
Por:
Tiempo Argentino
El reportaje que al fin pudimos lograr con la testigo clave que padeció el terrorismo de Estado, cuyo testimonio personal es medular en la causa Papel Prensa y el vínculo entre los tres diarios (oficialistas del terror) y las tres armas, era un anhelo desde que comenzamos a investigar el traspaso de la empresa a manos de los socios civiles de la última dictadura militar: los diarios Clarín, La Nación y La Razón.
De Lidia Papaleo se habían dicho muchas cosas inexactas. Que era una mujer multimillonaria que nunca estaba en la Argentina y que se la pasaba viajando por el mundo, que nunca daría un reportaje a ningún medio de prensa, que aquel miedo antiguo, el miedo del camastro de las torturas, todavía la mantenía paralizaba.
Nos encontramos con una mujer dueña de una integridad notable. A pesar de todo lo que padeció: un secuestro, vejámenes, golpes, manipulación psicológica, escarnio público, difamación, despojo económico, prisión, y el enigma perenne de la muerte de su esposo en México; Lidia no se quebró. Y lo demuestra aquí, en donde accede a una entrevista periodística por primera vez en 34 años, relatando con detalles la locura interminable de Ramón Camps y su patota de psicópatas.
"Ellos querían que yo dijera sí o sí que Perón le había entregado a Gelbard una cantidad de lingotes de oro que habían dejado los nazis, en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, con la aparición de submarinos alemanes en la costa de Mar del Plata. Todo era un delirio absoluto. Pero estaban obsesionados por un supuesto plan siniestro de los empresarios judíos que venían a apropiarse de la patria... Estaban enfermos, estaban locos."
La viuda de Graiver, en esta entrevista con Tiempo Argentino, recordó, incluso el olor del miedo.
"Cuando una persona es torturada -dice- su cuerpo desprende un olor tan particular, es el olor a la adrenalina, porque uno es sometido a tanta presión, a tanta angustia, a tantos golpes, que el cuerpo se contrae y exhala ese olor que uno nunca se olvida."
Mientras Lidia habla, su hermano, Osvaldo, atiende el teléfono.
Uno de los llamados es de un reconocido dirigente que se solidariza con la familia, pero admite que no está en condiciones de salir a apoyarlos públicamente.
Lidia no opina, hace una pausa y mira la ventana. Bebe su té.
Está acostumbrada al silencio de los otros.