
Por:
Nicolás Recoaro
Una isla rodeada de tierra. Así definió Augusto Roa Bastos, "el supremo" escritor paraguayo, a este país sudamericano que ocupa un sitio imaginario cercano al vacío dentro del variopinto entramado literario de nuestro continente. Es que en el mapa de la literatura latinoamericana, las letras paraguayas ocupan un lugar incierto, una incógnita cargada de estigmas y estereotipos ("el pozo cultural", "la isla periférica" y hasta "el país misterioso, lleno de naranjas y dictadores y bellos habitantes que hablan guaraní") que decretaron el aislamiento y marginalidad de las obras paridas más allá de los límites del río Pilcomayo, el Chaco y las frondosas selvas misioneras. Sin embargo, y pese a los mañosos esfuerzos de una senil esfera ligada a la élite tradicional, la literatura paraguaya contemporánea muestra que late al calor de los nuevos tiempos que vive el país. Un Paraguay no tan misterioso y gobernado en su bicentenario por un ex obispo tercermundista, con más hectáreas sembradas con soja transgénica y marihuana que naranjas, más mafiosos ligados al Partido Colorado que dictadores y con una población diversa que espera la reforma agraria y que hace del trauma de la diglosia terreno fértil para que muchos escritores generen novedosos experimentos lingüísticos. "El guaraní sigue siendo la lengua baja, de la calle y del campo. Una lengua que rompe todos los purismos académicos y que cuando llega al libro pierde mucha vida. Para mí el Paraguay real está en la mezcla, y mientras no seamos capaces de enunciarnos como pueblo guaraní, es muy difícil hacer todo el resto", me contó hace algunos años el poeta y narrador Cristino Bogado, mientras compartíamos un tereré en los laberínticos pasillos del populoso Mercado 4 de la capital Asunción.
Varios factores influyeron para que la literatura paraguaya no pudiera ser apreciada más allá de los límites de sus fronteras nacionales: su comienzo problemático y tardío, el aislacionismo de los gobiernos de Francia y de los López, la Guerra de la Triple Alianza y el volver a nacer después de la derrota y, por supuesto, el cerrojo político, económico y cultural (con destierros de los popes Roa Bastos, Gabriel Casaccia y Elvio Romero) que impuso la dictadura de Alfredo Stroessner y su larga noche de 30 años.
El Paraguay es el único país cuya bandera muestra dos caras con imágenes diferentes. El único que celebra dos fechas de independencia. El único de América donde los conquistadores adoptaron la lengua de los conquistados y el primero que se reconoció bilingüe. A diferencia de lo que ocurrió en Bolivia, donde la división lingüística se corresponde con límites étnicos, en Paraguay el guaraní es lengua de la sociedad toda. Muchos de los narradores contemporáneos del Paraguay escriben (mezclan, unen retazos o reinventan) en esta lengua con diversos grados de corpulenta impureza. Al jopara, denominación de la mezcla de guaraní y castellano, emblema de plato de pobre que reúne en partes siempre desiguales arroz y frijoles, se suman o reemplazan otras formas de heteroglosia, como el portuñol de las fronteras con el Brasil, a su vez hibridado o mestizado, sin plan ni hipóstasis alguna, con otras formas de guaraní y con otras lenguas y hablas indígenas, que puede apreciarse en las obras de jóvenes escritores como el brasiguayo Douglas Diegues, el asunceno Edgar Pou y el triplefronterizo Damián Cabrera. Porque en el "país del contrabando", cruzan fronteras las personas y las mercancías, pero también las lenguas, y el portuñol naturalizado o "salvaje" llega de la mano del brasiguayo, y los dialectos guaraníes en el equipaje del migrante campesino. Y muchos narradores eligen alguna de esas identidades transitorias, muchas veces revocables.
Tras la calibrada huida del "Tiranosaurio" Stroessner a Brasil, tras el golpe de Estado familiar de su yerno el general Andrés Rodríguez en la noche del 2 de febrero del año '89, la literatura del Paraguay ha vivido desarrollos antes impensados o menos transitados. Pero también ha continuado otros antes germinales, y aun ha discontinuado o marginalizado unos terceros. Lejos del aura costumbrista y folklorizante, la nueva protagonista de la literatura paraguaya post Stroessner es la ciudad, en especial la capital Asunción. La novela El Rubio del guaireño Domingo Aguilera, los cuentos de la arribeña Montserrat Álvarez, los relatos del luqueño Javier Viveros y el minimalismo del asunceno Nicolás Granada conforman un buen botón de muestra del trabajo de algunos escritores que exploran el incipiente universo urbano. Relatos que abordan la desestructuración social y la migración del mundo rural, tramas que bailan el ritmo cumbiantero y cachaquero de los barrios populares, voces olvidadas que afloran desde el submundo e historias que bucean el pesado under capitalino.
En una de mis últimas visitas a Asunción, cerveza Pilsen de por medio para evitar el asfixiante calor de la capital, el cuentista José Pérez Reyes me confesó: "Los escritores paraguayos nos miramos mucho en el espejo de lo que se escribe afuera del país. Pero ahora estamos dándonos cuenta de que también podemos construir nuestro propio espejo. Un espejo que muchas veces parece sucio, roto o manchado. Un espejo que de algún modo muestra una imagen medio borrosa y difusa, pero una imagen que construimos nosotros mismos."