
Por:
Eduardo Sigal
Mucho ha cambiado el paisaje político latinoa-mericano y del Caribe desde la reunión inaugural del Foro de San Pablo, realizada hace veinte años. Lo que se insinuaba como un ciclo largo neoliberal -enmarcado por la crisis de los regímenes de Europa del Este, y por la ofensiva contra los Estados de Bienestar europeos- se ha convertido en una marcada activación de los movimientos y partidos populares que, en varios países y en diferentes modalidades, han enriquecido las posibilidades políticas y sociales de la región.
Para el mundo político-cultural del progresismo en nuestro país, también fue una etapa de arduo pero imprescindible aprendizaje. Aprendimos, ante todo, que no puede enfrentarse exitosamente a la derecha neoconservadora, si no es a partir de un proyecto alternativo de país, capaz de encarnar en movimientos sociales y partidos populares. La ofensiva de la política-espectáculo, personalizada y sistemáticamente vaciada de contenido, va dejando paso a una recuperación de la iniciativa por parte de quienes apuestan a la movilización, la participación y el debate popular. El poder corporativo económico-mediático, que se fue fortaleciendo en la democracia después de ser pilar fundamental del régimen autoritario y criminal que usurpó el poder en 1976, ha sufrido durante estos últimos siete años los golpes más duros de su historia. Tenemos una mejor democracia; es el fruto del proceso de redistribución de la riqueza que tiene su ancla principal en la Asignación Universal a la Niñez, del nuevo clima cultural abierto con la aprobación de la ley de democratización de los medios de comunicación, del nuevo rol del Estado que interviene activamente redistribuyendo las rentas extraordinarias que provienen del comercio exterior de nuestros granos, mediante obras públicas de volumen y calidad sin precedentes. Es también el resultado de la activación del movimiento sindical, por medio de la reapertura de las convenciones colectivas de trabajo, de la movilidad sistemática y permanente de los ingresos de los jubilados, de la recuperación de los aportes jubilatorios para la esfera pública, que terminó con el ominoso negocio financiero de las AFJP.
No puede explicarse el avance de nuestro proceso de recuperación de soberanía, reindustrialización y distribución de los recursos, si no es en el contexto de una región igualmente transformada. La Argentina es inequívocamente parte de un proceso que recorre la región. Como lo ha dicho el presidente brasileño Lula, es el regreso de la política. En nuestros países ya no se naturaliza la pobreza ni la desigualdad, no se recita servilmente el decálogo de la libre empresa y de la apertura económica indiscriminada. En nuestros países, hablar de sindicatos y partidos populares, de poblaciones originarias y nuevos derechos de minorías oprimidas, de defensa de los recursos naturales y de la naturaleza, no es predicar en el vacío, como parecía hace 20 años. Hoy esos discursos son centrales en la región. Lo predican muchos gobiernos y muy influyentes fuerzas políticas y sociales.
El Foro de San Pablo fue siempre un espacio de pluralidad y respeto mutuo. No surgen de sus reuniones recetas mágicas para resolver lo que solamente las experiencias de los pueblos, necesariamente heterogéneas, pueden resolver. Rechazamos los intentos de dividir nuestros procesos políticos en función de miradas prejuiciosas y de términos ambiguos y políticamente sesgados que, como el de populismo, pretenden ser usados como estigmas contra partidos y gobiernos que realizan transformaciones históricas. Las categorías que inventó o adulteró el Departamento de Estado de los EE UU durante la era Bush no pueden servir para pensar la realidad de una región devenida en un área particularmente dinámica y rica en experiencias emancipatorias, como América Latina y el Caribe.
No ignoramos los obstáculos, los retrocesos ni las amenazas. La derecha ha probado en más de un país de la región que no considera a las instituciones democráticas un límite para sus intentos restauradores. Lo demostró en Honduras con un golpe cívico-militar y una dura represión antipopular que deslegitima el proceso electoral que lo sucedió. Lo intentó la derecha oligárquica y secesionista en Bolivia, derrotada por una impresionante movilización popular interna y una gran solidaridad regional, expresada en la acción estabilizadora de la Unasur.
Con formas también diversas -ALBA, Unasur, Mercosur- la región va empujando una nueva dinámica integradora. El reconocimiento de la diversidad nacional y regional, que obedece a profundas raíces históricas, es una responsabilidad de las izquierdas y las fuerzas progresistas. No hay un solo camino. No hay recetas ni hay vanguardias. Hay, sí, una voluntad común de hacer avanzar el sueño de Bolívar y San Martín en los tiempos y las formas que las circunstancias y la voluntad de los pueblos dispongan. La integración es un mandato histórico, pero no un destino. Sin política, es decir sin diálogo, sin lucha, sin perseverancia, tolerancia y buen sentido, no habrá ningún "destino" que se imponga por sí mismo.
Los 20 años del Foro de San Pablo son, desde la perspectiva actual, los años de la ruptura del monopolio ideológico del neoliberalismo y de la apertura de un proceso político cuyo norte común es el de la soberanía y la unidad de la región y la gestación de condiciones de igualdad social por las que nuestros pueblos llevan 200 años de lucha. <