Tiempo Argentino

Edición: 22 de Mayo de 2012 | Ediciones Anteriores

22 de Mayo de 2012

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La historia de Crisis, la revista que todo lo titulaba en minúscula

Se agotó rápidamente: dicen los libreros que el secreto fue la deliberada opción de fundadores y editores, imprimir una tirada por debajo de la demanda mínima esperada.

Por:
Alfredo Grieco y Bavio

Cuando en 1972 se publicó el primer número de la revista Crisis, se agotó rápidamente. Demasiado rápidamente. Los libreros de viejo dicen hoy que esto se debe a que, por una decisión tan deliberada como secreta, sus fundadores y editores habían impreso una tirada por debajo de la demanda mínima esperada. Esta novedad en el negocio de las revistas, casi vanguardista, fue sólo una de las muchas que los 40 números de la publicación aseguraron a un público que ya era fiel desde ese número que muchos no pudieron comprar, pero que muchos más leyeron. Una revista de la izquierda política, con un tono y enfoque decididamente rioplatenses, que debatía ideas, artes visuales y literatura. Al releer la colección con la distancia del presente, tal vez la mayor impresión que produce sea la calidad de la discusión,
y la competencia de la educación histórica y literaria de quienes publican y debaten. Con el tiempo, se ha vuelto menos fechada, y se la lee por sus textos. Más acá del valor que esos textos tienen para representar a una época mítica y mitificada, los '70, que tienen su fin en marzo de 1976.
   Como había ocurrido con otra gran revista argentina que hoy puede releerse por los mismos motivos -Sur, de Victoria Ocampo-, Crisis tenía por detrás a un interesado e interesante mecenas, Federico Vogelius (ver nota aparte), y eso marcó cierta capacidad de acción frente a otras revistas decididamente periodísticas e innovadoras de los '60, como Primera Plana y como el diario La Opinión que le era contemporáneo, y con
la que lo unían cierta visión no decididamente partidista de los hechos contemporáneos en la llegada del nuevo peronismo al poder en 1973, al que sin embargo acompañaron.
La unidad de los números era más problemática que temática. Era una revista rioplatense (el aporte del uruguayo Eduardo Galeano fue capital), sudamericana y aun latinoamericana, en un país que había sido nacionalista y europeísta, y publicada en una capital cuyo cosmopolitismo había sido construido sobre el olvido de las poblaciones que no fueran blancas. Justamente, Galeano acababa de publicar Las venas abiertas de América Latina, un libro que en muchos aspectos ha envejecido más que la revista misma, pero que era un intento por interpretar a la totalidad continental, sin nacionalismos de patria chica.
Entre las novedades que trajo Crisis para los lectores, se contó una que se ha vuelto tan común que nos impide, retrospectivamente, gozar de la revista como los lectores de entonces. Los títulos en minúsculas, la puesta en página que combinaba la letra apretada y los espacios en blanco, el uso de fichas que acompañaban a los textos, el diseño modular, el obligado blanco y negro, la preferencia por el dibujo sobre la fotografía son usos que se han vuelto costumbres en muchos medios gráficos, aunque sin la elegancia a la vez sistemática y en movimiento que tuvo entonces en Crisis.
   Entre las virtudes de contar con un mecenas estuvo la de poder combinar la actualidad más urgente -con una mirada política que faltaba en medios que debían responder a otros intereses, no fatalmente ilegítimos- y una visión del pasado que buscaba, y lograba, ser nueva. Como otra revista argentina, independiente y sin mecenas, Contorno, que debió a ello su corta vida, Crisis ofrecía una relectura y un nuevo canon de la literatura y de las artes nacionales, pero también continentales. De ese modo, alguien como Jorge Asís podía presentar fragmentos del diario de un novelista comunista, el ribereño Enrique Wernicke, mientras que en un número de mayo de 1976 podía publicarse al confesor de Eva Perón, Hernán Benítez, elogiando a un novelista y ensayista jesuita, el padre Leonardo Castellani. El mismo que, al almorzar con Jorge Rafael Videla, había pedido por la vida de Haroldo Conti, escritor y militante desaparecido. También en ese almuerzo, otro novelista, Ernesto Sabato, había callado. Un círculo se cerraba: había sido Sabato quien le había regalado a la revista su nombre, Crisis.  <