Tiempo Argentino

Edición: 29 de Julio de 2014 | Ediciones Anteriores

29 de Julio de 2014

+Buenos Aires

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Sinfonía de un sentimiento

El amor entre Eva y Perón definió parte de la historia argentina del Siglo XX. Pero esta biografía va más allá y se sumerge en los días en que aquella joven ni siquiera soñaba con ser Evita.

Por:
María Sucarrat

Capítulo I

A los once años Eva tenía una certeza: no quería ser como Juana, su madre. O quería un poco. Una parte, la de dar. Quizá no quería, y todavía no lo podía saber, lo que su madre pretendía para ella, casadera, tan bonita.
A los once años Eva comenzó a rozarse con los otros.
Con los que no eran de su condición, pobres, buscas, casi feos. Atrás quedó la pieza de piso de tierra de la calle Francia 1021 en Los Toldos. Ahora estaban todos en Junín. Vendrían más ventanas y más mudanzas. De Roque Vázquez 86 a Lavalle 219. De Winter 90 a José Arias al 100. De la precariedad a un poquito de espacio. Su madre, Juana Ibarguren, cabeza de familia, cambió de rancho, de amante y de oficio.
La máquina de coser ya descansaba en paz y la cocina, en cambio, no daba abasto.
En un patio luminoso de la casa, Juana había improvisado un comedor con mesas y sillas prestadas. Dos familias la ayudaron a su llegada a Junín: los Díaz y los Colton.
Renata Coronado de Rossi, su vecina, decía siempre: "Las Duarte... tan humildes que dan de comer para poder subsistir".
Una suerte de cantina modesta con menú fijo y vajilla ordinaria. Los solterones del pueblo iban a parar allí. Juana se ocupaba de la comida y sus hijas, las hermanas Duarte, del servicio. Eva ayudaba también. Pero había algo que le gustaba mucho más. A Eva le gustaba espiar.
Por la hendija que dejaba la puerta entreabierta, miraba todo. Su corta edad la distanciaba de los comensales.
Entonces, había tres clientes fi jos: el mayor Alfredo Arrieta, comandante de la unidad militar, el abogado Justo Álvarez Rodríguez y su hermano José, rector del Colegio Nacional.
El primero se casaría con su hermana Elisa y el segundo, con Blanca. Un cuarto huésped, el dirigente radical Moisés Lebensohn, se sumaba algunos días a la semana para comer con ellos, todos juntos en la misma mesa.
"Recuerdo muy bien que estuve muchos días triste cuando me enteré de que en el mundo había pobres y había ricos; y lo extraño es que me doliese tanto la existencia de los pobres como al mismo tiempo saber que había ricos".
Eva no tenía interés en esos hombres, sólo curiosidad.
Con el corazón agitado los espiaba y vigilaba a su vez que ni ellos ni sus hermanas la vieran. Como si fotografiara cada gesto y cada rasgo, se detenía segundos en sus manos. Miraba los dedos, uno por uno, y trataba de imaginarlos en situaciones distintas. En una caricia, por ejemplo, o en una cachetada. Eva trataba de ver a través de sus camisas y de adivinar el color de la piel de los cuerpos. Miraba cómo ellos miraban con gusto a sus hermanas y también cómo la Juana lo aprobaba. Y, entonces, sabía sin saber que no quería eso para ella, que no quería ser como su madre. Que no quería ser una Ibarguren.
Muchos padecimientos y angustias habían quedado atrás, en Los Toldos. Las marcas de la pobreza iban desapareciendo, de a poco, en Junín. Blanca consiguió trabajo como maestra y Juan, el único hermano varón de Eva, un puesto en una fábrica de jabón. Dos de las mujeres de la familia estaban casi ubicadas en la vida, con trabajo y con hombre al lado. La voluptuosa Juana Ibarguren sonreía otra vez.
Eva, en cambio, progresaba lentamente. Recién a los catorce pudo terminar la primaria y aunque ya había crecido, casi hasta el metro setenta, todavía miraba de lejos a los varones.
"Siendo una chiquilla, siempre deseaba declamar. Es como si quisiese decir siempre algo a los demás, algo grande, que yo sentía en lo más hondo de mi corazón".
Fugaces pensamientos cruzaban por la mente de Juana mientras preparaba montañas de empanadas que doraba durante la noche. "La declamación me está volviendo loca a la Evita", decía y salteaba en una sartén enorme la carne para el relleno. Y mientras tanto, Eva arrancaba lágrimas de los ojos de los vecinos recitando poemas de Rubén Darío, de Amado Nervo, de Bécquer o de Espronceda. "Ésta debió haber nacido hombre", se dijo el 20 de octubre de 1933 cuando vio a su hija en un ensayo para la comedia Arriba estudiantes, junto a los alumnos del Colegio Nacional. También pensaba en sus amantes mientras apretaba la masa harinosa, en los dieciocho años de concubinato con Juan Duarte terminados tan de golpe. Juana era mucha mujer. Volvía locos a los hombres con su risa, sus polleras largas y las blusas blancas siempre reventando a la altura de los pechos. Pensaba en Carlos Rosset, que acomodó a Elisa en la ofi cina de correos y que murió en la cama de su casa. En el granjero Eliseo Calviño, que le regalaba pollos. En el carnicero Elías Tomasso, que le mandaba por sus hijos dos viandas a la semana. En Miguel Lizazo. En Juan Gilabert. En Amadeo Garín. Y en algún otro.
Eva vivía turbada e inconforme. Era, a decir de los vecinos, la más bonita de las Duarte, pero las mujeres que admiraba en las páginas de la revista Sintonía no eran como Juana. Ni como Blanca, Elisa o Erminda. Eva quería ser como esas otras, las de las fotos. Norma Shearer quería ser.
Y en Junín no podía.
"Yo me casaré con un príncipe o con un presidente" .
Los primeros ensayos del porvenir fueron los domingos en la calle Rivadavia. Limpitas y apenas maquilladas, con las polleras a media pierna, las Duarte paseaban del bracete por delante de los muchachos. Algunas veces, caminaban cuatro cuadras hasta la estación de trenes para ver bajar a los que llegaban de Buenos Aires. Otras, hacían puerta en el Club
Social. El salón de baile Víctor Hugo estaba prohibido para ellas. Era demasiado caro y Juana no podía pagar entrada para todas las hermanas. Los domingos había misa y no había cine. Sí los martes, a la salida de la escuela, la Catalina Larralt de Estrugamou. A 30 pesos las tres películas --50 menos que el resto de la semana-- en el Roxy o el Crystal Palace. Pero los domingos se volvían importantes porque Eva imitaba a la actriz que el martes anterior más la había conmovido.
En esas caminatas escuchó los primeros piropos de su vida. "Bella como una rosa... pero le tengo miedo a las espinas", oyó, cerca de su cuello, por primera vez. Pero siempre detrás de Evita estaba Juan, el único varón de la casa. Juancito, el cuida, que todos los días de semana se ocupaba de vigilar y proteger a sus hermanas. Cuando Eva y Erminda salían de la escuela, él se ponía de guardia en la esquina de San Martín y 6 de Agosto. Sabía que todo el grado las pretendía, y esperaba, desafi ante, a cada galancito. A Eduardo Brossi lo apuró, un martes, a la salida de la escuela. "¿Qué les dijiste a mis hermanas?", preguntó con cara de malo y puños apretados. Erminda protestaba. Eva entendía. Ella y Juan comulgaban. Estaban unidos por la intuición de que la pobreza que les tocaba vivir era apenas un mal momento, unidos por una inexplicable rebelión contra Junín y sus maneras pueblerinas.
