Tiempo Argentino

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22 de Mayo de 2012

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Documentalismo globalizado

La globalización valoriza cada vez más la digitalización frente a la analogía y tiende a romper los lazos de pertenencia a partir de un permanente empobrecimiento de las imágenes representativas.

Por:
Miguel Mirra

América Latina está en una época en que la comunicación ha pasado a tener un peso fundamental a la hora de definir el futuro de sus sociedades. Los documentalistas ya nos habíamos comprometido con los procesos que enfrentaron al neoliberalismo y la globalización, pero la ofensiva depredadora de las formas de comunicación globalizadas es cada vez más intensa.
Frente a esta realidad y desde el limitado ángulo de un trabajador de la cultura, valdría preguntarse: ¿Cuál es el papel del documentalista? En primer lugar es el de reflexionar sobre este proceso globalizador, definir luego su propia situación y elaborar líneas de trabajo audiovisual para actuar en consecuencia. Porque la globalización valoriza cada vez más la digitalización frente a la analogía. Y tiende a desvalorizar el afecto cotidiano de los hombres hacia su lugar, a romper los lazos de pertenencia y a desvincularlo de la naturaleza que lo rodea a partir de un permanente empobrecimiento de las imágenes representativas y su remplazo por imágenes artificiales generadas por las computadoras.
En esa cosmovisión imperial, el ser humano ya no pertenece a un lugar concreto sobre la Tierra sino al "mundo global"; un mundo tan vasto, confuso, lejano y sobre todo tan ajeno que lleva a hombres y mujeres a extrañarse de su propio mundo y de sí mismos para ir a pertenecer a un gran universo que no los reconoce más que como una serie de códigos sin carne y sin alma. Al mismo tiempo, trata de imponer una concepción de las personas como esencialmente la de consumidores (hombres y mujeres que ya no pertenecen al pueblo, sino que forman parte del público), es decir como objetos de los procesos productivos y de la historia misma, y no como productores, es decir como protagonistas.
Además, ese mundo está poblado de palabras convertidas en discurso, con un lenguaje cada vez más rico en tecnologismos y más pobre en particularidades, expresividades y vivencias humanas cotidianas, reales, concretas, vitales y propias. Cada vez más apela a la saturación de palabras convertidas en códigos, trivializadas por su redundancia y frivolizadas por los lugares comunes a que remiten y expresan. Ni hablar del tiempo fracturado y acelerado artificialmente que se expresa en todo su esplendor en la cultura del clip, donde los tránsitos y los ciclos vitales se eliden en función de un salto instantáneo de un punto de interés a otro, generando una concepción y una imagen de hombres y mujeres que tienden a convertirlos en autómatas.
El valor del trabajo humano como trabajo productivo en relación con la naturaleza (sea un campo, una mina o el mar) está enmascarado, escondido o desvalorizado, ya que en ese mundo todo parece resolverse con la aplicación de microchips, módulos y memorias, como si la pala, el pico, la sierra o la red del pescador hubiesen mágicamente dejado de existir. Más desvalorizadas están las particularidades regionales, nacionales y locales, que hacen de la diversidad de las formas productivas concretas del trabajo formas de cultura propia para cada lugar, sea este un país, un paraje, una ciudad o un caserío. Con ello desvalorizan, además, las imágenes que se producen desde adentro de esa cultura.
Pero ningún fabricante de imágenes digitales del mundo, con todos sus multimillonarios programas de generación de efectos visuales, nos puede enseñar cómo filtra la luz la atmósfera sobre Buenos Aires y menos aun cómo ese filtrado particular y único rebota contra las texturas y los colores de una arquitectura y un diseño urbano propios de esta ciudad y de ninguna otra. Y menos que menos pueden enseñarnos cuál es la relación entre luces y sombras o atardeceres y amaneceres en los barrios del conurbano que luchan por salir de marginación y la pobreza.
Bueno, este proceso masificador y depredador merece y necesita una respuesta, no a través de un discurso articulado alrededor de la palabra como vehículo de la idea sino a través de imágenes directas, cargadas de calidez y poesía, que lleguen a conmover y emocionar por su carácter de imágenes preñadas de sentimientos y que se conviertan al mismo tiempo en un espejo en el que el hombre y la mujer del pueblo puedan reconocerse e identificarse.
Cada vez más hay una necesidad -la mayoría de las veces inconsciente- de tener la alternativa de una imagen donde los pueblos vean su propia naturaleza, su propio mundo y se vean a sí mismos; necesidad que con sólo un efectivo disparador puede desplegarse en toda su potencialidad. Así, las imágenes de un mundo que se sienta como propio y el propio trabajo humano en contacto con la naturaleza -permanentemente escamoteados en la visión de ese otro mundo globalizado- son sin dudas el mejor punto de partida para crear una conciencia de pertenencia, al tiempo que de protagonismo, y una alternativa en la producción de imágenes transformadas en documentales concretos. Pero cuidado, como dice el mexicano Fernando Buen Abad, mirar no implica actuar, al menos no implica relacionarse. Un documental que sólo "mira" es sospechoso. La mirada es sólo un momento de un proceso que queda incompleto si no se une a la práctica social.
Por último, siempre tener en cuenta que "en la medida en que el dominio imperial es la negación del proceso histórico de la sociedad dominada, también ha de ser por fuerza la negación de su proceso cultural. Por ello, y porque toda sociedad que se libera verdaderamente del yugo imperial reemprende las rutas ascendentes de su propia cultura, la lucha por la liberación es, ante todo, un acto cultural." Esto decía Amílcar Cabral en plena guerra de liberación de Guinea y Cabo Verde. <