Tiempo Argentino

Edición: 24 de Julio de 2014 | Ediciones Anteriores

24 de Julio de 2014

+Buenos Aires

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De interés público

Por:
Tiempo Argentino

Dos meses y tres semanas después del informe de Tiempo Argentino, el Estado Nacional, representado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, emitió un informe de 23 mil fojas que arribó a similares conclusiones que el nuestro. Saludamos desde estas páginas que una jefa de Estado de la democracia, elegida por el voto popular y en las urnas, se haya atrevido a enfrentar a los voceros del orden conservador, con el mismo énfasis y convicción de este pequeño colectivo de trabajadores de prensa. Lo decimos desde este diario, que en su redacción mantiene intactos los ideales más nobles del periodismo, los mismos que tenían nuestros 100 compañeros desaparecidos en las fauces de la ESMA y otros centros clandestinos. Lo decimos, también, con la autoridad de haber sido críticos de la extensión a las licencias que el gobierno concedió a los barones de la monopolización informativa. Entendemos que a los gobiernos de la democracia se los debe cuestionar cuando hacen las cosas mal, pero también se los puede reconocer cuando aciertan el camino con políticas que conducen a una sociedad más justa, más libre y más igualitaria. Una Argentina con todos adentro. Por eso, somos el único diario que apoya abiertamente la nueva Ley de Medios, presentada como ley mordaza o ley K por los medios tradicionales cartelizados. Creemos que la democratización de la palabra es condición indispensable para la democratización de las relaciones sociales. No hay democracia real sin una verdadera democracia informativa.
Y creemos, con toda la fuerza de nuestras convicciones, que los responsables empresarios del terrorismo de Estado deben rendir cuentas ante los tribunales, como sucede hoy con el último represor de la Prefectura. No hay sociedades que crezcan sin un real contrato social donde la ley sea pareja para todos.
Este es el contexto social, político, histórico y simbólico cultural en que el Grupo Clarín desde su diario, el de mayor tiraje en el país gracias a su abuso de predominio en la industria, pretende desvirtuar la investigación sobre el escándalo de Papel Prensa, usando como ariete de su estrategia a una víctima como Isidoro Graiver, quien apareció relativizando la versión de su cuñada, a pedido de su sobrina María Sol Graiver, quien fue contactada ("requerida") por los socios privados de Papel Prensa.
Hay motivos familiares, de índole privada, que explican la participación de Isidoro en este intento desesperado de Clarín por quitarles trascendencia y vigor a las inquietantes revelaciones de las últimas horas, que podría conducir a los tribunales a los accionistas del grupo si prospera el expediente judicial platense antes citado. Tiempo Argentino no publicó antes, y tampoco ahora, por respeto a todos los integrantes de una familia diezmada por las patotas de Camps, las posibles razones que alientan a Isidoro.
Lo que sí hicimos fue publicar ayer una entrevista que Cynthia Ottaviano y Juan Alonso, los dos periodistas de este diario que llevaron adelante la investigación sobre el despojo accionario, mantuvieron con Isidoro el 11 de junio, a las 16:10 y que duró dos horas y 12 minutos, primero en un bar de Honduras y Uriarte; y luego en la misma redacción del diario. Es justo decirlo hoy: Isidoro Graiver accedió a aquella reunión después de leer nuestro trabajo, que elogió. Nunca antes había hablado con periodistas, pero lo convenció su contundencia y seriedad. Y nos aportó una pista fundamental para profundizar nuestra labor: nos pidió que buscáramos los diarios Clarín y La Nación de las semanas previas a la venta amañada de las acciones en beneficio de Clarín y La Nación, porque allí quedaba claro el apriete y la humillación a la que habían sido sometidos en aquellos años agrios. Eso hicimos, y comprobamos que mientras los diarios negociaban con el aval de Martínez de Hoz y Videla, desde sus páginas presentaban al Grupo Graiver como a ladrones y fraudulentos, y exigían que la justicia de la dictadura los investigara. Era un mal año para eso: las sentencias eran un tiro en la nuca y, en el mejor de los casos, una picana en las zonas íntimas. Eso mismo que todos los miembros de la familia Graiver sufrieron luego de que los dos diarios obtuvieran las firmas del traspaso "trucho".
El testimonio de Isidoro Graiver ante Tiempo, que venía a corroborar lo que ya teníamos por vía de la recolección documental, fue mucho más profundo y rico de lo que se cree. En todo momento, Isidoro nos pidió que no se le atribuyera ninguno de sus aportes, y aunque se burló de nuestro idealismo, se mostró varias y repetidas veces sorprendido por el rigor profesional con el que actuábamos. Él no quería aparecer publicado. Argumentó que había sufrido mucho y que quería evitarles a sus hijos mayores problemas. Ese es el motivo por el cual nosotros no hicimos público ese encuentro en aquel momento. Entendimos que su cooperación a la verdad histórica excedía largamente el impacto de una nota menor, que podía darnos alguna venta coyuntural más de ejemplares, y nada más. Respetamos nuestra palabra, porque nuestra palabra es más importante que una primicia.
