
Por:
Alejandro Guerrero
A las nueve de la noche del 21 de noviembre de 2003, un hombre de traje salió en auto de la cárcel de Florencio Varela. En diciembre del año anterior había sido condenado a pasar ocho años en prisión. Se trataba de Francisco Trusso, culpable de estafas por unos 300 millones de dólares mediante maniobras fraudulentas en su Banco de Crédito Comercial (BCP). Menos de un año después fue excarcelado por la jueza Marcela Garmendia, porque el arzobispo de La Plata, Carlos Aguer, ofreció en garantía bienes por un millón de pesos. He ahí las ventajas, seguramente, de haber sido un banquero de Dios, miembro del Opus Dei, ex embajador argentino en el Vaticano, hombre de vínculos muy íntimos con la logia fascista Propaganda Due (P-2) y con el Banco Ambrosiano, la banca vaticana que cometió en su momento desfalcos por más de mil millones de dólares.
Esa excarcelación, ratificada por la Cámara Penal de La Plata, se complicó por otra causa contra Trusso, esta en Capital Federal, por fraudes con un crédito de 10 millones de dólares que la Sociedad Militar Seguro de Vida había hecho al arzobispado de Buenos Aires, por intermedio del BCP. Eran los tiempos de Antonio Quarracino al frente de ese arzobispado, y por aquella causa terminó preso su secretario, otro obispo: Jorge Toledo, luego titular de la diócesis de Avellaneda.
Esa segunda excarcelación también se consiguió, aunque Trusso no sólo había estado prófugo dos años, entre 1997, cuando se descubrió la estafa, y 1999, cuando Interpol lo detuvo en Brasil. Además, huyó de su prisión brasileña antes de ser extraditado, y recién a mediados de 2001 la policía lo detuvo en Miramar.
CREDITOS FALSOS. Todo comenzó cuando, en 1997, el juez Carlos Bruni recibió denuncias por irregularidades en algunos créditos otorgados por el BCP. Las primeras investigaciones dejaron al descubierto una estafa enorme: 21 mil préstamos otorgados por ese banco, por un total de 64 millones de dólares, a personas que no habían solicitado esos créditos y, por supuesto, menos aún los habían cobrado.
Todos esos supuestos prestatarios habían operado alguna vez con el banco de Trusso, fuese con tarjetas o en condición de simples usuarios de cajas de ahorro (cuentas sueldo), pero nunca habían solicitado préstamos. Sus nombres habían sido tomados de la base de datos del BCP para organizar una estafa de gran magnitud con esos créditos falsos.
Casi enseguida se descubrió que, además, el banco había falsificado saldos, desviado fondos al exterior y provocado daños por el doble del monto original: 120 millones de dólares. El asunto no terminó ahí. También se encontraron anomalías con títulos privados que involucraban, entre otros, a Corp Banca, el grupo chileno que controlaba por entonces al ex banco mendocino Buci; y a la familia Yarur, accionista principal del Banco de Crédito e Inversiones, de Chile. Así, lo defraudado llegaba a casi 300 millones de dólares.
Todo empeoró al saberse que 7600 ahorristas, estos sí reales, habían sido también estafados por el banco de los Trusso, que había desviado hacia bancos offshore de Bahamas unos 25 millones de dólares. Al tratarse de una operatoria no autorizada, esos ahorristas no pudieron recuperar su dinero cuando el banco, intervenido por el Central, fue vendido. En ese momento de la investigación, un allanamiento encontró que a una de las computadoras del BCP le habían sacado el disco duro, donde se guardaba información sobre las operatorias del banco con el exterior.
El escándalo rápidamente tomó dimensiones políticas, sobre todo cuando el fiscal Agustín Sequeiros demostró que las autoridades del Banco Central conocían la maniobra desde dos meses antes de comenzar la investigación judicial, y habían omitido su obligación de presentar la denuncia.
Finalmente, el 18 de diciembre de 2002, además de Francisco Trusso, fueron condenados su hermano Pablo, a siete años de prisión; Renato Della Nogare, a cinco; y Jorge Granitto, a cuatro. Todos ellos habían sido ejecutivos del BCP. Meses más tarde, todo el grupo quedaría en libertad.
LA BUENA VIDA DEL OBISPO. "Por haber confiado, ahora debo soportar la infamia y el manoseo", declaró el obispo Jorge Toledo cuando, también él fue excarcelado, aunque siguió bajo proceso acusado de administración fraudulenta calificada. ¿En quién había confiado erróneamente Toledo? En Francisco Trusso. Seguramente el obispo encontró razones para confiar y engañarse. Después de todo, poco tiempo antes, Toledo había vivido en un departamento lujoso del hotel Pierre, en el centro de Manhattan, y dispuesto de limosinas y tarjetas de débito para gastar a discreción, todo por cuenta de los Trusso. Así fue como los banqueros de Dios corrompieron la inocencia del obispo.
La Sociedad Militar Seguros de Vida, una institución vinculada con el Ejército, le había dado un préstamo de 10 millones de dólares al Arzobispado de Buenos Aires, pero ese dinero nunca fue asentado en los libros de la curia porteña. En principio, Toledo dijo que esa falta de asiento se debía a que se trataba de una operación personal de Quarracino, y en efecto había una firma del arzobispo que avalaba los dichos de Toledo. Quarracino bramó: él no había firmado nada, dijo. Pronto los peritajes le dieron la razón. La firma estaba falsificada, y todas las sospechas apuntaron a Toledo.
El escándalo empezó en mayo de 1998, cuando la Sociedad Militar denunció la captación maliciosa de ese dinero. En diciembre de ese año, la sede arzobispal fue allanada en busca de los balances del año anterior. Finalmente, todo se arregló de manera amigable en 2003, cuando la Sociedad Militar negoció el retiro de los cargos contra el arzobispado para accionar sólo contra el banco de los Trusso.
La familia Trusso es propietaria de un prontuario ventrudo. Su padre, Francisco Eduardo, fue asesor del Banco de Intercambio Regional, vaciado y quebrado fraudulentamente durante la dictadura militar, en uno de los derrumbes bancarios más estrepitosos de la historia económica argentina. También había sido director de la sucursal Buenos Aires del Banco Ambrosiano, la banca vaticana que cometió desfalcos por mil millones de dólares, con un banquero colgado del Puente de Londres y el jefe económico de la Iglesia --el cardenal Paul Marcinkus-- prófugo, resguardado de la policía en una Santa Sede transformada así en una especie de aguantadero.
El viejo Francisco Trusso había sido condiscípulo de Guillermo "Pajarito" Suárez Mason en el colegio La Salle, y allí anudó con él una amistad que nunca se perdió, como la pertenencia de ambos a la logia fascista Propaganda Due.
La historia del Banco de Crédito Provincial terminó con su venta a un grupo italiano para constituir el Merkobank (MKB), cuyo primer presidente fue Horacio Tomás Liendo, ex funcionario de Carlos Menem e hijo de quien fuera ministro de Trabajo y ministro del Interior de las dictaduras de Videla, primero, y de Viola después.
Asuntos de familia, como queda claro.<