Las vidrieras con los vestidos traídos desde Buenos Aires las sabía de memoria. Las sufría a cada una. Con suerte, la Juana podía copiar el modelo pero nunca el género. Y sí, con géneros buenos, la ropa caía distinta. Y Eva se daba cuenta.
En la esquina de la plaza, alguna vez en el mes, compraba Sintonía o Mundo Argentino o Antena o Radiolandia. Las elegía por la tapa. En la tapa había mujeres. Las estudiaba con paciencia, las imitaba a solas, con fervor.
Aunque sus clientes la llamaban "la viuda de Duarte", el prontuario amoroso de Juana Ibarguren había trascendido los límites del escuálido y polvoriento asentamiento de Los Toldos. Su fama se mudó con ella y el respeto se quedó allá. En Junín tuvo amantes nuevos y en poco tiempo las vecinas prohibieron a sus hijas jugar con Evita. Juana sabía bien que los rumores sobre su vida habían llegado ya desde Los Toldos. Pero no le importaba. "No hagan caso de lo que dicen", decía a sus hijas. "No hagan caso. Nunca." Eva se encontraba a escondidas, en la esquina o detrás de algún árbol, con su mejor amiga Elsa Hilda Sabella. Su hermano Mario, mientras las veía jugar, moría de amor por la Duarte.
Una vez a la semana, Primo Arini, dueño de la única casa de música de Junín, organizaba una audición. La gente del pueblo podía recitar poemas o cantar alguna canción.
Los artistas que participaban en La Hora Selecta, auspiciada por Arini, eran escuchados por los vecinos a través de un altoparlante. Eva tenía tres caballitos de batalla: Una nube, Muerta y El día que me quieras. Todas las semanas, de siete a ocho al caer la tarde, su voz fi nita se oía al por mayor. Embelesado, enamorado, Mario se ubicaba en primera fila.
"El día que me quieras tendrá más luz que en junio. La noche que me quieras será de plenilunio."
Cuando recitaba, Eva se sentía ajena a todo y en cada estrofa empezaba a darle forma a su revancha. No se quedaría en el pueblo, no sería maestra, ni cocinera, ni ama de casa. No sabía cómo pero se iría de allí. La vida de su madre, la de vivir de lo que le daban y trabajando como una bestia, no la quería para ella. Eva iba a salir de ahí, de ese lugarcito.
Lo sabía, lo intuía. De una forma u otra, lo iba a hacer realidad.
Cuando cumplió los doce, el abismo con el mundo masculino comenzó a acortarse. Los paseos por el centro y su colección de revistas de espectáculos la hicieron sentir más segura. Así, como si lo buscara, se cruzó en su vida Ricardo Caturla, un chico con padres de casa de material y negocios.
Eva olfateó el olor a hombre y le fue detrás. Había en la vida algo más que en las revistas.
Se vieron en la plaza por primera vez. Ricardo estiró el cuello para mirarla mejor cuando pasaba por la vereda de enfrente. Ella no lo vio, sólo supo que la miraba. A ella, a la más fl aquita, a la más inapetente de las Duarte. A ella y no a su hermana Erminda. Si hubiera venido de otro, no importaba. Por primera vez, estaba siendo individualizada, aislada de la tribu de la Juana, recortada de la pobreza y de su historia sin padre. Era a ella a quien Caturla miraba.
El hijo del dueño de un almacén de pollos y miel, el hijo del dueño de una importante granja de las afueras de Junín. El muchacho de allá a la vuelta le había clavado los ojos y el corazón. Cómo se le declaró, no lo contó nunca. Sí la vieron los del pueblo paseando cerquita de Ricardo, tocándose los antebrazos, rozando su piel desnuda contra la tela de la camisa arremangada de él. Pero los encuentros eran pocos.
Los domingos en la plaza, de vez en cuando los martes o los jueves. Durante la semana, que era larga, Eva, en su casa, se entusiasmaba frente a un gran espejo. Poses y trompitas.
Evita fruncía el ceño, estiraba una sonrisa, pestañeaba. Se envolvía en una sábana y mostraba los hombros. Los sacudía.
Ni su madre ni sus hermanas pudieron saber jamás de quién se copiaba. Por entre las sábanas sacaba la pierna desnuda, de tobillo grueso pero hermosa. Pierna pesada, de hembra en futuro. Eva jugaba a la mujer en un preludio de lo que apenas dos años más tarde haría en un atelier barato de la calle Corrientes, frente a un fotógrafo de a 30 pesos la media docena en blanco y negro.
Durante unos días, se sintió novia de Caturla, pero cada vez que abría una revista dejaba de adorarlo. Quedarse en el pueblo y atender el almacén no era lo que quería. Al poco tiempo la relación se rompió, acelerada por las idas y venidas de Ricardo al destacamento de Junín donde hacía la conscripción. Eva quería algo más. Y los Caturla no querían a la Duarte para su hijo. Así, sin lágrimas ni desamor, el primer novio de Eva se fue desdibujando entre la plaza y los modernos edifi cios de dos pisos de Junín. Sin pena ni gloria, y para suerte de la familia de Ricardo, ella lo olvidó. Pero la llama estaba encendida. Los primeros besos en la boca y un sentimiento que creyó amor fueron disparadores. La búsqueda de Eva había comenzado porque tenía la certeza de que había algo afuera. Podía medirlo en su taquicardia. Y así, sin más, la Duarte con su cuerpo de niña meneó caderas y salió a la vida. Ricardo Caturla se había convertido, sin querer, en la llave de la puerta del gran pueblo de Junín.
"Como los pájaros, siempre me gustó el aire libre del bosque. Ni siquiera he podido tolerar esa cierta esclavitud que es la vida en la casa paterna, o la vida en el pueblo natal".
Los fi nes de semana se ponían lindos. Un pueblo con un cine teatro como el Crystal Palace invitaba a los artistas que, de gira en gira, intentaban recaudar monedas y alimentar vanidades. Llegar a Junín era un éxito asegurado para cualquiera con algo que mostrar, porque las misas y las películas eran todo siempre allí. Así apareció, el sábado 18 de enero de 1930, el mismo Carlitos Gardel. El Zorzal Criollo cantó en el escenario del Crystal y fue objeto de todos los comentarios del pueblo entero durante un mes. Tampoco la noche del jueves 3 de agosto de 1933 Eva lo vio. Pero lo escuchó del boca en boca. A ella le contaro n que, además de las canciones, exhibieron una película: La viuda artifi cial. Y entonces quiso ser un poco él y tener sus propias alas para fugar de ese lugar, para fugar para adelante.
Junín fue declarada ciudad en 1906, gracias al ferrocarril.
El primer ramal había llegado en 1880 y cuatro años más tarde, el segundo, Buenos Aires al Pacífi co. En 1886 se abrieron alrededor los talleres ferroviarios. La ciudad quedó dividida en tres partes poco comunicadas. El Pueblo Viejo, al norte del paredón de la Estación Central, el Pueblo Nuevo, entre el paredón y las vías del Buenos Aires al Pacífi co, y Tierra del Fuego, en donde se ubicaron los nuevos habitantes, la mayoría trabajadores del taller. En 1912, el paredón fue destruido por pedido de los vecinos. Pero nunca imaginaron que años después, la crisis del '30 pondría en peligro mucho más que la comunicación entre ellos. El proyecto de fusión entre el Central Argentino y el Buenos Aires al Pacífi co se estaba haciendo realidad. Las voces de alarma se expandieron rápidamente. Junín era un punto clave porque conectaba Buenos Aires con la medialuna pampeana productora de granos, y los trenes eran el punto de unión. Las empresas ferroviarias inglesas descontaron compulsivamente a sus dependientes sumas destinadas a cubrir los déficits de la explotación. Los empleados y los obreros comenzaron con protestas, siguieron con huelgas, y la noticia del cierre de la estación y de los talleres se expandió por el resto del país. En 1932 un paro de 52 días fue sufi ciente estímulo para planifi car estrategias contra las compañías y contra el gobierno.
