
Por:
Mercedes Méndez
Podría ser cualquier gimnasio de barrio, con fotos de viejas peleas, de boxeadores de un pasado lejano y glorioso, las paredes descascaradas y con guantes colgados, la bolsa que aparece tentadora para pegarle con fuerza, para enojarse y descargarse. Hasta da la sensación de que el lugar huele como un gimnasio: a humedad y pomada muscular. En este espacio transcurre El Box, la segunda parte de la trilogía deportiva del director Ricardo Bartís, que empezó con La Pesca y terminará con El Fútbol. Pero, como dice el autor en su presentación, el deporte es una excusa: un recurso para hablar sobre la historia argentina, sobre la violencia, la decadencia y el miedo a perder. Y con la historia de vida de una boxeadora, el teatro tiene la capacidad de hablar de todas estas cosas, de mostrarlas con imágenes, con hechos y, si es necesario, con trompadas en la cara.
La protagonista de esta historia es Maria Amelia Leguizamón (Mirta Bogdasarian), una boxeadora que añora la gloria y la leyenda que supo tener pero que ahora es una imagen del ocaso. Una decadencia que parece más dura en el cuerpo de una mujer que durante años se disfrazó de hombre para poder participar de las peleas, y que en el día de su cumpleaños sueña con realizar un festejo donde ella vuelva a brillar. La actriz interpreta con tanta intensidad este personaje que logra en el espectador la sensación de estar espiando el devenir de una mujer que quiere cambiar su vida, en un gimnasio que se viene abajo. Como si en vez de estar sentado en una butaca el público estuviera escondido entre los barrotes de este lugar, observando la escena desde una ventana rota.
Pero María Amelia no está sola. Ella vive con su marido Aníbal (Pablo Caramelo), un relator de boxeo que, como su mujer, está venido a menos. Pero en él se puede ver la fragilidad que es propia de cualquier personaje de Samuel Beckett: un hombre enfermo, que depende de constantes inyecciones para sentirse bien, encorvado, que arrastra los pies y que es humillado por una mujer que es más fuerte que él y no lo ama.
Y mientras la trama avanza a base de argumentos propios de los grandes boxeadores -se escucha la frase de Ringo Bonavena "en el ring te quedás solo, hasta el banquito te sacan" o la fortaleza de Nicolino Locche, que aprendió a boxear defendiéndose de las palizas que le daban sus compañeros cuando era chico- las connotaciones a la historia argentina se hacen más evidentes. María Amelia se defiende a los golpes de su decadencia: aunque esté en desventaja se enfrenta a sus fantasmas, igual que Muhammad Ali, que incluso cuando retrocedía no dejaba de atacar. <