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Hoy se cumplen once días de un silencio que aturde.
Once días en los que Clarín decidió no informar a sus lectores sobre una noticia de indudable interés público, como el de la represa ilegal de su vicepresidente, Héctor Aranda, en Corrientes, que comenzó como la avivada de un empresario que se privatizó un río público para plantar arroz en sociedad con George Soros y ya generó un conflicto ambiental-diplomático que tensa las relaciones con Uruguay, todavía malheridas por el largo conflicto respecto de Botnia.
Once días de negación frente a lo muy evidente. Y resulta interesante destacarlo, porque cuando lanzamos Tiempo Argentino a la calle lo hicimos convencidos de que era necesario ensanchar los límites de la libertad de expresión, mutilada por las posiciones oligopólicas del sistema tradicional de medios. No nos equivocamos. Nos contaban sólo una parte. Nosotros queríamos hablar de la otra.
Así lo prometimos, así lo estamos haciendo.
El Caso Ayuí se convirtió en apenas once días en el leading case de la manipulación informativa en la Argentina. Clarín ya no informa: omite y niega para preservar los intereses mercantiles de sus gerentes. Ya no del inmenso holding comunicacional, sino del arroz de Aranda. O peor aun: de los campos y las vaquitas en Chivilcoy de su CEO, Héctor Magnetto, que hace diez días confesó que azuzó el conflicto de los ruralistas contra el gobierno porque, al fin de cuentas, él es un hombre de campo.
Es bueno que lo sepamos, y lo recordemos: la mayor crispación social, la mayor inestabilidad política, las mayores subas en los precios de los alimentos y la mayor escasez de productos agropecuarios del último lustro se produjeron por un lock out salvaje, con cortes de ruta incluidos, promovidos desde los diarios, las radios y los canales de TV de los señores Magnetto y Aranda, en alianza con la Sociedad Rural y su Mesa de Enlace. A la distancia todo se ve más claro.
Por supuesto, a muchos nos cuesta salir del espejismo. Aun para los periodistas, que nos ufanamos de ser gente informada, hasta no hace mucho Clarín era una empresa cuyo eje comercial era el periodismo, pese a todas sus diversificaciones empresarias, léase: entretenimiento, Internet, provisión de cable, fútbol, y siguen los etcéteras. Pero nunca la asociamos al arroz, ni a las vaquitas. Y tampoco, confesémoslo, al periodismo opositor: el grupo siempre anduvo bien con todos los gobiernos (de Videla a Menem y De la Rúa) a los que les fue sacando algo, poquito o mucho.
Pero lo cierto es que decir Clarín en muchas de nuestras casas era como decir “buen día”. Nos criamos leyendo Clarín. Desayunamos con Clarín. Vendimos el auto mediante Clarín. Leímos los goles del equipo de nuestros amores por Clarín. Y ahora, con dolor, nos damos cuenta de que Clarín ya no es lo que era. O, mejor dicho –en honor a todos los compañeros del gremio de prensa que lo vienen denunciando hace décadas–, que Clarín siempre fue otra cosa, mientras nosotros, la mayoría de la gente, creíamos que era un diario.
Cómo no asociar la omisión al Caso Ayuí con omisiones mucho más graves. Cómo no pensar ahora, por ejemplo, que en la década de 1970 silenció el genocidio por conveniencia. Cómo no creer en las palabras de Lidia Papaleo de Graiver, cuando denuncia que la vejaron para arrebatarle las acciones de Papel Prensa.
Clarín y La Nación acompañaron el terrorismo de Estado porque ese Estado criminal –el de Videla y Martínez de Hoz, el de las Tres Armas y el liberalismo de amigos– les concedía el privilegio de acribillar a la competencia desde el monopolio del papel; y, si no, pregúntenle a Héctor Ricardo García por qué Crónica, el diario líder en el mercado gráfico de los ’70, dejó de serlo una década más tarde.
La democracia necesita mejores medios de los que hay.
Once días de un silencio que aturde bastaron para confirmarlo. <