Así llegó hasta Junín un pequeño grupo de militantes anarquistas que se instaló en las cercanías del taller. Allí comenzaron a organizar las protestas.
Por ese lugar de reunión pasaría Eva, un tiempo más tarde. Mientras tanto, la representación de Arriba estudiantes la había arrimado a un grupo de teatro que comandaba Evaristo Tello Sueyro, el peluquero de la familia y del pueblo entero. Se reunían en el Colegio Nacional para ensayar pequeñas obras. Eva se sentía feliz. Parada en el patio del colegio, con sus compañeros frente a ella, había descubierto eso que quería para su vida. Había descubierto que quería ser actriz. Y con esa revelación comenzaron los problemas.
La casa de los Duarte estaba complicada. Por esos días, Juan había recibido el llamado del Estado para cumplir el servicio militar. Tendría que trasladarse a Buenos Aires, y Juana Ibarguren estaba desolada. El preferido se iría de su lado. No había espacio para más tristezas. El sueño de Eva, hasta entonces, era un mal menor para su madre.
Con Juancito lejos, Eva estaba menos vigilada. Al fi n podía empezar a aceptar invitaciones de muchachos. Juana estaba muy ocupada en sus propias conquistas y, además, todavía consideraba a Evita una nena. Así, una tarde de calor, la última de las Duarte aceptó una oferta tentadora. Un largo paseo en coche en compañía de dos muchachos "bien", hijos de un estanciero de Junín. La propuesta era excitante.
Eva vería por primera vez el mar. El mar de Mar del Plata.
Un viaje impensado e imposible de realizar en apenas unas horas. Pero a su edad, los kilómetros eran centímetros y las horas interminables. Por eso, Eva dijo sí.
Una mañana, apenas salió el sol, los muchachos se encontraron con Eva y una amiga muy cerca de la plaza.
Subieron al auto. Los varones se acomodaron adelante y las chicas juntas, en el asiento de atrás. Durante los primeros kilómetros del viaje Eva estuvo nerviosa. Su corazón latía con fuerza. Tenía muchos miedos. Tantos, que no los podía discriminar. No quería que su madre se enterara de la escapada ni que algún vecino la viera sentada en el auto de un chico rico. Tampoco que sus acompañantes notaran que le temblaba el cuerpo. Sólo cuando la ciudad se terminó y el coche se rodeó de campo, pudo afl ojarse un poco y prepararse para disfrutar. Una hora después el auto se desvió de la ruta y enfi ló hacia el interior de una estancia. Los muchachos detuvieron el coche y se bajaron. Uno tomó a la amiga de Eva de un brazo y la llevó a caminar. El ambiente se puso raro y mientras veía alejarse a la parejita, ella empezó a desconfi ar. Mar del Plata no era ahí. Ese día no llegaría a ver el mar.
Eva y su compañera pasaron un mal momento. Al atardecer, un camionero las encontró desorientadas, caminando por la ruta. Les dio una frazada para cubrirse y las llevó de vuelta a Junín. Al llegar, Eva la miró a los ojos y sólo le pidió silencio. Ahogada en llanto, su amiga juró que callaría lo sucedido.
A partir de esa tarde, la Duarte nunca volvió a ser la misma. Aunque el odio la quemaba, tomó distancia de los hechos y comenzó a comportarse como si su existencia fuera la de algún personaje de una obra de teatro: se obligó a no sentir para no dejarse engañar nunca más. Y entonces observó, meditó y midió cada uno de sus movimientos. Nada en su vida volvería a ser azaroso; ni siquiera su salida de Junín.
Eva ocupaba varias horas del día pensando en irse de su casa. Esas horas no eran enteras, sino pedazos de tiempo que pasaba sentada frente a la radio, delante del espejo, arriba de la pared del patio, en el escalón de la puerta de su casa. El deseo de ser actriz pasó a convertirse en su prioridad.
Hasta había dejado de mirar a los muchachos. Ninguno valía la pena. Sentía que Junín le quedaba chico mientras se perdía por el costado de la vía del tren, saltando pastizales, recitando poemas. Los días eran parejos hasta la tarde en que lo vio. Las cosquillas que sintió en la boca del estómago le hicieron olvidar la bronca. Supo que ya nada sería igual.
Que había más. Que tenía más para dar. Y escuchó:
--Sin Dios, es posible pensar, hacer avanzar la ciencia y, sobre todo, construir un pensamiento propio, no sólo de las elites sino particularmente de las masas.
Una voz gruesa se colaba desde el interior de un vagón abandonado. Como si le hubieran dado un golpe en el pecho, voz y palabras frenaron los pasos de Eva. Escuchó más, avanzó despacio, asomó la cabeza, espió y lo vio.
Damián Gómez tenía treinta y pocos años. Estaba apoyado en el marco de la puerta del vagón, leyendo un ejemplar maltratado de A mi amigo el campesino, de Eliseo Reclus.
Era un anarquista de los tantos repartidos por la Argentina en crisis, y a mediados de 1934 estaba en Junín con la misión de impedir el cierre del taller y la fusión de los ramales.
Gómez era un hombre pobre empapado de palabras irresistibles.
Y eso, para Eva, era un tesoro.
La relación comenzó con miradas, siguió con palabras, se sustentó con deseo. Eva se escapaba de su casa y se ofrecía para cebar mate a Damián y a sus compañeros en el in terior del vagón abandonado. Ellos tenían reuniones, hablaban sobre política, leían La Protesta, discutían al límite de la pelea.
Eva sentía que estaba en el cielo. Había encontrado un rincón en Junín en el que se olvidaba de lo que le hacía mal. Se sentía en el cielo porque a veces, cuando quedaban solos, podía hacer preguntas. Y él le contestaba y le contaba historias de anarquistas. Así oyó hablar de Kurt Wilckens, de Simón Radowitzky, de Severino Di Giovani y de Américo Scarfó. Y en cada conversación, Damián le confi rmaba sus intuiciones acerca de los ricos y de los pobres, de los explotados, de los oprimidos, de los obreros presos.
Sus encuentros fueron secretos. Juan, el único que podía leer su cara y sus gestos, estaba lejos. Amigas tenía pocas y sus hermanas se hubieran horrorizado con la confesión.
Era mejor callar y seguir desapareciendo, por ratitos, de la casa.
Por primera vez en sus catorce años, la Duarte admiraba a alguien que no brillaba estático en una foto de revista o en la pantalla del cine. Eva se enamoró de la voz de Damián y de su mechón de pelo caído sobre la frente. Quiso tocarlo y lo tocó. Quiso besarlo y lo besó. Y ya no fue la misma, porque de los brazos de un anarquista es imposible volver idéntica.
Eva Duarte ya era invencible. Lo sintió entonces y después. Lo sintió toda su vida. Lo sintió para siempre.
Capítulo II

Desde Buenos Aires llegó la noticia de la prueba. Desde Buenos Aires. Eva se había enterado de que la prueba era allá. Y rogó, pidió. Rogó, gritó. Se olvidó de Damián. De sus ojos negros. Por la prueba perdió la cabeza. Saltó, gritó. Saltó, corrió. Para llegar a Buenos Aires, con sus ganas.
Una prueba.
