiene en su haber decenas de estudiantes y graduados detenidos, torturados y desaparecidos.
Al poco tiempo, en noviembre de 1978, la Junta Militar nombró ministro de Educación al abogado Juan Rafael Llerena Amadeo, profesor de esta casa de altos estudios, quien ordenó el cierre de la Universidad Nacional de Luján, según él, por su mediocridad . También, durante estos años, según una investigación del Archivo Nacional de la Memoria y el periodista Ricardo Ragendorfer, gracias a la recomendación de un compañero de la propia Universidad del Salvador, el actual fiscal Guillermo De la Fuente se desempeñaba como analista del Batallón 601 de Inteligencia del Ejército. En la actualidad, según un trabajo del periodista Diego Martínez, dicta clases en la universidad el capitán Enrique de León, jefe de Contrain-teligencia del Departamento de Operaciones de Baterías en Bahía Blanca, involucrado penalmente en el señalamiento del conscripto Horacio García Gastelú, una de las treinta personas asesinadas en la Masacre de Fátima ocurrida el 20 de agosto de 1976. Así las cosas, con una línea de conducta semejante a la disciplina castrense, si hay que creer en las palabras de la directora de la revista Gramma, Alicia Sisca, acerca de que "Razón y Fe van unidas y son el camino para llegar a la Verdad", habrá que esperar entonces la llegada de un milagro. <