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Tiempo Argentino
Pudo haber sido una noche inolvidable, tristemente inolvidable, para Marcelo Mosset, por un solo segundo de los 90 minutos, ese segundo en el que acarició la pelota, a los 10 minutos del primer tiempo, para sacarse de encima la presión de Juan Neira, con un pase repentino a su arquero. Tomó aire todo el Roberto Carminatti, mientras Laureano Tombolini trastabillaba casi en el borde del área chica, en el intento de controlar la pelota. Y finalmente, exhaló el público bahiense, con una salida airosa del número uno, que dejó a salvo a Mosset de un gol en contra. Así hubiera terminado la bocha enredada en el arco propio, no hubiese sido un drama para la turbulenta trayectoria del defensor de 28 años, que debió afrontar una suspensión de cinco meses cuando jugaba para Unión de Santa Fe, después de un control antidóping que resultó positivo, por consumo de marihuana, en el partido de vuelta de la Promoción, en el que el Tatengue cayó ante Gimnasia y Esgrima de Jujuy, el 29 de junio de 2008.
Tras cumplir la sanción, volvió a Unión, donde jugó hasta 2007, cuando luego de una fugaz visita al fútbol israelí, fue cedido a préstamo al Barcelona de Guayaquil. Después de un corto paso por Ferro, se sumó a Olimpo, en la B Nacional, en 2009. Desde entonces, defendió la aurinegra desde el fondo, primero en el Ascenso, donde marcó dos goles, y por fin en Primera, el último fin de semana.
Y anoche, a los 22 minutos del primer tiempo, se produjo su momento cumbre en el fútbol argentino. Tras haber vestido distintas camisetas y haber soportado casi todas las emociones posibles, vio venir un córner de Martín Rolle. Observó cómo un compañero cabeceaba la pelota que, caprichosa, se desviaba en un futbolista de Gimnasia La Plata. Fue entonces cuando afiló la derecha, le apuntó al palo izquierdo y sacó un remate seco, bien colocado, cargado de sensaciones, todas únicas, todas irrepetibles.
Y, entonces sí, a gritar, a correr, a desahogarse, en un festejo de Primera. Marcelo Mosset fue el dueño de los flashes en un encuentro que transitó por varios claroscuros. Pudo haber sido una noche inolvidable. Y a oscuras, como son los sueños, lo fue. Felizmente, inolvidable. <