Tiempo Argentino

Edición: 25 de Abril de 2014 | Ediciones Anteriores

25 de Abril de 2014

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La fiesta boliviana de los ekekos ya integra el paisaje de los porteños

La comunidad de ese país lleva, desde 1995, la histórica tradición a parques y predios de la Ciudad. Se pueden comprar objetos materiales o intangibles que simbolizan el anhelo de tenerlos. Algo más que una cuestión de fe.

Por:
Sergio Di Nucci y Nicolás G. Recoaro

Eleuteria nació en Sucre 33 años atrás, pero desde hace 16 vive en el Bajo Flores. Vestida con un pulóver azul, cuenta a Tiempo Argentino que sueña con una casa, "propia y, si es posible, con una cocina grande". Tiene en sus manos una casita en miniatura por la que pagó diez pesos. No se la ve feliz con la imagen de su felicidad futura. "Hartos muebles tiene, poco espacio para mis ollas." Bajo un sol que se derrumba impiadoso, el lunes desde el  mediodía la nutrida comunidad boliviana en la Argentina festejó la celebración de Alasita. Lo hizo como cada 24 de enero desde hace más de una década. La festividad es más conocida por los ekekos, las miniaturas que, compradas y bendecidas, como la casa de Eleuteria, nos harán conseguir en el curso del año lo que deseamos. El culto al dios de la abundancia andina (ver recuadro) así nos lo asegura. 
La versión 2011 de la celebración resultó más convocante que otras anteriores. Es cierto que queda por ver cómo será la segunda parte de la fiesta hoy, cuando se "rematen" las miniaturas que no han sido vendidas. A las tradicionales ferias del Parque Avellaneda e Indoamericano, se sumaron festejos en las calles Ana María Janer y Mariano Acosta, en Lacarra y Avenida Cruz, en Escalada y Crisóstomo Álvarez, en el barrio de Liniers, en Villa Lugano y en Villa Celina, en el partido bonaerense de La Matanza.
El Parque Indoamericano fue el escenario de una alarma. Al parecer, la junta vecinal omitió informar tempranamente a los vecinos de la zona acerca de los festejos de Alasitas. Cuando por la mañana los primeros migrantes bolivianos con sus familias e hijos comenzaron a ingresar en el terreno, la respuesta de muchos locales fue inmediata: "Uh, otra vez los bolitas vienen a tomar el parque". Sólo una vez atravesado el mediodía reinó la calma. Los grupos de vigilantes jóvenes de Villa Lugano, ubicados en la puerta del parque para inspeccionar, lograron llegar a la conclusión de que se trataba de algo cultural, y "nada más que eso".  
"Luego de la represión en el Indoamericano, los bolivianos queremos decirle no a la intolerancia, sí a la integración", dice Edgardo Colque, miembro del Centro Cultural Wayna Marka, la agrupación que organizó la celebración en el Parque Avellaneda. Y añade: "La feria es una buena ocasión para integrar la cultura andina y porteña. La gente puede disfrutar de la típica comida boliviana o de los espectáculos musicales de morenada y tinku. La Alasita es el espacio ideal para comenzar a soñar con nuestra tarea de integración."
 
LOS SUEÑOS DE LOS HÉROES. En los Andes, la actividad de forjar miniaturas y ofrecérselas al Ekeko se entreteje en un rico fondo de elementos mágicos y religiosos. Uno de los pueblos originarios andinos, los aymara, volcaron en las miniaturas anhelos materiales y espirituales bien reales.
El término alasita deriva de una forma verbal aymara que significa comprame. De eso trata el encuentro popular que se hace cada 24 de enero en Buenos Aires, al igual que en La Paz y todas las ciudades con población del altiplano boliviano: de comprar las miniaturas para que los objetos representados se vuelvan reales. El anhelo de prosperar económicamente mueve a adquirir toros con sus fajos de dólares o euros en miniatura; el deseo de trabajar en España, minúsculos permisos de residencia en ese país, firmados por Víctor García de la Concha, el director de la Real Academia Española, defensor del ingreso legal de americanismos en el Diccionario de la Academia. Si un joven quiere trabajar de costurero, comprará un taller textil. Podrá elegir entre que sea habilitado o no. En este caso, la miniatura resultará más barata.
Según la periodista paceña Lilia Camacho Callisaya, con muchos años de residencia en la Argentina, la novedad de Alasita 2011 fue que la comunidad boliviana se mostró más atenta a aspectos más concretos e inmediatos que espirituales. A diferencia de otros años, primó la materialidad: las miniaturas de divisas extranjeras se agotaron muy pronto en los puestos. Los argentinos, en cambio, pudieron ser más espirituales: les pedían a los puesteros "algo para la buena suerte" o "algo para la felicidad".
Flora, una orureña que luce su pollera de chola, cuenta a este diario que el año pasado adquirió un gallo (símbolo en miniatura de la fertilidad) y un certificado de nacimiento. "Ya tiene tres meses de embarazo", aclara Richard, su pareja, al mismo tiempo que ríe exhibiendo fuerza: "Pero mi niña tiró el dinero comprando a ese gallito: el gallo soy yo, ja, ja."  
La tradición impone que las miniaturas sean bendecidas al mediodía, con el sol meridiano. Las bendicen los yatiris, chamanes aymaras un tanto erráticos. Dicen fórmulas y frases en aymara y a la distancia se los ve echar humo y arrojar alcohol puro. "La paciencia todo lo alcanza", dice Pedro, un albañil de Potosí que espera su turno en la fila de las bendiciones.
 
EL BANQUETE SOÑADO. Detrás de los puestos se encuentran los restaurantes al aire libre, donde se venden sopas (de chairo o de maní), empanadas salteñas o rápidas salchipapas. Más tardan el chicharrón de cerdo, o el fricasé de res, la papalisa, los crocantes pejerreyes y el específico plato paceño (con choclo, carne y habas, es el emblema culinario de la Alasita).
El calor no afloja. Las cocineras continúan sirviendo bien crocantes los platos en el patio de comidas que, nómade, acompaña todos los festejos de la colectividad. Mientras come un platazo de chicharrón, Abel cuenta a Tiempo que este año quiere terminar con su trámite definitivo de radicación en la Argentina. "Me llevo la miniatura del DNI bendecida. El Ekeko podrá ayudarme", explica alzando su minidocumento. Se ven contentos los concurrentes, sobre todo las bolivianas y bolivianos. "Raza de bronce" los han llamado, por cómo trabajan de sol a sol. Pero también por cómo festejan. Con todo derecho.  <