
Por:
Sergio B. Szpolski
Fontevecchia suele citar de modo profuso la dialéctica del amo y el esclavo elaborada por Friedrich Hegel. Que la mencione con habitualidad no quiere decir que la entienda o que alguna vez la haya leído. En la era de Internet eso ya no es necesario: con la simple utilización de Google, cualquier novato puede llenar sus textos con citas recortadas y simular haber leído a los autores. Pero, dejando de lado este detalle, diremos que el texto de Hegel en que se expone esta construcción teorica -nos referimos a la Fenomenología del Espíritu- pareciera definir la tempestuosa relación de JF con el Grupo Clarín. En la página 297 de la edición traducida por Manuel Redondo, Hegel afirma "para la servidumbre (el siervo) la esencia es el señor; por lo tanto la conciencia autónoma que es para sí (la del señor) es para la conciencia servil la verdad". Sólo bajo esa interpretación puede entenderse que apenas unas pocas líneas después de que JF afirmara en su editorial del domingo pasado que "Editorial Perfil fue la más perjudicada cuando el precio de Papel Prensa era más barato que el importado y tuvo siempre que importar todo su consumo porque no le vendían papel nacional", pudiera insistir en que la regulación estatal sobre la producción de papel es más peligrosa que "el abuso de posición dominante que pudieran ejercer Clarin y La Nación".
Esta concepción deslegitima la construcción colectiva que ha hecho la Argentina de su democracia, en la cual el Estado debe cumplir, en nombre de los ciudadanos, el rol de imponer límites a los poderes concenrados. Tal como lo explica Hegel, JF acepta servilmente como su verdad la escencia de Clarín quien lo ha sometido a más de un ultraje, incluyendo el boicot de anunciantes -reconocido por él mismo- en lo que fuera la primera etapa del diario Perfil, que finalizó en una convocatoria y 300 periodistas despedidos.
Preferir la posición dominante a la voluntad colectiva expresada en leyes que dicta el Legislativo y aplica el Ejecutivo es una desvalorización de la democracia como único resorte legítimo para ordenar el mercado e impedir que, en el libre juego de los poderosos y los débiles, estos últimos sigan aceptando la verdad de los grupos concentrados como única posibilidad de construcción colectiva.
Pero volvamos a la editorial del domingo pasado: JF no miente, asume como su esencia la verdad de Clarín. Por ello, quienes no hemos sido domesticados podemos rebatir algunos de los argumentos esgrimidos en esa columna.
Dice JF: "Hace veinte años, tener o no tener acceso al papel que producía Papel Prensa era determinante, porque diferencias de precio del 30% al 50% respecto del papel importado hacían casi inviable cualquier competencia. Pero en la última década hubo cambios sustanciales. Mientras el cobre, la soja, el petróleo, hasta la madera y todas las materias primas, duplicaron en promedio su precio en diez años, el papel es la única commodity que cuesta menos."
Primero: no es para nada desdeñable que el origen de acumulación del Grupo Clarin haya sido ese 50% del precio al que se refiere JF. Sólo ese dato habría merecido por parte del autor una reflexión sobre la perversidad del mecanismo de crecimiento del que se valió el mencionado grupo. Segundo: no es cierto que la caracterización del papel como commodity lo deje afuera de la posibilidad de ser regulado por el Estado. Es más: en los países centrales, todas las demás commodities mencionadas por JF están sujetas a medidas proteccionistas que, en muchos casos, violan las regulaciones de la Organización Mundial del Comercio. Tercero: es falso que el precio del papel importado sea inferior o igual al de Papel Prensa. Y en este punto seré cuidadoso, pues nos une a Editorial Perfil un vínculo comercial cuya confidencialidad no violaré, pero sí diré que el precio del papel importado que nos provee es sensiblemente superior al que pagaríamos en Papel Prensa hoy, que a su vez es sensiblemente mayor que precio al que Papel Prensa vendía esta commodity a los demás diarios antes de la resolución de la Secretaría de Comercio, que la obligó a igualar los precios; medida convalidada en la justicia en primera y segunda instancia.
En otro párrafo, JF dice: "Se están cerrando plantas de papel de diario en distintos países porque pasaron a perder dinero." Esto es falso. No sólo no se están cerrando fábricas de papel, sino que a partir de las regulaciones que la Unión Europea puso en materia de ecología y ambiente, muchas de esas plantas de papel y de pasta de papel son trasladas a países periféricos. Para demostrarlo basta el ejemplo de la fábrica de pasta de papel ubicada del otro lado del río que JF puede observar desde un piso 14, el de su cuidada oficina.
Dice JF en otro párrafo: "Esto no quiere decir que Clarín y La Nación no continúen obteniendo beneficios por Papel Prensa, aunque sean cada vez menores. Tampoco sería lógico que el Gobierno quisiera imponer el mismo precio para todos porque iría en contra de la lógica económica de menores precios a quien compra mayores cantidades: es lo que se enseña en cualquier facultad de ciencias económicas como bonificación por volumen."
Es correcto que en este párrafo perdido acepte que toda su tesis es incorrecta, al afirmar que los dos diarios tradicionales siguen obteniendo beneficios. Lo incorreccto es que en una empresa que fabrica el insumo escencial de la libertad de expresión el Estado deba tolerar la lógica económica de las escuelas de negocios liberales y no la de las "facultades de ciencias económicas" sobre una bonificación por volumen. El volumen de la palabra escrita no está vinculado a la cantidad de papel que usa, sino a las ideas que intenta compartir con el lector. El mercado es un pésimo árbitro para la libertad de expresión. Por el contrario, en una sociedad democrática, el Estado constituido por sus tres poderes es la única garantía para que todas las voces puedan ser leídas
Agrega JF: "Exagera el Gobierno al decir que hoy quien controla Papel Prensa controla los diarios." Es posible que los 180 diarios que no tuvieron durante décadas la posibilidad de comprar el papel a un 50% de su valor de importación, tal como el mismo JF admite, sean una exageración frente a los ojos de alguien que, haciendo claudicar el discurso que mantuvo por más de 20 años, acepta ahora la verdad de su señor.
Como suelen decir los abogados: "a confesión de partes relevo de pruebas".
Aquí la última frase de la editorial de JF: "Al igual que la publicidad oficial, lo ideal sería que todo lo relacionado con la producción de contenidos se rigiera por criterios económicos donde el Estado interviniera para desmonopolizar, penar el abuso de posición dominante y garantizar -precisamente- la libre competencia, no para sustituir al mercado."
Libertad de competencia en lugar de libertad de expresión, nadie lo hubiera dicho mejor.
(*) Cursó estudios de Sociología en la UBA, se recibió de rabino en el Seminario Rabínico Latinoamericano, obtuvo su máster en Filosofía y Educación en la sede israelí del Jewish Theological Seminary of América y fue becario del Programa Jerusalem Fellows en la Universidad Hebrea de Jerusalén de Estudios de Posgrado.