
Por:
Mercedes Méndez
Sonríe porque es inseguro. Enrique Pinti dice que se acostumbró a reír desde chico, porque cuando tenía 13 años era demasiado alto, un poco jorobado, tenía mucha ceja y si encima ponía una mala cara, todo era peor. Después de describir su adolescencia con acidez, lanza una frase ideal para comenzar una sesión de terapia: "Toda la vida fui lo suficientemente inseguro como para sonreír." Por eso, el referente del humor político en la Argentina asegura que a él no le cuesta nada cumplir con las expectativas de la gente en la calle, que siempre espera que sea simpático y esté de buen humor. "El reconocimiento del público es lo que soñé. Pocas personas logran este cariño durante tanto tiempo. Algunos pueden tener un cuarto de hora, pero yo ya estoy en el catálogo", dice el comediante y escritor, y le da un sorbo a su café negro en el bar que el Teatro San Martín tiene para sus trabajadores y artistas. De lejos, se acerca un actor de otro espectáculo y lo saluda. El autor de Pericón y Salsa Criolla, por supuesto, le muestra su mejor sonrisa.
Enrique Pinti no necesita muchas cosas para interpretar al señor Jourdain, el personaje que Molière utilizó en 1670 para retratar a la burguesía francesa en la pieza El burgués gentilhombre. Llega al teatro con una carpeta azul, donde guarda el texto de la pieza, subrayado y con anotaciones, un paraguas y un pequeño estuche negro. No le alcanzan las manos para cargar sus cosas y una gaseosa light para llegar hasta el escenario y tomarse fotos. Pero él -humilde y simple- dirá que no necesita ayuda y no le importan los nervios, ni la función de 110 minutos que lo espera. A todo dice que sí y responde con simpatía. Pareciera que así se manejan los artistas que ya están estampados en el catálogo.
-¿A los 71 años no se te pasó la inseguridad?
-¡Nunca! Y cuando viajo al exterior es peor. No sabés cómo me miran los agentes de migraciones y si intento hablarles en inglés es peor, todo es peor.
-¿Y antes de las funciones sentís inseguridad?
-Pienso mucho en el público. Cada público tiene una manera de recibir la obra distinta. Uno está siempre expectante, no nervioso. Me pregunto si la cazarán, si les gustará, si les parecerá corta o larga, si se engancharán con la vigencia de un texto hecho en 1670. Nosotros sentimos que tiene una vigencia total, pero es lo que pensamos nosotros y es lo que me dice la gente cuando me espera afuera.
-¿Hacés algo especial para relajarte?
-No hago nada en especial antes de salir a escena. Acá hay una impronta y una energía distinta. Me cargo de energía con mis compañeros. Vengo al café, charlo con la gente, voy al camarín de Lucrecia Capello, que está al lado mío y charlamos un rato. No hago una preparación especial de concentración, de ¡cállense la boca! Hay otros artistas que necesitan eso y está bien. Cada uno con su librito.
-¿Y una vez que estás en el escenario?
-Todo fluye, no tengo ningún problema. Además, hay algunos personajes, como es este caso con el señor Jourdain, que me vienen como anillo al dedo. Por mi modalidad actoral, me va este personaje, porque tiene una serie de juegos escénicos y de impronta que los asocio con mi sentido del humor. Me encanta componer a estos seres un poco antipáticos, brutos, medio bestias, que se quieren hacer pasar por finos. Me gustan los personajes así, que son ampulosos, que son para afuera, que son simulación y mucho verbo, aunque en este caso sólo habla para decir pavadas. Yo no tengo muchos sueños, pero hacer este personaje es un sueño que tengo desde los 18.
Hace 53 años, Enrique Pinti se encontró con esta misma obra. Tenía 18 e ingresó en el grupo Nuevo Teatro, que crearon Alejandra Boero y Pedro Asquini. La primera obra que montaron fue El burgués gentilhombre, y el personaje de Pinti era el de un filósofo que trata de ilustrar al burgués, para que pueda pertenecer a la nobleza. "Fue la primera vez que hablé en escena. Estaba tan emocionado porque era un Molière y, además, porque hablaba en un escenario por primera vez", cuenta. Por eso, el señor Jourdain fue un personaje que se clavó a una edad muy temprana en la mente de Pinti. Ahora, dice, de sus pocos sueños, este es uno cumplido.
