Tiempo Argentino

Edición: 22 de Mayo de 2012 | Ediciones Anteriores

22 de Mayo de 2012

+Buenos Aires

T14.1° H100%

"Fue la revista cultural de mayor difusión en castellano"

Vogelius lo invitó a dirigirla. Los militares uruguayos lo encarcelaron y luego lo expulsaron. Para el autor de Memorias del fuego, la aventura colectiva de Crisis evitó que su exilio fuera sólo un tiempo de penitencia.

Por:
Tiempo Argentino

Cuando llegó a Buenos Aires para dirigir Crisis, el escritor y periodista Eduardo Galeano tenía 33 años y había salido de la cárcel. Su libro Las venas abiertas de América Latina había sido censurado por la dictadura que acababa de instalarse en el Uruguay. El papel de cronista de su tiempo, que había practicado en la revista Marcha, daba sus frutos: los apetecibles y los otros. Su exilio en la Argentina, donde participó de la fundación y editó los 40 números del mensuario que se presentan en la muestra Crisis: un cruce con las artes, fue el primer paso a un desarraigo mayor: en 1975 se instaló en España. No obstante, la memoria de esos años en la redacción de la avenida Pueyrredón al 800 ha permanecido para él intacta.
 
-¿Qué elementos de época impulsaron la creación de Crisis?
-La revista fue parte de la espuma de una ola que venía de atrás. Aquella fue una época de mucha energía creativa, y de alguna manera Buenos Aires era el centro de ese renacimiento cultural latinoamericano. Siempre me pareció injusto que se reduzca aquel tiempo fecundo a la pura violencia, al puro bang-bang. Algo de eso había, pero era mucho más que eso.
-¿Qué lo decidió a sumarse al proyecto?
-Fico Vogelius me ofreció la dirección. Ese proyecto de revista tenía ya un año, y no caminaba. Había empezado siendo algo así como una tentativa de ponernos al día con las novedades culturales de París, Londes, Nueva York... Yo acepté con la condición de hacerla al revés: una obra de creación, no de importación. Y el desafío se lanzó, y funcionó.
-Usted le cambió el título. ¿Qué le desagradaba de Krisis, con K? ¿Por qué Ideas, Letras, Artes en la Crisis?
-El nombre de la revista fue una herencia del equipo anterior. No me gustaba porque me parecía, y me sigue pareciendo, bastante deprimente. El subtítulo proviene de la necesidad legal de agregar algo a un título que ya había sido registrado.
-¿Qué idea de cultura encarnó Crisis?
-La revista fue una obra colectiva, congregó gente dispuesta a celebrar la cultura en todas sus expresiones, y no sólo las que figuran en el altar de las bellas letras. Digamos que nos unía la intención de ayudar a la democratización de la cultura, en una región del mundo que desde los tiempos coloniales ha sido obligada a adorar lo que viene de afuera y lo que viene de arriba. Nosotros queríamos escuchar y difundir también las voces que vienen de adentro y de abajo. Voces, no ecos.
-¿Qué impacto tuvo en la sociedad en aquel momento? ¿Es cierto que recibían intimidaciones constantes, al punto que usted respondió a una imponiendo un "horario de amenazas"?
-Por lo que sé, Crisis fue la revista cultural de más amplia difusión en toda la historia de la lengua castellana. O sea: no nos fue nada mal. Pero cuanto mejor, peor: los enemigos de todo lo que crece y cambia nos tenían entre ojos. Lo del "horario de amenazas" es verdad, fue una bravuconada mía, una noche que me había quedado solo en la revista, trabajando, y el teléfono transmitió uno de aquellos frecuentes mensajes amorosos que nos deseaban la muerte. Dije que el horario de amenazas era de cinco a siete, colgué el teléfono y, cuando me quise levantar, heroico el uruguayo, no pude porque me temblaban las rodillas.
-¿Cómo recuerda los meses finales de Crisis?
-Al final, era imposible seguir. Ya mandaban los militares y estábamos sometidos a la censura. Aquello era humillante, el poder militar obligaba a callar o a mentir. Y preferimos caer parados, mejor que sobrevivir agachados.
-¿En qué medida la experiencia de la revista está unida a su exilio?
-Tuve la suerte de participar en esa experiencia, esa aventura compartida, que me regaló la certeza de que el exilio no era solamente un tiempo de penitencia. Yo recuerdo aquellas horas, aquellos años, con dolor y alegría: dolor por los que cayeron en el camino, como mi hermano Haroldo Conti, y alegría porque pude comprobar, lo que luego confirmé en mi exilio español: que poco o nada importan las fronteras del mapa y del tiempo. <