Tiempo Argentino

Edición: 22 de Febrero de 2012

22 de Febrero de 2012

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Todas las tecnópolis que un día vendrán

Si la comunidad forma parte del sistema sólo como consumidora de bienes con tecnología incorporada o espectadora del uso que otros hacen de sus recursos naturales, se perpetúa la pobreza y la inequidad.

Por:
Enrique M. Martínez

El desfile del Bicentenario fue inolvidable. Con la magia del artista, se instalaron para siempre en nuestra memoria imágenes que caracterizan situaciones muy definidas de los 200 años como país. Las cruces de los soldados de Malvinas; la ronda de las Madres o el incendio de las urnas repetido a lo largo de decenas de cuadras, sintetizan genialmente momentos clave de la vida argentina.
Sin embargo, no podríamos decir que allí aprendimos historia. La inmensa mayoría de los que nos emocionamos con ese desfile ya compartíamos los conceptos desde antes. Nos extasiamos ante el hecho artístico y eso nos amalgamó.
Una exposición tecnológica que abarque el presente y proyecte el futuro del país es otra cosa. Allí la expresión artística es muy importante, sobre todo para asegurar la convocatoria a todos los cruces sociales y generacionales. Pero no es un hecho excluyente. El deslumbramiento ante la capacidad de expresar un hecho histórico en unos pocos segundos es impagable. Buscar un similar deslumbramiento ante un hecho de naturaleza tecnológica, puede tener efectos peligrosos.
El pobre berrinche de un nene de papá devenido jefe de Gobierno de la ciudad capital de la Argentina, nos da la posibilidad de reflexionar algún tiempo más sobre este proyecto.
En las dos décadas que siguieron al lanzamiento de los primeros satélites y sobre todo después del primer viaje a la Luna, la NASA y el Departamento de Estado de los Estados Unidos organizaron exposiciones itinerantes, especialmente por los países intermedios. El resultado fue lo que podríamos llamar un deslumbramiento colonizador. En ningún caso, se dedujeron de esas exposiciones convenios o trabajos mínimos para desarrollos nacionales de todo o parte del conocimiento involucrado. Se consiguió, en cambio, estimular la emigración de profesionales de nuestros países, para trabajar en la NASA y su periferia.
Más cerca en el tiempo: hoy, en África, está avanzándose sobre decenas de millones de hectáreas arables, con el paquete cerrado de la agricultura industrial, que incluye las semillas genéticamente modificadas, herbicidas totales y equipos de labranza gigantes.
¿Qué pone África hoy? Sólo la tierra y la modestísima mano de obra local que se requiere.
¿Qué pondrá y qué tendrá África en 20 años con esta lógica? Lo mismo, probablemente con la tierra más degradada.
Es decir: el conocimiento tecnológico es valioso para una comunidad si esta puede considerarse dueña de él, al menos en parte. Si la comunidad forma parte del sistema sólo como consumidora de bienes con tecnología incorporada o como espectadora del uso que otros hacen de sus recursos naturales, se perpetúa la pobreza y la inequidad.
Una Tecnópolis argentina y todas las que deberían venir luego, ya que es una iniciativa magnífica, tendrían, a mi juicio, que reflejar estos desafíos y asignaturas pendientes.  
Tal vez, la manera adecuada de hacerlo sea ordenar con mucho cuidado las prioridades.
El primer objetivo debería ser incorporar definitivamente al conocimiento como un componente ineludible de la calidad de vida general. Eso quiere decir: el conocimiento de todos los ciudadanos, no de ciertos enclaves aislados.
Por ejemplo, la capacidad de clonar una oveja o un caballo nos ubican en la cumbre del conocimiento en cierta rama. Excelente. Tecnópolis debería buscar vincular, para el gran público, cómo ese saber puede llevarnos, a través de la cadena de causalidad que sea, a mejorar el rendimiento de los rodeos de cría, que en este momento apenas alcanza el 70% de terneros marcados.
Otro caso: tenemos una industria nuclear como no disponen más de una decena de países del mundo. También excelente. Tecnópolis podría mostrarle al gran público cómo el dominio de ese conocimiento, que requiere de habilidades y precauciones singulares, permite incursionar en el diseño de equipos médicos, de señalización, de procesamiento de alimentos con altas exigencias. Mostrar el vínculo, la cadena de saber, que lleva hasta el entorno del ciudadano común.
Con esas premisas se podría llegar a presentar y a que se entienda el valor que tiene para un habitante de la Puna saber cómo elaborar integralmente la carne de llama. O para un habitante aislado de la Precordillera saber cómo utilizar la lana de oveja para hacer fieltro, y este para hacer diversos objetos de uso cotidiano. Conseguir que a estos saberes se los llame tecnología y se los ubique en el mismo gran universo que la capacidad de diseñar y construir un reactor nuclear, sólo que en distintas categorías, marcaría que estamos cerca del éxito. Que estamos cerca de conectar cada compatriota con un saber, asumiendo que esa conexión hace a cada uno más fuerte, más libre. De eso se trata.
Las Tecnópolis que vendrán pueden tener un rol fundamental en este sendero. Pueden deslumbrar, pero no para marcar la brecha con la élite, sino para crear mística colectiva. Pueden enseñar a través de mostrar la conexión de todo con todo, y cómo la ausencia del control sobre el saber consolida la pobreza. Pueden divertir, quitando prejuicios sobre arduos y tortuosos microcosmos en la ciencia.
Pueden, en definitiva, ayudarnos a formar parte de un tejido cada vez más fuerte, porque cada vez más creamos en nosotros mismos. Hay riesgos, sin embargo, que deberíamos explicitar, evaluar y evitar. Ojalá así sea. <