
Por:
María Rosa Lojo
Las alturas de la caja son anormales. Se rompe la simetría de los pisos bajos y la soledad de los cubículos. En cada panel uno de los rectángulos se ensancha para albergar una pareja de intérpretes o cantantes. Unos están sentados, otros de pie, al contrario que en los pisos bajos. Las alturas no los intimidan. Antes bien, parecen exaltarlos. Acaso extenderán en cualquier momento las alas de las túnicas para volar sobre la noche de terciopelo.
Es una caja de música y un baúl de mago y un teatro de titiritero, con títeres de túnica y turbante, que tocan instrumentos con formas y colores de animales floridos. Algunos cantan para tus oídos sordos y tu boca muda del lado de acá, donde estás gesticulando y hablándoles sin que ninguno te mire. En el centro de la escena, tras la espalda del Director, hay una ausencia, una figura que no ves pero que ellos saludan levantando las manos, obstinados y alegres. Es la Bailarina Desconocida: la que danzará al son del timbal, del tambor, del laúd y de la guzla. Liviana como una nena, toda ella es un velo tornasolado que imita un cuerpo. Dicen que se escapó de un circo donde la obligaban a ponerse en puntas de pie sobre el lomo de un elefante, y que ahora aprendió a girar a su antojo sobre la única cuerda del rabel, en vueltas redondas como los derviches.
Muy pronto la Bailarina se asomará en la foto, desplazará al Director que sólo muestra su espalda. En ese momento habrá un fogonazo y se hará la luz en la caja tapizada de negro. Tus ojos quedarán colgados del ruedo de su falda como cuentas de collar, tu escritorio se cerrará como esa caja dividida en rectángulos con focos de camerino, donde cantan y tocan músicos prisioneros.
María Rosa Lojo es escritora.
El último de sus libros es El Bosque de ojos.