"No Eva, Evita. No vas a ir a Buenos Aires. ¿Qué te pensás vos? ¿Qué te pensás que van a hablar los demás? Usted es hija mía y bastante tengo ya con todo lo que dicen que dicen de mí en el pueblo como para que encima me vengan a decir también que soy una mala madre."
Las dos se enfrentaron por primera y única vez en pulseada salvaje. "Yo me voy a ir a Buenos Aires. Me voy. Dele, mama, venga conmigo. Dele, mama, que lo voy a hacer bien, ya va a ver. Que me vengo preparando de toda la vida para irme a Buenos Aires. Por favor... No sea mala, mama. No sea injusta conmigo."
Eva y Juana Ibarguren pelearon durante semanas. La madre se puso blanda. La hija se puso dura. Entonces, para convencerla empezaron a abundar los permisos. Hasta al Víctor Hugo la dejó ir Juana, el salón de baile de los pitucos, el de la calle Rivadavia. Pero ella, todos los días, volvía a la carga. Y todos los días Juana decía no. Nadie intercedía por Evita. Nadie le haría frente a la Juana que también soñaba Buenos Aires desde siempre, casi en secreto de confesión.
Un concurso de talentos. Eva no podía dejar de pensar en esas tres palabras. Concurso-de-talentos. En Buenos Aires.
Y Juana no podía dejar de repetir "No".
Para tamaña contienda, Eva debía estudiar mucho. Ya tenía tres poemas, los que recitaba en lo de Primo Arini. Los reforzaría. Le pediría ayuda a su grupo de teatro. Su convicción crecía a cada momento. Su maestra la preparó. Su hermana Erminda también. Y con sus lecciones y ensayos partió a Buenos Aires una vez, la primera. Era abril de 1934.
Hasta salió en el diario.
"Nuestra convecina, la señorita María Eva Duarte, se ausentó para la capital, donde actuará en reemplazo de la señorita Kelly, en Radio La Nación LR6. Esta tarde o mañana a las 17 debutará"7 .
Y dio la prueba. Sus hermanas la escucharon recitar a través de una repetidora. Todo el pueblo la escuchó y a partir de entonces se pegó más que nunca a la idea de vivir en Buenos Aires. Juana la acompañó. Ida y vuelta. Volvió a Junín como una estrella. Sus vecinos se asomaban para verla pasar a Evita, obsesionada con la idea de ser actriz.
--Siempre recuerdo con profunda emoción mi primera actuación en radio. Yo era muy niña y comencé a recitar ante el micrófono de Radio Nacional. Todavía no me explico bien cómo pude vencer la nerviosidad del debut. Quizá por la misma ingenuidad o porque, alentada por buenos amigos, me sobrepuse a todo y ni siquiera se notó el más mínimo furcio.
--Quiere decir que apareció en este difícil mundo de la radiotelefonía nada menos que siendo una niña prodigio.
--Efectivamente.
El 2 de octubre apareció otra oportunidad. Eva volvió a viajar acompañada por la Juana. Esta vez, Erminda, Blanca y Elisa la escucharon por Radio Cultura. LR10. Una función en homenaje dedicada a la ciudad de Bolívar9 . Allá conoció a Pablo Osvaldo Valle, director artístico de la radio, creador de los canjes de publicidad por servicios o productos envasados.
Valle posó sus ojos sobre la niña y le prometió un pequeño contrato.
La segunda vuelta a Junín fue del todo triunfal pero Eva no la disfrutó. Ella iba por más y quería ese papel en sus manos. Todos los días pasaba por la ofi cina del correo y en su casa no hacía más que mirar la luz que quedaba entre el piso y la puerta de entrada. Pero el contrato nunca llegó.
Entonces supo que debía buscar alguna otra manera de irse del pueblo, pronto.
Una noche apoyó su cabeza en la almohada y escuchó, entre sueños y vigilia, la voz de su hermano Juan. "Del Roma me dijeron que esperan a Magaldi, Negrita. A Magaldi, del Hotel Roma, ¿entendés?" Y Eva entendió. Y soñó que se ponía mucho polvo en la cara y carmín en la boca, que se daba vuelta las pestañas con la tapa de una lata de vaselina en pasta. Que entraba al teatro, que se colaba en su camarín, que Magaldi estaba solo. Que Agustín se enamoraba perdidamente de ella y que la llevaba a Buenos Aires y la hacía  actriz y mujer y que ella podía morderlo en su sueño y llenarse la boca de él igual que cuando come manzana y escupe la cáscara y se moja las manos porque lo hace con fuerza al mismo tiempo que se atraganta y un hilo de baba le baja por el cuello y le eriza la piel.
Magaldi no llegó. No durante esos días. Fue don Pepe Álvarez Rodríguez, el rector del Colegio Nacional, quien intervino a favor de la chica.
"Los padres nunca deben torcer la vocación de sus hijos, doña Juana. Deje que vaya. Si fracasa no tendrá con quién quejarse y si triunfa, mejor para ella. Usted habrá procedido como debe, no torciendo su camino."
A regañadientes, viéndose a ella misma cuando era apenas moza y tierna, Juana Ibarguren ayudó, de mala gana, a hacer la valija. La llenó de recomendaciones. Había muy poquita ropa. Con los ojos reventando de lágrimas de bronca, le dio un papel con la dirección y el nombre de una familia amiga, los Bustamante, a quienes conocía bien de cuando todavía vivía Duarte. Eva agregó a su valija la colección de fi guritas de artistas que había recortado de las revistas Sintonía, Mundo Argentino, Antena y Radiolandia. La había ganado en buena ley. Se la había cedido su hermana Erminda a cambio del lavado y secado de los platos de la fonda. Iba a necesitar las fotos para copiar peinados, atuendos y maquillaje.
Con falda tableada y blusa blanca, Evita dejó su casa y fue, acompañada por la familia, a la estación de Junín. La tribu toda se sentó en un banco del andén. Juana separó a su hija menor del grupo y le puso en la mano 100 pesos.
"Tomá. Guardalo bien, Eva", dijo, "Es todo lo que tengo."
Algo la tranquilizaba. En la Capital estaba Juan. "La Evita no va a estar sola", se consoló. Era 2 de enero de 1935 el día en que, con quince años en el cuerpo, Eva Duarte tomó un tren con destino irreversible a Buenos Aires.
"Muy temprano en mi vida dejé mi hogar y el pueblo y desde entonces siempre he sido libre. He querido vivir por mi cuenta y viví por mi cuenta".
El viaje duró cinco horas. Eva no durmió, no comió, no habló. Tampoco se asustó. Sólo estuvo atenta a su valija. A que nadie se la quitara. Era su única posesión, en ella viajaban todas sus creencias.
El tren llegó a Retiro. Bajó y, mirando la estación, se dijo: "¡Qué suerte ser pobre! La valija no me pesa nada".
Ahora tendría que caminar. Sacó de la manga el papelito que le dio su madre y empezó a preguntar. Bajó por la plaza San Martín, se apoderó de Juncal, se enamoró de Arroyo y de Esmeralda. Se sorprendió al llegar a Santa Fe y Carlos Pellegrini. Y suspiró. Miró con detalle a las mujeres que iba cruzando. Empezó a almacenar en su cabeza nuevos modos de vestir y de caminar.
No fue a lo de los Bustamante. Había tomado en serio la conquista de la ciudad. Fue adonde le dio la gana. Respiró en Callao, avanzó hasta Corrientes y luego hasta Sarmiento.
"Habitaciones para señoritas", leyó en un cartel de cartón colgado de un portón de hierro, y subió.
