Tiempo Argentino

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19 de Junio de 2013

+Buenos Aires

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El reino de todos los mundos posibles

El poeta chileno murió el 25 de abril. Fue un maestro para muchos de sus colegas argentinos, experimentó la escritura como una alegría e hizo de la poesía su propia lengua.

Por:
Daniel Freidemberg

Solía formarse una ola de simpatía en torno de él cada vez que venía a la Argentina. Fue un hombre muy querido por los poetas argentinos de las tres últimas décadas, muchos de los cuales lo admiraron como a un maestro. Más que a cualquier otro poeta chileno, exceptuando a Pablo Neruda; pero, si lo que se tiene en cuenta es el afecto al hombre de carne y hueso, la buena onda que suscitaba Gonzalo Rojas no tiene comparación.
Alguna vez Nicanor Parra, su gran colega, compatriota y coetáneo, ironizó sobre "el incurable surrealismo de la escuela de Buenos Aires", y algo tal vez tenga eso que ver: como nuestro Enrique Molina, al que se asemeja en más de un aspecto, Rojas viene de los alrededores del surrealismo, y bastante de aquella aventura de los sentidos y de aquel juego de la imaginación insiste en sus versos, como la energía vital con la que los surrealistas supieron animar las palabras, y el humor, y las ráfagas de delirio, tanto como la carnalidad espesa -más espesa y material en Rojas que en los surrealistas- y el irrenunciable espíritu rebelde, ese mal llevarse con las convenciones de la vida burguesa y el sentido común.
Como Molina también, Rojas está entre quienes mejor lograron hacerse cargo de la turbulenta propuesta de "poesía impura" que concretó Neruda en 1933 con Residencia en la tierra (una poesía, decía Neruda, "gastada como por un ácido por los deberes de la mano, penetrada por el sudor y el humo, oliente a orina y a azucena, salpicada por las diversas profesiones que se ejercen dentro y fuera de la ley"), pero a esa herencia y a la de los surrealistas, y a las tempranas preferencias por los románticos alemanes, se agrega, decisiva, la marca de César Vallejo. Más que en cualquier otro poeta chileno, probablemente, la entonación desnuda y franca del peruano subyace como un contracanto básico en la poesía de Gonzalo Rojas, con lo que tiene de desolado y balbuceante, y también de coloquial. Ya está todo eso ahí, en su primer libro, Miseria del hombre, uno de cuyos poemas, "La poesía es mi lengua", planteaba a quien quisiera atender: "Ya sé que el sol de la muerte me está haciendo girar en un eterno proceso / de rotación y traslación llamado falsamente Poesía. / A veces, como hoy, esta aparente confusión me hace reír a carcajadas. / Este torbellino de palabras volcánicas como una erupción, / que son una amenaza para los sacerdotes del soneto y el número."
Sin esa obsesión, la de la inevitabilidad de la muerte, no se percibe la compleja dimensión del pensamiento que esta poesía desplegó, y en torno de esa obsesión la escritura orbita como un cuerpo estelar, convencida de que escribir o vivir la poesía es lo mismo que zambullirse en la concreta vida terrestre y viceversa, sabiendo que no se debe a confusión alguna esa coincidencia de vida y escritura, y tomándola más bien a risa, entre palabras que fluyen arrebatadas, incontenibles y turbias. "Estoy perdido para el mundo -agregaba el mismo poema-, / aunque mi reino sean todos los mundos posibles, / porque yo soy el testigo de mi propia creación. / Mi creación es mi pasión. Por eso hago soplar los vientos / para que den testimonio de mis llamas." Es muy difícil, cuando uno quiere dar cuenta de cómo es y de qué se ocupa la poesía de Rojas, no citar sus versos. Ahí está todo dicho, una y otra vez, porque es una poesía que mientras va haciéndose va pensándose, o que, más bien, hace del pensar un hacer, ya que no tiene cómo pensar la escritura sin pensar la aventura de moverse en el mundo: no hay diferencia entre una cosa y otra.
Miseria del hombre es de 1948, cuando su autor tenía 31 años, una edad tardía en comparación con la habitual en los primeros libros de poesía. El siguiente, Contra la muerte, apareció 16 años después, y recién 13 años más tarde, en 1977, el tercero, Oscuro. No está precisamente Rojas entre los poetas más "productivos", y aunque hay cerca de una veintena de títulos en su bibliografía, en general son volúmenes con poemas de libros anteriores a los que agrega otros, un criterio nada caprichoso ni oportunista, porque en realidad Rojas fue escribiendo un único libro a lo largo de los años, o como si cada poema fuera un movimiento de una gran obra, que se despliega enérgica y ensimismada en sus propias profundas razones.
¿Qué encuentra uno en esa obra? Habría que hablar de una visión contradictoria, lúcida, inestable y audaz del mundo, o más bien de los modos de estar en el mundo, que es un estar fugaz y provisoriamente, siempre buscando hacer contacto con la prodigiosa maravilla de lo que realmente existe, en sus manifestaciones más materiales y particulares, entre ellas las mujeres deseadas y amadas. Es milagroso el contacto con lo concreto porque se lo sabe condenado a deshacerse, a pudrirse, y porque el "hambre de vivir" que los poemas invocan tiene lugar contra la oscuridad sin fin de la nada. Habría que hablar, tal vez, de un radical escepticismo festivo, que puede mirar de frente la fatalidad porque le gusta reír y de entrada aprendió a no tomar nada muy en serio, si por "no tomar en serio" entendemos un rechazo a la solemnidad, una decisión de "no creérsela" que mucho tiene que ver con los vínculos con la vida popular que el poeta nunca dejó de mantener.
De ahí la soltura de los versos. Hay una alegría de escribir, aun las cuestiones más terribles: de gozar un juego se trata, el de meterse con todo en todo lo que tiene que ver con la vida, lo bueno y lo malo, sin atenuarlo ni disfrazarlo y asumiéndolo sin vueltas. Como Rojas supone que hay que vivir, con los ojos abiertos y envuelto en la música imparable de las palabras que, como las cosas de la vida, van urdiendo entreveradamente su marcha. Lo que no implica que falte la precisión o la medida: pocos, muy pocos, conocieron tanto y supieron manejar en el siglo XX las formas de versificación, los metros, los ritmos, las sonoridades y los tonos, y es admirable cómo, sin que decaiga nunca la sensación de espontaneidad, cada palabra, cada frase y cada comparación parecen cuidadosamente escogidas, como parecen cuidadosamente calculados los cambios de entonación, las pausas, las interrupciones, los saltos en el sentido, el arte del montaje.
Hijo de una familia minera, Gonzalo Rojas nació en la sureña Lebu en 1917, vivió en varias ciudades de Chile y, durante el exilio al que lo llevó la dictadura de Augusto Pinochet, en la República Democrática Alemana y Venezuela. Fue profesor en universidades de su país, de la RDA y de los Estados Unidos, y diplomático en China y Cuba durante el gobierno socialista de Salvador Allende.
Entre otros premios, tuvo el Nacional en su patria y el Reina Sofía y el Cervantes en España.
Murió el pasado 25 de abril, y quien busque acercarse a sus poemas descubrirá, muy probablemente, una palabra tan viva hoy como cuando fue escrita, o más. <