Misteriosamente, un día Isidoro nos dejó de atender el teléfono y le perdimos el rastro. Volvimos a tener noticias de él, el miércoles 25 cuando Clarín y La Nación, de manera coordinada y antiperiodística, en el solo afán de desacreditar el informe oficial de Papel Prensa, reprodujeron una versión distinta de la que Isidoro nos había dado, en concurso con el propio Isidoro Graiver. Cuando cotejamos las fechas aludidas por estos diarios, observamos que Isidoro se habría prestado a su juego en julio, es decir, mucho antes de que Cristina Kirchner presentara en sociedad el informe Papel Prensa - La verdad. En realidad, Clarín usó a una parte de la familia Graiver para responder en algún momento a la investigación de Tiempo Argentino, la del 6 de junio. Luego decidió que el impacto mayor lo obtendría publicándolo el día después de que desde la Casa Rosada se dejara en evidencia el affaire por cadena nacional.
Desde el momento en que Isidoro rompió su pacto de confidencialidad con los periodistas de Tiempo Argentino, y pasó a formar parte del entramado falaz de los dos diarios que deben responder ante la justicia por sus acciones del pasado, nosotros nos sentimos liberados de mantener en secreto los detalles del encuentro del 11 de junio.
Corresponde aclarar, para quienes no son periodistas, que la deontología profesional excluye del derecho de preservación de la fuente, que en la Argentina tiene rango constitucional, precisamente a aquellas fuentes informativas que falten a su deber de decir  cosas ciertas y contribuyan a instalar o propagandizar una mentira. Una vez que esa fuente se desdice o falsea lo que declaró durante el pacto de confidencialidad, el periodista está obligado a revelar la verdad de los hechos, porque si no se convierte de modo automático en cómplice de una mentira, lesionando un derecho social del que somos custodios por profesión. Por eso, tenemos fueros e indemnizaciones especiales, como los docentes. La sociedad espera, en todo momento, que los periodistas digan la verdad. Y nos ayuda con normativa específica para que cumplamos ese rol. Y ningún otro.
Nosotros, en Tiempo Argentino, creemos en el derecho a la información. Sabemos que se trata de un derecho bifronte: es a dar y recibir información veraz. Esto está expresamente contemplado en el Pacto de San José de Costa Rica, que nuestro país suscribe.
Ustedes, como lectores, tienen derecho a saber lo que sabemos nosotros: en la web del diario <www.tiempoargentino.net>, desde hoy podrán acceder a los dichos de Isidoro, que comprueban fehacientemente que Clarín y La Nación mienten.
Clarín y La Nación, con notas no firmadas, desde sus tapas hoy tienen de rehén a la verdad y revictimizan a Isidoro Graiver en su estrategia, enfrentándolo innecesariamente con su cuñada, Lidia Papaleo, hiriendo aun más a una familia que ya viene malherida desde hace tres décadas.
La razón es una: esmerilar mediáticamente una investigación que puede llevar a sus responsables a la cárcel por delitos de lesa humanidad.
Clarín y La Nación no están obligados a decir la verdad. Esto es cierto. Los imputados tienen derecho a mentir, porque lo hacen para defender un derecho humano fundamental: el de la libertad. Esto lo sabe cualquier aprendiz de abogado. Todo lo que publiquen sobre este caso debe ser interpretado dentro de este marco y, por lo tanto, relativizado. Los dos diarios no son creíbles ni pueden ser creíbles en esta historia. Tienen un interés puntual en ocultar la verdad de los hechos, tal como sucedieron. Porque la consecuencia es judicial, nada menos que en una causa por violación a los Derechos Humanos, de carácter imprescriptible.
El caso Papel Prensa es un caso de indudable interés público, condición inexcusable para que nosotros, periodistas autónomos y con una larga trayectoria en la prensa gráfica, hayamos decidido hacer público el testimonio de Isidoro Graiver, en el marco de una investigación periodística inédita.
Por eso damos la cara y firmamos las notas. Porque tenemos una convicción que nada ni nadie, y mucho menos el miedo a los dos diarios que silenciaron las mayores atrocidades que sufrió este país, puede obligarnos a arriar.
Ya fuimos desocupados en un país de desocupados. Ya tomamos empresas cuando hizo falta. No hay prepotencia patronal ni enjuague estatal que pueda siquiera hacernos dudar por un momento de qué lado estamos.
Amamos esta profesión, a la que le debemos todo.
No son los verdugos los que nos van a enseñar modales, ni a dictar cátedra de humanismo.
No son los diarios oficialistas de Videla, Camps y Massera los que nos van a venir a correr con la vaina de que nosotros, ahora, somos los oficialistas.
No son los imputados de delitos odiosos los que nos van a enseñar lo que es la libertad de prensa.
Para que sepan: libertad de expresión son todas estas palabras sinceras que vienen desde la tapa.
Vivimos en un país que ya no quiere ser rehén de los poderosos de siempre.
Este es un país libre y democrático. Y eso no lo consiguió la ADEPA ni la AEA ni la UIA. Lo consiguieron las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, los Hijos, los sindicatos que nunca se bancaron el neoliberalismo, los intelectuales que jamás se rindieron al pensamiento único, los políticos que no se corrompieron ni pactan con el pasado, en definitiva, la sociedad que de 2001 para acá viene construyendo otra esperanza.
Para todos ellos es nuestro trabajo. No somos cínicos. Nosotros creemos.
Se puede.<