La pieza de la pensión, chica, de paredes descascaradas y olor aceitoso, era barata. A Eva le pareció bien. Se instaló y llamó por teléfono a su hermano Juancito. Quedaron en verse. Pero sería más tarde. Primero tenía que averiguar la dirección de los estudios RCA Victor. Magaldi estaba grabando un nuevo disco en esa compañía. Usaba un estudio como sala de ensayo y pasaba la mayor parte del día allá. Después de la separación de Facunda Miserendino, su esposa, no había vuelto a tener dirección fi ja. Ir a buscarlo hasta el barrio de Flores no tenía sentido, él se había ido de su casa. Iría a su encuentro en cuanto supiera adónde.
Bajó un piso por una escalera alfombrada y preguntó.
Paroissien 3930. En el barrio de Saavedra. Ahí estaba Agustín. Hasta allá iría. No tenía más opciones. Volvió a subir para arreglarse la cara. Otra vez falda tableada y blusa blanca, prendas únicas en su valija, el cabello recogido a los costados, las orejas asomando, un poco de polvo en la cara, los labios rojos de carmín. Eva salió a la calle, viajó más de dos horas y llegó, por fi n, al estudio.
"La Voz Sentimental de Buenos Aires", llamarían más tarde a Agustín Magaldi. En 1938, el 15 de febrero, el locutor Dupuy de Lome, de LR4 Radio Splendid, lo nombró así y el apodo quedó para siempre. Un sentimental era Agustín. En el ambiente de la farándula tenía fama de generoso. Es que el cantante supo pasar hambre y frío, dormir en la calle tapado por diarios. Conoció "la mala" cuando decidió dejar Casilda para conquistar Buenos Aires y aprendió a ser solidario, como lo fue con él Rosita Quiroga.
Eva había leído mucho sobre Magaldi en las revistas.
Sabía de su sensibilidad. A Nelly Omar, una cantante jovencita, la presentaba en los recitales como "la futura estrella del tango". Por eso creyó fi rmemente en que podía ayudarla como lo había hecho con tantos, y fue en su búsqueda.
Los primeros días no pasó del umbral. Hasta que, de tanto verla en la puerta, por pura compasión, alguien la dejó entrar. Así, por lástima nomás, pudo ocupar un lugar en la sala de espera. A la primera que vio pasar fue a Rosita Quiroga.
Pero Eva era terca. No se iría sin hablar con el cantor. Y sucedió. Era él. Estaba de espaldas. Ella se le acercó y cuando lo tuvo de frente le tendió la mano. Sin que le temblara la voz y con pésima dicción le dijo: "Señor Agustín, mi nombre es Eva Duarte. He venido sola desde Junín. Quiero ser actriz. Necesito que me ayude... por favor".
La primera reacción de Magaldi fue seguir su camino. Pero algo lo detuvo. ¿La mirada fi rme de Eva? ¿El recuerdo fresco de su pasado de hambre? ¿El de su ilusión? ¿La voz suplicante de la chica? ¿La premonición de que ella sería alguien muy grande? "Vení conmigo", le dijo. La sacó a la calle, la subió a su auto, la acercó hasta la pensión.
Eva tocaba el cielo con las manos. Estaba sorprendida y el corazón le latía como nunca. Durante el trayecto, le habló de su pueblo y de su sueño. De la necesidad de salir de Junín. Magaldi escuchó su historia, para él tan conocida.
Eva se refregaba las manos y se acomodaba el cabello. Miraba su pollera tableada y se alisaba de vez en cuando la blusa blanca. "Y decime una cosa, piba, ¿vos cuántos años tenés?", preguntó Magaldi. "Estoy por cumplir diecisiete", mintió ella.
Apenas llegaron, Eva se fi jó enseguida si Juancito la estaba esperando en la puerta de la pensión. "Vos no podés vivir acá. Seguro no te alcanza la plata", le dijo Agustín, mirando la fachada de la casa. "¿Dónde comés? ¿Qué comés? ¿Te trajiste plata de Junín?" Él, que en sus primeros tiempos en Buenos Aires había tenido que vender hasta su ropa para poder alimentarse, sabía de lo que hablaba. Ella le contó que había ido alguna vez hasta La Boca. Que allá había una fonda, de un amigo de su madre. Allá, en La Boca, se reunía todo el mundo que llegaba de Junín a Buenos Aires. Y también le dijo que se había asustado porque la policía, en ese barrio, hacía procedimientos de noche, justo en las horas en las que ella volvía sola a la pensión. "Mirá, haceme caso, mientras vemos cómo va funcionando la cosa, te mudás a lo de una amiga. Ella te va a dar una mano, es muy gaucha la mina."
Esa amiga de Magaldi fue la segunda maestra de Eva Duarte. No le enseñó a recitar poemas como Palmira Rape tti, la de Junín, pero le dio buenas armas. Le enseñó a caminar la calle. Y la hija de Juana Ibarguren se cambió de casa una vez más. Se fue a la calle Corrientes a metros del Bajo. Se mantuvo a mate cocido para no molestar a su compañera y aprendió casi todo.
Cuando no salía, Eva se asomaba al balcón de la casa, que tenía forma de medialuna. Allí pasaba largos ratos mirando la calle y tomando mate. Descubrió en Buenos Aires la yerba Salus, que venía de a un octavo. Diez centavos valía el octavo, más caro que en Junín. Por eso era mejor usar la yerba para el cocido, gastaba menos, aunque el mate le gustaba más.
De vez en cuando, siempre sin avisar, Magaldi la pasaba a buscar en su auto. Eva lo acompañaba sin hacer preguntas.
Llegaban hasta una callecita oscura y él le pedía que lo esperara en el coche. Bajaba, entraba a una casa y salía al cabo de dos o tres horas. Luego la llevaba de vuelta. A veces, pocas, un hombre le avisaba: "Buenas noches. Dice Agustín que lo espere, que ya viene. Va a tardar un rato más". Ella no sabía aún de la debilidad de Magaldi por el juego. Las cartas le consumían el tiempo y el dinero. El cantor apostaba fuerte. El juego lo perdía. Las carreras de caballos también.
Eva, en su espera, soñaba con conquistarlo y a medida que pasaban las horas, su pretensión bajaba, y se conformaba con una distraída caricia. Aunque quería un beso de Magaldi. Estaba dispuesta a recibirlo y a devolverlo. Pero Agustín salía de sus reuniones enojado. Después de dejar la mesa de póquer, subía al auto y manejaba sin pronunciar palabra. En unos pocos viajes, Eva había aprendido mucho y, reviviendo a cada cuadra el silencio que habían compartido Juan Duarte y su madre, esperaba una señal.
Por suerte, esas extrañas salidas ocurrieron en pleno verano. Eva, por la ventanilla abierta del coche, respiraba el aire fresco de la noche tratando de no pensar demasiado. Sabía que la buena suerte estaba por llegar. Su hermano Juancito le había prometido que todo saldría bien. Y ella le creía, claro que le creía. Juan tampoco quería volver al pueblo.
Magaldi le había asegurado que hablaría con sus conocidos. Que usaría influencias para conseguirle un trabajo.
Así, entre promesas, el cantante la llevó a su casa, en Alsina al 1700, y al tiempo de conocerse comenzaron una tibia y casi forzada relación amorosa. Al fi n y al cabo, los dos estaban más que solos en Buenos Aires. Y muertos de miedo.
Agustín porque vivía deprimido. Su ex mujer, Facunda, le había prohibido ver a Agustincito, su único hijo. Magaldi estaba triste. Y Eva, que sólo estaba pendiente del porvenir, ni siquiera tenía reproches hacia su compañero, que ponía tanto empeño en ocultar la relación. Es que Facunda había tomado por costumbre hacerle escenas de celos. Le dejaba cartas en el parabrisas del auto, lo esperaba a la salida de la radio para insultarlo a gritos. Por eso, Eva y Agustín salían poco. Preferían quedarse en silencio, prendidos de la radio. Imaginando el futuro ella, revolcado en el pasado él.
