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Brian Majlin Desde Río de Janeiro Para Tiempo Argentino
A pocos días de su victoria en las elecciones presidenciales, Dilma Rousseff había consignado que Brasil podría superar la pobreza extrema hacia 2016. A tiro de sus primeros seis meses de gobierno, la autopista que separa el Aeropuerto Internacional del centro de Río de Janeiro está cubierta por una mampara plástica que tapona la visual entre los vehículos y las favelas. Quizás sean resabios de la visita del presidente de los EE UU, Barack Obama, que estuvo hace dos meses en Río. Luego de aquella cumbre bilateral, los analistas empiezan a vislumbrar políticas que vinculan más a Brasil con Washington, aunque en las calles de Río y San Pablo la gente aún es cauta y no ve grandes cambios desde que se fue Lula da Silva, al comenzar este año.
"No ha cambiado nada aún, recién comienza, pero sigue lo mismo que antes", explica en un suspiro María del Carmen, morena y de unos 60 años. Viste de blanco, como bahiana, tiene rulos eléctricos y una voz aflautada. Canta y se muestra alegre. Dice que siempre está alegre: "Aunque no haya mucho dinero." Vende, hace más de 20 años, en la feria callejera de Copacabana, en pleno centro de la ciudad. En esa feria que el prefecto de Río quiere sacar pero no puede por ley.
Desde que fue investida con el poder presidencial, Rousseff sostuvo la política interna y externa del metalúrgico. Sin embargo, la decisión de apoyar a la ONU en su cruzada por investigar supuestas violaciones a los Derechos Humanos en Irán y las reuniones comerciales con los EE UU y China -sumado a la constante revalorización del Real y una incipiente inflación, que influyó en la disputa comercial con la Argentina-, dejan ver algunas novedades. Marco Aurelio García, el asesor de asuntos externos de Lula y Dilma, admitió hace un tiempo que la política exterior estaba más entregada a los Derechos Humanos que a las cuestiones sociales.
En la versión brasileña de Le Monde Diplomatique, el politólogo y profesor de la Universidad de Campinas, Sebastião Velasco, destaca que Brasil es importante para los EE UU, y que, si bien no es considerado de la misma manera que India y China, es visto como un factor decisivo a nivel mundial de aquí a diez años, por los continuos descubrimientos de petróleo. Desde hace unas semanas, Petrobras avanzó del cuarto al tercer lugar en el PCF Energy Ranking, que destaca las 50 mayores empresas de energía que cotizan en Bolsa. Esta semana, se anunció la construcción de la tercera represa hidroeléctrica más grande del mundo. La energía es el tema clave en este Brasil influyente del nuevo siglo.
Tal es su grandeza en materia energética que dispuso un regalo especial y triplicó las tarifas por la energía de Itaipu en el Bicentenario de Paraguay. Aunque el presidente paraguayo, Fernando Lugo, lo viera como su propio triunfo.
Velasco deja clara la relevancia de Brasil: "Es demasiado importante para descuidarlo." Por lo mismo, otros analistas se sorprendieron de que los EE UU no se jugaran por la inclusión de Brasil como miembro permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. Sobre todo tras la decisión de Rousseff sobre Irán.
En la misma edición de Le Monde, Raphael Neves, abogado y máster en Ciencia Política por la Universidad de San Pablo, explica la situación: "Con Dilma hay ahora una postura más pragmática. Tenemos mucho poder y vamos aprendiendo cómo actuar en el panorama internacional." Y agrega que "Brasil está virando sus alianzas Sur-Sur, por otras con países desarrollados, cuando es conveniente para sus propios intereses".
Velasco, sin embargo, destaca que la primera visita oficial de Rousseff fue a la Argentina y que aún se sostiene la postura de Lula en la Unasur, ambas caras de una misma moneda: la relación fuerte y clara de Brasil con Latinoamérica. Es lo mismo que expresó Dilma a finales de abril, cuando habló de la estrecha "relación con todos los países de la región", ante un auditorio de diplomáticos de Itamaraty.
Mientras los analistas hacen sus apuestas, los habitantes de Río siguen con su propia mirada: "Nada ha cambiado", insiste María del Carmen. Y se apura en aclarar: "Y no lo digo como bueno. Yo soy de Belo Horizonte, como la presidenta, pero no creo que haga mucho por nosotros. Tampoco lo ha hecho Lula; ni por Río, sólo ha mejorado algo del Nordeste."
Mariana, otra morena, aunque con 10 o 15 años menos, precisamente es del nordeste aunque trabaja vendiendo artesanías en las calles de Ipanema. Los ojos le brillan cuando habla de Lula. Ella no desgrana críticas: "Lula es lo mejor que le pasó a este país, mejoró la vida de todos nosotros, de cada trabajador. Dilma es su sucesora, y hará lo que él mande. Por suerte."
Nina, en cambio, no está tan segura. Es paulista, empresaria de la industria automovilística. Salvo Nina, ninguna de las otras entrevistadas destaca el hecho de que son mujeres, como la presidenta. Y a Nina, que no le gustó mucho Lula -"aunque no lo detesto tampoco, me fue bien con su mandato", señala-, Dilma le genera cierta expectativa. "Me gusta que sea mujer, nos pone en un buen lugar, como ustedes que tienen a Cristina Kirchner. Yo prefería a (José) Serra, pero hasta aquí no hay novedades. Estamos expectantes." <