Tiempo Argentino

Edición: 25 de Julio de 2014 | Ediciones Anteriores

25 de Julio de 2014

+Buenos Aires

T8° H57%

Una definición sobre la cultura del trabajo

Hay un planteo liberal, que pone la responsabilidad de la pobreza sobre los pobres, que sostiene una relación mecánica entre capacitación y trabajo y a su vez entre trabajo y bienestar.

Por:
Enrique Martínez Presidente del INTI.

Es normal que en la comunicación social aparezcan términos que nadie ha definido con precisión, pero se diseminan como reguero de pólvora y se convierten en lugares comunes. La cultura del trabajo es uno de ellos.
Se postula que alguna franja importante de la población ha perdido la cultura del trabajo debido a largos períodos de desocupación, seguidos o acompañados de una dependencia del asistencialismo. Adultos que perdieron un trabajo y nunca lo recuperaron; sus hijos que crecieron en un clima sin compromisos laborales y no conocen otra referencia.
Se sostiene, por lógica, que allí está el núcleo duro del desempleo y la marginación y sólo podrá superarse si se "recrea la cultura del trabajo".
Tema grosso como pocos. Quienes hacemos diagnóstico y diseñamos soluciones, lo hacemos buscando ser objetivos, pero incorporando nuestra subjetividad, que en casi todos los casos no ha transitado nunca por situaciones como la de los compatriotas hoy excluidos. Esto nos priva de algo básico: calibrar las reales expectativas de quien está en esa condición. Ellas se nutren de dos vertientes.
Por un lado, lo que se tuvo. Es diferente la mirada de quien perdió cierto status, respecto de quien nunca tuvo más que dependencia de la asistencia pública. Por otro lado, lo que se podría tener. Aquí las miradas convergen más, ya que no sólo surgen del pasado, sino de aquello que los medios de comunicación y la observación cotidiana nos indican como un estándar de vida aceptable.
Sobre todo a partir del segundo componente, no cierra que alguien pierda sus aspiraciones de una vida con más confort, por el solo hecho de recibir un ingreso que le permita al menos comer, aunque no trabaje.
Hay un planteo liberal que pone la responsabilidad de la pobreza sobre los pobres, que sostiene una relación mecánica entre capacitación y trabajo y a su vez entre trabajo y bienestar. Hay miles y miles de historias de vida de pobres que muestran que eso no es cierto.
Más de un 30% de trabajo no registrado en el país; las condiciones del trabajo golondrina que han salido a la luz en la prensa nacional; cualquier visita serena a La Salada, son sólo unos pocos ejemplos que demuestran que trabajar no lleva automáticamente a progresar. Esto es lo que convierte en real una opción que podría parecer absurda a quienes hemos tenido trabajo medianamente digno casi toda la vida. Trabajar o vivir de la asistencia social no es un dilema procesado por quienes perdieron la cultura del trabajo, sino por quienes no tienen respeto por la relación empleador-empleado, ya que verificaron que el grado de explotación podaba toda expectativa de vivir con dignidad.
Se puede lograr transformar esa convicción mediante trabajo adecuado, acceso a una escuela pública de calidad, sistema de salud de fácil trato, programas de autoconstrucción de viviendas. Entonces, tendremos derecho político y social a reclamar a quienes no tengan confianza personal y colectiva suficiente como para sumarse al trabajo.
Hay otra realidad a la cual también cabe analizar en términos de "cultura del trabajo", aunque normalmente el término se reserve sólo para los excluidos.
Se trata del trabajo en el Estado. El universo de trabajadores comprendido es muy heterogéneo, tanto por sus metas personales, como por los ingresos que perciben. De cualquier modo, tienen algo en común: se desempeñan en un ámbito que no tiene dueños materiales, como sucede en una empresa privada. Hay personas que definen las políticas y que administran las relaciones laborales. Estas tienen algún grado de arbitrariedad a su disposición para tomar decisiones, pero no son ni patrones ni dueños del Estado, lo que obliga a construir normas de procedimiento para casi todo.
En tal contexto, el empleado que tiene alguna insatisfacción laboral tiene un camino tortuoso o imposible para plantearla. En otro plano, quien quiere violar su compromiso laboral tiene encima suyo una mirada menos exigente que la de un patrón. Uno u otro, por las buenas o las malas, diríamos, usualmente construye su propia solución personal, que debilita el vínculo con el trabajo y afecta a su institución. 
Para peor, más de diez años de desprecio por lo estatal, durante el fin del siglo que terminó, actuaron como una bomba neutrónica. El flojo cumplimiento de horarios, el desinterés por las políticas en ejecución o en diseño, la concentración en el reclamo salarial, sin discutir cómo mejorar las formas de contraprestación, se convirtieron casi en una norma para muchos. Como sucede con los excluidos, además, aquí también se suma el problema que las generaciones jóvenes que se incorporan, muchas veces se sumergen en un clima de trabajo que las moldea de manera inadecuada. Por suerte, siempre hay una fracción que colocó y coloca las prioridades en su lugar y advierte que el concepto de servidor público es todavía una asignatura pendiente.
Seamos claros: los problemas en la cultura del trabajo dependen en enorme proporción de quienes diseñamos las políticas. Los excluidos deben ser incluidos con dignidad y  el marco social adecuado.
Los empleados del Estado deben ser sumados a la mística pública necesaria para fortalecer un proyecto popular, mediante pautas de administración de las relaciones laborales que sean poco rígidas  y en donde el premio y el castigo sean cumplidos rigurosamente. En ningún país es simple contar con un colectivo público de trabajo que tenga una actitud militante respecto de las transformaciones sociales requeridas. Sin embargo, no podemos renunciar al intento. <