Tiempo Argentino

Edición: 23 de Mayo de 2012 | Ediciones Anteriores

23 de Mayo de 2012

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Papel Prensa o la mujer del vestido de artesanía mexicana desbordado de flores

Por:
Cristina Villanueva

Estoy conmovida por la lectura  del reportaje en Tiempo Argentino a Lidia  Papaleo. Muy conmovida, tan conmovida que lloré y seguiría llorando.
El vestido de flores bordadas envuelve su embarazo a término. Yo también tengo una foto así, con mi pequeña hija mayor, junto a una amiga, también embarazada de su hijo mayor, en unas vacaciones que pasamos juntas en México.
Todos los que vivimos sin negación esos terribles tiempos, sabíamos y sabemos que en esa época no se podía hablar de tratos libres ni de libertad, en un tema de esa trascendencia. Menos aun cuando los diarios interesados demonizaban las figuras de los dueños de la empresa Papel Prensa. Cuando en el medio estaba la Junta Militar y no había ningún orden en el que ampararse. Cuando hacer aparecer al periodista Timerman y a los Graiver y a tantos otros como monstruos, por esa prensa que ahora se presenta como víctima, incitaba a la tortura y la justificaba. Todo eso lo sabía hace mucho tiempo y creo que a ninguna persona honesta le resulta una sorpresa que la empresa le fue robada a sus dueños, que firmaron por miedo. 
Lo que yo no sabía era que Lidia tenía ese vestido, y las manos de Graiver y las de ella entrelazadas sobre la panza. Y esa sonrisa de los sueños de un hijo o una hija por venir. Lo que yo no sabía es que aunque me oponía a todos los discursos oficiales de los militares y a todas las versiones de la prensa, de esa época algo quedó. Algo de esa basura que deshumanizaba a la gente que perseguían, me habrá infiltrado a mÍ también para que el contraste con esta mujer que habla de su amor con David Graiver, me tocara tanto. Seres humanos complejos, en un momento histórico complejo, matices. Ella relata la sensación de su duelo reciente por la muerte de su amor. Dice que fue como dejar de tener piel, que es como dejar de tener una protección, en un país en el que no había ninguna protección frente a un poder sin límites. Yo sentí algo parecido en el año 2001, con la muerte de mi amor. En ese momento, mi duelo se enredó con lo que pasaba en el país. Una crisis de tal magnitud  que me hacía sentir indefensa y sin suelo debajo de los pies. Sentía que mi patria se había perdido, sin esperanzas y sin moneda. Espero que no nos olvidemos de los muertos que dejaron los que hoy hablan de institucionalidad, y de la alegría de haber vuelto a tener un país donde dos periodistas pueden hacer una nota como esta.