¿Por qué Magaldi, a quien en esa época todo le daba lo mismo, sostenía una relación con una adolescente inculta, inexperta, recién llegada del interior? Evita lo hacía reír. La chica evocaba las tardes de actuación en su pueblo. Representaba el papel de payaso y le hacía en privado unas acrobacias que había inventado para divertir a sus amigas. Pero a Magaldi verla sólo le provocaba ternura. Le hacía recordar su propia infancia.
Eva lo invitaba a sentarse en el sofá descosido de la única pieza de la calle Alsina y le recitaba media docena de poemas que sabía de memoria. Podía hacerlo durante una hora entera. Y él la escuchaba hasta que el aburrimiento encendía el deseo. Entonces, la sentaba en sus rodillas y le acariciaba la espalda con la mano abierta. La pollera que tanto había planchado se arrugaba a la altura de la cintura y Magaldi en camiseta le hacía el amor, cortito y al pie, como para cumplir con su condición de varón.
Mientras Alfredo Palacios y Arturo Capdevilla daban conferencias por la radio, la actriz Berta Singerman interpretaba "briosamente" en el Teatro Colón un repertorio de poemas de Rubén Darío, y Norma Shearer se preparaba para el papel de Julieta contratada por la Metro Goldwyn Mayer, Eva Duarte iba conociendo la ciudad. Su debilidad eran las vidrieras. Y de todas, se quedaba con las de joyas. Frente a Escasany, la de Avenida de Mayo al 1400, se había enamorado perdidamente de un collar y una cruz enchapados. El conjunto costaba tres pesos. Un imposible. "Todos los juegos de oro son entregados en un estuche en forma de capilla", había leído en el diario. Ella se acercaba a los vidrios y soñaba con conjuntos de pulseras y cadenas, que años más tarde podría cambiarse a cada hora sin que le alcanzase la vida para repetirlos. Pero entonces, sólo quería estar más linda para Agustín y para conseguir trabajo.
Además de caminar como nunca en su vida, Evita había hecho una lista con las direcciones de todos los teatros. Había sacado los datos del diario. Una listita sin orden alfabético, escrita en lápiz con letra nerviosa. Tenía que aprender las calles y armarse un recorrido. Mientras esperaba la ayuda del cantante, haría lo suyo. Como ella sabía. Solita y sola.
Porteño: Corrientes 846, Maipo: Esmeralda 443, Ateneo: Cangallo 927, Cómico: Corrientes 1280.
La lista le llevó más tiempo del que suponía. De repente, cuando menos lo esperaba, Agustín le dijo que tenía algo para contarle. Respiró hondo y lo escuchó: "Hablé con un amigo. Un director. Hablé con dos, en verdad. Te esperan.
Mañana. Están por estrenar una obrita de teatro y les hablé de vos, Evita". ¿Magaldi pagando los favores de la adolescente? ¿Repitiendo sus tantos actos de generosidad? ¿Sintiendo que si ayudaba a los otros reivindicaba su propia historia?
Eva fue citada por José Franco y por Joaquín De Vedia, un actor y un director de teatro, ambos en el proyecto de una obra, La señora de los Pérez, de Eduardo Marsili.
Una comedia. Y podía ser parte de ella. La chica que había llegado desde Junín tenía una posibilidad. Y no iba a desperdiciarla.
Magaldi no había mentido. Intentó darle una mano a Eva y tenía prueba de ello: una dirección, la del Teatro de la Comedia, en la avenida Carlos Pellegrini. El cantante era amigo de José Franco. Lo visitaba en su casa. Adoraba a su hija, también actriz, también muy joven, también de nombre Eva. Ella fue testigo del pedido de Agustín. "Te pido trabajo para una amiga que viene desde lejos", le había dicho a su padre.
Y así, el 28 de marzo Eva Duarte, después de rendir una prueba en la que debía decir "La mesa está servida" y de tener varios ensayos con toda la compañía, debutaba en el papel de mucama en la comedia La señora de los Pérez.
Magaldi había cumplido su palabra. Ella, de antemano, había pagado el favor.
"Nosotros, por nuestra parte, contentos de ver los exquisitos valores artísticos que surgen de nuestro ambiente, auguramos a esta señorita (Evita Duarte) el más fl orido triunfo, y esperamos que su elogiosa labor y sus excelentes dotes personales se vean prontamente coronadas del meritorio éxito al que se hace acreedora"11.

Capítulo III

Sola en Buenos Aires. Eva tenía el beso en la boca que fue a buscar. Pero no alcanzaba. Se imaginó la nueva "señora de Magaldi", se vio bajando de su auto en la puerta del teatro. Se espió en aquellas visiones. Se supo importante por momentos. Fantaseó con mudarse a su pieza, con doblar su ropa, con que le dedicara alguna canción. Creyó que a él podía darle todo: frescura, juventud, candidez, desenfado.
Creyó que se haría querer por el pequeño Agustín hijo. Que la vida la había puesto en su camino para algo importante, defi nitivo. Anheló darle más hijos a Magaldi, esperarlo cada madrugada para sentarse juntos a la mesa y cenar alguna cosita preparada por ella. Soñó eso y soñó más, pero no consiguió nada. En cambio, aprendió a llorar. Y aprendió a esperar.
A pasar hambre de trabajo y hambre de afecto. Hambre de compañía. A pasar la soledad y a sentir la sensación de ser nadie en una ciudad enorme. A veces se distraía con alguna idea loca, hacía planes, se alimentaba con su propio entusiasmo. Pensaba, por ejemplo, en sorprender a Magaldi, en aparecerse en su pieza y esperarlo desnuda sobre el colchón.
En ir a buscarlo a la salida de la radio y esconderse detrás de un árbol hasta que él subiera a su coche y ella asomara su cara por la ventanilla y le dijera "bú" y él sonriera por la sorpresa y su largo fl equillo oscuro cayera sobre la frente, como a ella le gustaba tanto.
Eva imaginaba que los 100 pesos que le había dado la Juana se estiraban hasta el infi nito y que no necesitaba nada más para mantenerse en Buenos Aires. Estaba segura de que no volvería a Junín. Y los primeros días de enero de 1935 sabía bien que debía empezar a ganar plata y que tenía varios caminos. Podía emplearse en una tienda de las que había en la calle Florida, trabajar como doméstica o dejarse tentar por la fuerte demanda de los cabarés de la avenida Alem. Pensándose empleada, sirvienta o prostituta, llegó una mañana hasta Cangallo 860, hasta la puerta de LR8 Radio París. Y aunque no consiguió trabajo de inmediato se llevó una promesa: en abril comenzaría un ciclo de audiciones. La emisora estaba renovando su elenco y le daría un pequeño espacio para volver a declamar. El director general, Chans Moreno, ya había contratado a fi guras como Ignacio Corsini, Pedro Maffi a y Magaldi-Noda, que en su última aparición como dúo debutó ahí los primeros días de marzo.
En la puerta de la radio, Eva conoció a chicas que, como ella, buscaban una oportunidad de trabajo. Con muchas hizo buenas migas y en pocas horas, mientras permanecían paradas en la vereda, a la espera de alguna estrella, les contó su secreta relación con Agustín Magaldi. El cantante, con un imperativo "por favor", le había pedido discreción. Pero Eva no la tuvo. Magaldi se enteró y después de decirle que se olvidara de él, ya no volvió a buscarla.
"Sabés que no me gusta recordar esos tiempos" .
