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Tiempo Argentino
Una fiesta recibió a Olimpo en su regreso a Primera en casa: miles de lucecitas de colores iluminaron el cielo de Bahía Blanca cuando el equipo apareció en el campo de juego. Y esa claridad, que nacía en la popular, se trasladó al cielo, sacudió las sombras que acechaban en la noche, y contagió a los futbolistas locales. Porque parecía que algo guiaba a Olimpo. Una convicción, una seguridad, algo especial. El equipo dirigido por Omar De Felippe mostró una de sus mejores versiones en ese primer tiempo, con movilidad en sus mediocampistas, sobriedad en su última línea y un par de guantes bien firmes, cuando Laureano Tombolini debió despejar al córner un cabezazo de Ariel Agüero, en la única llegada clara de Gimnasia La Plata en ese lapso.
Pero las luces, esas que antes señalaban el camino, se encapricharon. A los 12 minutos del segundo tiempo, cuando Olimpo mantenía su superioridad, cuando Diego Cocca ya había realizado las tres modificaciones con la intención de reacomodar a su equipo y de emparejar las acciones, el generador eléctrico del estadio Roberto Carminatti se recalentó. Y todo quedó a oscuras. El apagón sirvió para que los hinchas armaran su propio espectáculo: como si se tratara de un recital, encendieron sus teléfonos celulares para ponerle onda a un momento de zozobra. En las afueras del estadio, la luz brillaba. Sucede que en las afueras, las calles estaban iluminadas. Y ese contraste generaba cierto desconcierto. Las autoridades de Olimpo informaron que había que esperar, para que el grupo electrógeno se enfriara lo suficiente antes de volver a encenderlo. Y la espera se consumió entre declaraciones de los entrenadores ("vinimos acá a jugar, y queremos terminarlo", explicaba Cocca) y de los futbolistas. Media hora después, se hizo la luz. Y nada cambió.
El primer gol del encuentro fue, ante todo, una consecuencia. Un compacto de cualquier programa deportivo de la televisión podría desmentirlo, pues la imagen seca, lineal, advierte que el 1-0 llegó a través de una pelota parada, luego de un córner desde la izquierda ejecutado por Rolle, en el que Mosset capturó la pelota para mover la red del arco de Sessa con un derechazo bajo. Pero también hay que observar cómo se llegó a ese córner. Y fue gracias al toqueteo que los bahienses habían producido, una vez más, en esa zona vacía que se formaba entre la defensa y el mediocampo del equipo de Diego Cocca. El fin, en este caso, estaba atado al cómo.
Tanto sufrió el Lobo por el sector derecho que el entrenador, en el entretiempo, decidió dejar en el vestuario a Ricardo Moreira, una víctima del dos contra uno que proponía Olimpo en esa zona. Claro que no se trataba de una cuestión de rendimiento individual, sino de funcionamiento colectivo. El parche, entonces, no funcionó. Olimpo siguió llegando, a veces por izquierda, y ahora a veces por la derecha, con Martín Aguirre.
Buenas señales, sin duda, para un equipo que es perfectamente consciente de que deberá sumar de a tres cada vez que se le presente la oportunidad, porque la temporada es larga, pero el promedio del descenso siempre aprieta, y más para cualquier recién ascendido. No se trata de un equipo lujoso, sino más bien de un conjunto en el que todos visten de overol. Pero ahí, justamente, es donde está su secreto. Eso, a su manera, lo hace brillar. Y mientras haya luz... <