
Por:
Tiempo Argentino
Privilegiada por la naturaleza, Misiones, de verdes follajes y tierras coloradas, es reconocida internacionalmente como destino emergente. Si bien las Cataratas del Iguazú representan una de las maravillas del mundo, que le merecieron ser declaradas por la Unesco Patrimonio de la Humanidad, la actividad turística misionera crece en todo el territorio provincial, poniendo en valor muchos otros atractivos naturales, históricos y culturales.
Comunidades de inmigrantes provenientes de distintas partes del mundo aportaron sus ricas cuotas de cultura a la tradicional, forjada en la vieja alianza entre los pueblos guaraníes y los misioneros jesuitas, convirtiéndose en una región cosmopolita y sede de la Fiesta Nacional del Inmigrante, en la que las comunidades visten ropajes de sus terruños, comparten costumbres, bailes, cantos y comidas con todos aquellos que tienen la suerte de acudir al encuentro.
Entre otros atractivos no menos espectaculares para visitar se encuentran los Saltos del Moconá ("el que todo lo traga" en lengua indígena), ubicado en un paisaje de sierras y selva sobre el Río Uruguay, en el centro de Misiones. Un enorme cañón de tres kilómetros de largo con caídas de agua insólitamente paralelas a su cauce se precipitan desde 25 metros de altura.
Aguas arriba, el Río Uruguay se abre en dos brazos; mientras uno sigue el declive del terreno, el otro corre sobre una base rocosa por encima del primero cada vez a mayor altura, hasta que vuelven a juntarse formando un inmenso torrente que se resuelve en cascadas laterales a su cauce.
Toda esa área es considerado Parque Provincial, incluyendo la Reserva de Biosfera Yabotí.
Además de la pura admiración de esa impactante naturaleza rodeada de verde, es un espacio apto para safaris fotográficos, rafting con gomón, paseos en lancha a motor, salidas con canoas, kayak, además de vistas a las aldeas aborígenes radicadas en el lugar.
Se accede a través de la RP 2, partiendo desde la localidad de El Soberbio, distante 80 kilómetros. Se llega además por la RP 21, y desde San Pedro, ubicada sobre la RN 14, por un camino de tierra,
Wanda, también ubicada en las márgenes del Río Uruguay, es particularmente conocida por sus yacimientos de turquesas, amatistas, ágatas, jaspes, topacios, y cristal de roca, que pueden ser adquiridas por los turistas. Los yacimientos están localizados a sólo 2 kilómetros hacia el oeste de esa localidad, a los que se accede desde El dorado, transitando hacia el norte por la RN 12.
A 20 kilómetros de la ciudad de San Ignacio, bordeando el Paraná, está emplazada en un tranquilo paraje, como lugar de descanso y contemplación, la localidad de Corpus.
Sus paisajes de tierras rojas se interrumpen por las diferentes tonalidades que ponen las actividades agrícolas, particularmente las chacras, además de una contrastante forestación de pinos y plantíos de citrus, ubicados cerca del río.
El Complejo Turístico Curupaytí es otra opción para disfrutar a orillas del arroyo homónimo. Cuenta con una refrescante pileta y mucha sombra para pasar un día de descanso recreativo. Cruzando en lancha hasta Isla Pindoí, la oferta dispone de pintorescas cabañas en espera de turistas que deseen descansar, contemplar los imperdibles atardeceres, realizar caminatas por senderos que se pierden entre la abundante vegetación o practicar pesca deportiva. Un exuberante monte misionero, tapiza la mayor parte de ese territorio isleño.
Otro gran atractivo turístico, tanto por lo que muestran como por lo que representan, son las místicas Ruinas de la Misiones Jesuíticas Guaraníes. Un testimonio vivo que trasciende desde ese particular pasado histórico, religioso y cultural sudamericano, que despierta admiración por sus monumentales estructuras y por los conocimientos arquitectónicos que demuestran poseer eso pueblos.
Las misiones jesuíticas, fueron poblados fundados por la Compañía de Jesús entre las comunidades guaraníes y otras afines, con un objetivo primordial: su evangelización.