El burgués gentilhombre cuenta la historia de un comerciante que se hace rico y que para pertenecer a la nobleza gasta su dinero en frivolidades. La gente, claro, le vende cualquier cosa con tal de aprovechar su ingenuidad, hasta dejarlo en bancarrota.
-¿Por qué no tenés muchos más sueños?
-Algunos personajes ya se me pasaron de edad. Ahora lo tengo más acotado, me toca hacer señores grandes, y dentro de los posibles señores grandes, por ejemplo, creo que para el personaje de Rey Lear no doy. La tragedia me encanta, pero tampoco hay que someter al público a tanto shock eléctrico. Bastante le pido a la gente cuando me vienen a ver en un musical como Hairspray, donde estoy vestido de mujer. O me tienen que ver acá, haciendo un Molière, que para mí es familiar, pero para la gente que me sigue desde hace 20 años, no lo sé. Si encima decido hacer una tragedia, bueno... a lo mejor resulta una tragedia el espectáculo.
-¿Cómo actualizaron la obra de Molière?
-Traté de tomar mi personaje con la visión de hoy. Este señor es bruto, está dispuesto a creer cualquier cosa, que es distinto a ser ingenuo. La visión de Molière es que el señor Jourdain es un estúpido ingenuo. Pero yo trato de mostrar que él se da cuenta de que lo usan, pero no le importa. Él no quiere aprender filosofía, pero sí quiere tener un maestro de filosofía y que eso se sepa en el barrio. Y en vez de cuatro, ocho lacayos. La mujer le advierte que le están sacando la plata, pero él dice que no le importa, porque así adquiere categoría ¡pelotuda, date cuenta alguna vez! El quiere negar sus orígenes, quiere negar el hecho de que es hijo de un tendero. Le dimos una mirada un poco más adulta que la pieza original. No es la posición de un boludo, sino de un idiota que no le importa lo que es verdad o mentira. Es un snob.
-¿Podemos encontrar ahora a un señor Jourdain?
-Los encontramos todos los días. Es la gente de la 4x4. Aunque no lo vemos tanto en los políticos, porque la farándula política cambió el disco. Eso vino bien en la época de Menem; de ser un riojano parecido a Facundo Quiroga pasó a ser rubio de ojos verdes. Así lo definió Neustadt cuando introdujo su plan neoliberal. Neustadt dijo: "Ahora Menem nos parece rubio y de ojos verdes." Pero nuestra clase política juega a pobre, dicen que son hijos del pueblo, hijos de la gente, que no tenían un peso. Parece que la Carrió plantaba ella misma la soja. Incluso De Narváez, que es rico, nos quiere vender que es un colombiano peronista trabajador. Se tendría que hacer El pordiosero gentilhombre. Mucha gente me dice que yo soy una especie de Molière. No estoy tan loco como para creerme eso. Yo hago crítica de costumbres, pero lo mío no va a perdurar como perduró lo de Molière, porque yo cometí el grave error de poner nombres y apellidos. Lo mío estuvo muy atado a la contingencia. Fue lo único que me salió. Pero de toda esta manga de soretes nadie se va a acordar 400 años más tarde. Molière no nombró a nadie. El hacía un tiro por elevación y por eso perdura.
-¿Sentís que tenés un sucesor?
-No tengo un sucesor. No veo mucho comentarista político dentro del humor. Hay humoristas que hacen otro humor, incluso que puede ser más político que el mío, por ejemplo lo que hace Capusotto o Casero. Pero artistas con la barricada mía no he visto. Eso no quiere decir que no exista en un futuro o que ya no haya alguno, que nadie conoce, trabajando en un café concert. Ojalá. <