Eva ligó un papelito en Radio París que le daba casi nada de dinero. Por eso, a los recorridos diarios en busca de más trabajo comenzó a sumarles los nocturnos. El circuito no era difícil. Lo aprendió enseguida. La avenida Corrientes, en pleno proceso de ensanchamiento, era una especie de semillero.
La bohemia porteña estaba al alcance de cualquiera y los empresarios, los periodistas y los artistas se reunían en los bares, al caer todas las tardes, a comer y a tomar. Corrientes, la que luego se convirtió en la avenida de las ideologías, era para Eva la avenida de las posibilidades. Las amigas que hizo en la puerta de la radio le sirvieron para variar su vestuario.
La primera noche que salió de ronda pudo deshacerse por fin de su pollera tableada marrón, la misma con la que, hacía poco menos de dos meses, había llegado a Retiro.
Y Buenos Aires no era Junín. En pocas horas aprendió la jerga de la calle. "Desgraciado, te doy un carterazo" o mejor, "Metete la mano en el culo" fueron las dos frases que nunca le fallaron a la hora de sacarse tipos de encima. Es que su propio culo, pequeño y adolescente, empezaba a ser mirado con deseo. Faltaban varios meses para que se promulgara la Ley de Profilaxis y la vida nocturna estaba a pleno. Eva, en el centro de la ciudad, se codeaba con todo tipo de gente. En poco tiempo se acostumbró y aprendió a qué lugares debía entrar cada noche para encontrarse con las personas que le habían marcado como indicadas. La Real era una parada fi ja. Sus columnas de mármol y los espejos biselados le parecían un palacio y sentía que le traerían suerte. Salía de allí, caminaba hasta Corrientes y Uruguay y se daba una vuelta por El Telégrafo.
Cuando empezó a ensayar con la Compañía Argentina de Comedias ya no se veía con Magaldi. El 28 de marzo de 1935 pisó por primera vez el escenario de un teatro porteño para el estreno de la obra La señora de los Pérez en el Teatro de la Comedia. Y aunque ni siquiera fi guraba entre los actores de reparto, su papel fue elogiado.
Días después del debut, se cruzó con Magaldi en un pasillo de Radio París. Hablaron por última vez. Él la trató con distancia. "¿Qué hacés, nena? ¿Cómo te va, tanto tiempo?"
Eva intentó armar una nueva cita pero él puso excusas tibias. "Nos vemos, gracias por todo", le dijo ella mientras levantaba la palma de la mano derecha. Giró, le dio la espalda y caminó de nuevo el pasillo pensando que sin ese hombre se las arreglaría igual.
Fue Edmundo Guibourg quien, al escribir la crítica de la obra, reparó en la mucamita. Al día siguiente, en la sección de espectáculos del diario Crítica, apareció escrito: "Muy correcta en su breve intervención Eva Duarte". Y esa oración fue como otra llave de la ciudad para la chica llegada desde Junín. Un reconocimiento por escrito tenía el valor de un documento. Al ver el diario, recordó quién era Guibourg. Magaldi se lo había presentado una noche en La Real. Quizás el periodista se sintió conmovido con su historia, que le recordó a la de Carlos Gardel y su padre, Paul Lasserre "con dos eses y dos erres", y el tardío intento por reparar su paternidad.
"La mesa está servida", repitió Eva tres y cuatro veces, según la cantidad de funciones programadas, hasta el 16 de abril, cuando la obra bajó de cartel. Fueron apenas quince días de trabajo. Las secciones de espectáculos de los diarios instalaron entre el público la certeza de que ese vodevil no estaba a la altura de la compañía de Eva Franco. Entonces se decidió un cambio de libro. Pero en las dos obras siguientes la Duarte no actuó y no cobró un solo peso. Volvió entonces a las recorridas por los lugares de moda, buscando a un empresario, un periodista, un director que le diera una mano.
Todavía, en esas vueltas, a Eva la sorprendía escuchar: "¿Querés acostarte conmigo? Te regalo una pulsera". Pero ella no quería pulseras. Quería trabajo. Y así, esquivando propuestas e intentando llegar hasta quienes podían acomodarla, cumplió los dieciséis. El 7 de junio de 1935, sin dinero y con angustia, no festejó. Por primera vez cumplía años lejos de Juana, de Erminda, de Blanca y de Elisa. Lejos de mamá y de sus hermanas. Ese día tampoco pudo encontrarse con Juan para compartir, al menos, una taza de café con leche. Pero a la noche se desquitó de tanta soledad y, por primera vez, salió acompañada de una tanguería ubicada en un sótano de Callao. Llegó con una amiga. Dio unas vueltas entre las mesas hasta que alguien la invitó. Bailó dos tangos y se fue con el hombre. A la mañana siguiente, en su cartera, tenía unos pesos para seguir tirando.
Esos días, Evita ni se imaginaba que alguien la recordaba muy bien. José Franco, el padre de la Eva famosa, se había entusiasmado con ella. Y fue esa calentura la que hizo que la chica volviera a las tablas en la misma compañía. Fue el 19 de junio, en el Teatro de la Comedia, con Cada casa es un mundo de Carlos Goycochea y Rogelio Cordone. Su personaje era María, y su parlamento algo más extenso que el de La señora de los Pérez. De lunes a viernes hacía dos funciones diarias. Los sábados y domingos, tres. La primera empezaba a las tres y media de la tarde. El "gran éxito cómico" costaba un peso con cincuenta en la "Platea Vermouth".
El 9 de julio fue la gloria. Radio La Nación transmitió la obra en vivo, en la emisión de las diez y cuarto de la noche. Así la voz de Eva, desde el escenario de un teatro, entró por primera vez en miles de hogares. Y por última. El 16 de julio se prohibió la transmisión de obras de teatro por radiofonía.
El diario El Pueblo, de Junín, recogió su aparición. Eva lo recortó con prolijidad y lo puso en un cuaderno junto al de Edmundo Guibourg.
"María Santos, Herminia Franco, Eva Duarte y Pascual Pelliciotta secundaron dentro de las posibilidades de sus papeles".
Con la obra Cada casa es un mundo apareció en la vida de Eva el actor Pascual Pelliciotta. Se habían cruzado algunas veces en los tiempos en que ella tenía ojos sólo para Magaldi. El actor, en cambio, la venía mirando con atención desde hacía tiempo. Ambos abrían el primer acto.
Ella, vestida de mucama "interesante, como todas las mucamitas de la comedia. Descorre la cortina de la ventana. Bosteza, se despereza y comienza a limpiar. De la calle llega Osvaldo". El papel de Osvaldo le correspondía a Pelliciotta.
Y el diálogo inicial que mantenían sobre el escenario empezó a mezclarse con el personal. Intercambiaban un lenguaje corporal, lleno de guiños y palabras por lo bajo, que escapaba a los espectadores. La escena se convirtió, de pronto, en el momento más esperado del día para Eva.
Osvaldo y María actuaban sobre el escenario mientras Eva y Pascual se dedicaban a sedu cirse.
MARÍA: Los disgustos que se lleva la pobre señora por usted y con razón. No hace más que una semana que llegó del campo restablecido y ya está buscando enfermarse otra vez.
OSVALDO: Sermones no, querida, que me dan sueño y lo que yo necesito ahora es despabilarme, darme un bañete soberbio y quedar fresco como una lechuga para hacer creer que he pasado la noche durmiendo aquí.
Pascual Pelliciotta consoló a Eva el 25 de junio cuando, poco antes de la función, se enteraron de la muerte trágica de Carlos Gardel. A la salida del teatro, él la invitó a comer a un bolichito de la calle Maipú. Tomaron vino tinto y pasaron la noche juntos en un cuarto de alquiler. Eva no acostumbraba llevar a nadie a su pieza y así se garantizaba la confi anza de los dueños y un estirón en el plazo del pago de la renta. Pascual y ella se acostaron en la misma cama. Se acariciaron poco. Se durmieron vestidos, abrazados. Al otro día, se levantaron sin hablar y cada uno se fue para su casa.