El circuito turístico por las ruinas es una contribución al conocimiento popular de la historia de la colonización y la evangelización en aquellas difíciles épocas de la conquista española. El recorrido que hoy realizan los turistas hace escala en los sitios donde las ruinas dominan el paisaje, invitando a viajar en el tiempo y a vivenciar aquellos acontecimientos.
En el lugar de acceso a las Ruinas de San Ignacio Miní, las más destacadas y reconocidas, se habilitó un Centro de Interpretación y Recreación Jesuítico-Guaraní, donde se presenta en nueve salas una secuencia del pasado, que parte de la llegada de los primeros españoles; incluye una maqueta a escala de lo que fueron las reducciones y culmina con un espectáculo de luz y sonido que revive lo sucedido entre los siglos XVII y XVIII.
En estado más natural, confundidas con la selva, se encuentran otras ruinas menores, no menos interesantes, como las de Nuestra Señora de la Candelaria, situadas a 19 kilómetros de Posadas; las de Santa Ana distantes a 40 km; las de la Misión de Nuestra Señora de Loreto, a unos 50 km y las de Santa María La Mayor, pasando Itacaruaré. Son las postas principales de ese circuito histórico-cultural, que las ha cedido al conocimiento popular y al patrimonio de la humanidad.
Más allá de lo que testimonian, exhiben una exquisita muestra arquitectónica de época y lugar, ornamentadas con figuras de la simbología guaraní, que a la vez permiten apreciar la organización de las ciudades, en las que la plaza y el templo funcionaban como ejes estructurales.
Recorrer las ruinas sin conocer aspectos de por qué fueron construidas, cómo funcionaban y por qué hoy son justamente ruinas, es quedarse en la contemplación arquitectónica.
Las Misiones Jesuíticas se establecieron en el siglo XVII en territorios indígenas, como un acuerdo de mutua conveniencia. La filosofía político-religiosa guaraní perseguía como último fin, además del control de los recursos del ecosistema selva, la búsqueda de la Tierra Sin Mal, cosa que los jesuitas supieron aprovechar. Ellos aportaban la doctrina del Camino al Paraíso, compatible con el camino de la perfección guaraní, quienes, a su vez, aprovecharon las circunstancias, considerando a una alianza con los jesuitas, como un dique de contención frente a la creciente expansión del frente colonial hispano portugués.
La forma de lograr ambos objetivos fue la unificación bajo la protección de las leyes de la corona, de las que los jesuitas eran garantes.
Y se concretó el acuerdo con la aceptación, por parte de un importante grupo de líderes políticos guaraníes, de los símbolos de protección divina y jurídica a cargo de la Compañía de Jesús. Otro sector indígena disidente, lejos de aceptar el acuerdo, entró en abierta guerra con sus propios connacionales.
En 1750, España y Portugal acordaron un Tratado de Permuta, por el cual España cedía a Portugal 500 mil km2 de territorio, que incluían siete de los prósperos pueblos guaraníes y estancias pertenecientes a las reducciones. A cambio recibía de los portugueses la Colonia del Sacramento.
El tratado obligaba a 29.191 guaraníes a salir de la región con sus pertenencias dentro del plazo de un año o quedarse y aceptar la soberanía portuguesa. Los caciques de los pueblos desalojados se declararon en rebeldía y tomaron las armas de fuego guardadas por los jesuitas. En 1754 el Rey de España ordena tomar por la fuerza los territorios de los pueblos sublevados y entregárselos a los portugueses. Luego de algunos encuentros, quedó demostrada la superioridad de los aliados europeos, hasta que en 1756, las tropas indígenas fueron cercadas y exterminadas. Las misiones se despoblaron, volviendo los indígenas a los montes para escapar de los portugueses. Las consecuencias de la guerra fueron la destrucción de las misiones, completada a partir del abandono de los guaraníes de sus territorios.
Los jesuitas, acusados de ser los instigadores de la resistencia, fueron expulsados en 1758 de Portugal y de sus dominios y en 1767 de España y de los suyos. La orden fue disuelta por la Santa Sede. <