Faltaban unos meses para que se acariciaran más. Parecía que cada uno lo sabía en secreto.
Pelliciotta se convirtió en una buena compañía y en un buen escudo que la alejaba, al menos por momentos, del acoso cada vez más evidente de José Franco. Por suerte, pensaba Eva, mientras hacía Cada casa es un mundo no le ocaba cruzarse con José en el escenario aunque, tras bambalinas, la situación era insostenible.
Pero Eva estaba mejor de ánimo. La obra le permitía probarse como actriz. Tenía que sollozar, hablar entre dientes, en tono entrecortado: "El señor Or... Or... Ortiga". Practicaba todo el tiempo. Caminando por la calle, en la pieza de la pensión, en los pasillos del teatro. También en el asiento del tranvía. Desde el espejito retrovisor, el motorman observaba sus gestos, la sucesión de muecas en series repetidas e interminables.
Y aunque el trabajo la evadía de la realidad, todos los días, al terminar la obra, volvía a pensar que la plata no le alcanzaba. Su trabajo como actriz era durísimo y a eso se sumaban las tournées nocturnas en busca de nuevas oportunidades laborales.
El 6 de julio, catorce días antes de que la compañía decidiera bajar de cartel la obra, una pequeña foto del rostro infantil de la Duarte, rulitos, cabello oscuro, cejas negras bien trazadas, ilustró una columna angosta en la revista Sintonía.
El texto era importante. Hasta tenía título en letra más grande y pesada: "Evita Duarte pasó al teatro".
"Evita Duarte, recitadora de grandes recursos emotivos, que logró destacarse en su paso por diversas radios porteñas, ha ingresado con buenos augurios al ambiente teatral sin descuidar, empero, su actuación en Radio París donde cuenta con bastantes oyentes. Evita Duarte inició su carrera teatral bajo los mejores auspicios ya que integra el actual elenco de Evita Franco, la destacada primera actriz argentina."
El 22 de julio sería la última función. La compañía de Eva Franco salía de gira por el interior del país. A pesar de la buena crítica que había tenido, faltaba muy poco para que Eva se quedara sin trabajo otra vez. Por eso decidió adelantarse al hambre que vendría y salió a tocar las puertas del Teatro Porteño. La "graciosísima vedette criolla" Tita Merello protagonizaba Andan matreros los cobres. Pero no tuvo suerte. La compañía no necesitaba actrices. Eva lo resolvió igual. En un arrebato decidió mudarse de pensión y así recortar sus gastos. Vivir en el centro tenía ventajas pero se le iba mucha plata en alquiler. Hasta ese momento, con los pesos que había ganado se había dado el lujo de mandarle bastante dinero a su madre. Lo decidió y se fue a La Boca. Ya conocía bien la calle Corrientes y no tenía miedo. En La Boca podía ahorrar 20 pesos por mes. Fue a parar a un cuarto con techo de chapa, en una casa grande y poblada. Estaba cómoda aunque las vueltas desde el centro se hicieron más complicadas, así que anotó en un papel los horarios del tranvía.
El último, el de las diez, era el que debía tomar. Un par de días le alcanzaron para acostumbrarse al barrio portuario. En la pensión sonaba todo el día la radio del patio y ella la podía oír desde su pieza. La orquesta de Fresedo, que salía por LR6 La Nación, la acompañaba mientras se daba los últimos toques de polvo en la cara antes de ir para el centro.
Aunque no tenía qué ponerse se había ocupado de memorizar los consejos de belleza de Jean Harlow, que había leído en un ejemplar de La Nación que alguien dejó sobre la mesa del patio de la pensión. "La difi cultad de hallar un conjunto feliz, los colores que no convienen, no sacrifi car la línea por el color y el peligro de los vestidos excéntricos."
Decidió probar suerte en Radio Fénix. Le fue bien, la contrataron pero por monedas. Como se le había hecho costumbre, apretó su presupuesto por la comida. Tomaba algo al levantarse y así tiraba hasta la noche. Perdió peso y se le empezó a notar.
Una tarde de febrero, por la radio, se enteró de que en la Avenida de Mayo habría una fi esta de carnaval. Contenta se fue para el centro y vio con sus propios ojos las doce pistas de baile con dos orquestas cada una. Estaba entusiasmada, pero un frío repentino la hizo volver a La Boca. Se sentía mal y tomó el tranvía de las diez. Apenas tenía dos tazas de mate cocido en el cuerpo. El guarda la vio descompuesta y se ofreció a acompañarla hasta su casa, pero Eva declinó: "No se preocupe, estoy bien y acostumbrada al barrio".
Semanas más tarde la compañía de teatro en la que había trabajado regresó a Buenos Aires.
"Eva Franco se retirará este año del teatro. Se despedirá del público a fi nes de noviembre. Motiva su determinación el hecho de contraer enlace".
La obra que despediría para siempre de las tablas a Eva Franco requería un gran elenco. Madame Sans-Gène, una pieza en cuatro actos de Émile Moreau y Victorien Sardou, en versión castellana de Pablo Suero, era la elegida por la otra Eva para despedirse de su público a lo grande. La Duarte se presentó a la prueba y José Franco, el director, se la tomó. En ningún momento se detuvo en la lectura del libreto. Su atención, en cambio, se estancó en las piernas de Eva y luego pasó al cuello. Quedó fijada en la fantasía que le provocaba, desde hacía tiempo, esa chica de dieciséis años. La aprobó y la contrató. La tendría cerca y, tras bambalinas, volvería a espiarla.
El estreno fue un éxito. En las butacas del Teatro Cómico, ubicado en Corrientes 1280, se sentaron el embajador de España y la actriz Lola Membrives. Evita estaba eufórica.
Tenía dos papeles. Julia en el primer acto y Madame Bassano en el segundo. Había caminado mucho para conseguir el vestuario. En esos tiempos, cada artista debía procurarse sus propios trajes. Una amiga la había recomendado a otra y así llegó hasta la casa de Irma Córdoba. Ella le vendió los vestidos y Eva, con tal de actuar, le quedó debiendo.
"Usó un traje que después le sentaría tan bien con el tiempo. Un traje de persona acomodada, propio de quien tiene marido, una infl uencia".
El día del estreno, Eva Franco estaba desorientada. Al final de la función llegaron a su camarín varios ramos de flores. Cuando abrió la primera tarjeta leyó "A Eva Duarte". La segunda, la misma dedicatoria. Y así el tercer ramo, y el cuarto. Sintió que la belleza de aquella provinciana había ensuciado la gloria del fin de su carrera. Sintió odio y amargura y antes de encerrarse, sacó todas las flores al pasillo y ordenó que se las llevasen a Evita.
"La confusión provocó las bromas de todos los compañeros, que la apabullaron con chanzas de todo tipo. El incidente trascendió a la prensa y se dijo que yo me enojé y que quise despedirla de la compañía. No fue cierto pero debo confesar que no salía de mi asombro al ver cómo una jovencita recién iniciada en el teatro tenía ya tantos admiradores". Los ramos de flores eran el fruto de sus noches recorridas.
Los hombres que la vieron dando vueltas por los bares y las tanguerías se tomaron la molestia de enviarle una atención. Mientras se cambiaba apurada para alcanzar el tranvía, Eva sonrió su victoria y dijo en voz alta: "¿Y qué carajo hago con las flores? Mejor me hubieran mandado guita, mejor".<